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Hoy quiero hablar de libros leídos recientemente y otros que hacen cola en la mesa de noche.
Río Muerto, de Ricardo Silva, está entre los terminados y Volver la vista atrás, de Juan Gabriel Vásquez, descuella en los que comienzo a devorar.
Aunque no conozco toda la obra de Ricardo, Río Muerto para mí fue una enorme sorpresa. Después de Historia oficial del amor y Cómo perderlo todo, la irrupción de una historia en el contexto de la violencia es un nuevo insumo que rompe con la literatura citadina. En Río Muerto, a partir del crimen del acarreador del pueblo, asesinato del cual fue víctima sencillamente por ser buena gente, por servirle a todos, se entreteje una pavorosa historia de violencia en la cual el muerto continúa participando, bien como un fantasma presente o como un simple artificio literario. El lector escogerá.
Juan Gabriel Vásquez tiene un enorme palmarés como escritor, reconocido ya en todas partes. En esta obra, se anuncia una saga a partir de la vida de Sergio Cabrera. Por la calidad de sus obras, este libro es un suculento banquete para estos momentos de descanso.
Terminé Los dormidos y los muertos, del médico escritor caldense Gustavo López. Pese a que ha sido premiado por sus cuentos, confieso que no lo había conocido. Esta es una obra portentosa. Cubre la historia estremecida de la violencia desde la época de Laureano Gómez hasta el padre Camilo Torres. Su lectura es apasionante. El personaje, hijo de un laureanista de raca mandaca, no es un espectador pasivo. La obra tiene una clara orientación política. Para compensar, hay que leer la biografía de Álvaro Gómez escrita de manera impecable por Juan Esteban Constaín. Aunque tiene un propósito apologético, busca un equilibrio frente a una figura tan importante y tan controvertida. De cierto modo, Alberto Casas, en Memorias de un pesimista, también brinda una visión sobre Álvaro Gómez que pretende arrojar luz sobre una historia ensombrecida. Alberto, además, señala de qué manera esta polarización entre el Sí y el No tiene raíces profundas.
Un volumen infaltable es A propósito de nada, de Woody Allen. Entre el agudo humor negro y el sentido profundo de la vida, uno no es capaz de dejar de lado una permanente sonrisa, aunque teñida de nostalgia y perplejidad.
Y para azucarar el regusto agridulce de Allen, siempre estará el refugio de Agatha Christie, la inolvidable escritora nunca superada en el género policíaco. Otra mujer: Rosa Montero, con La loca de la casa.
Volviendo a los que apenas estoy comenzando, al lado del ya mencionado libro de Juan Gabriel Vásquez no puede faltar Una tierra prometida, de Barack Obama. Es una lectura necesaria, a ver si logramos desterrar del todo el fantasma de Donald Trump, ese fabricante de desastres que tanto daño le ha hecho a la democracia.
Coda. Para regresar a la dura realidad: recibí Yo apelo, escrito por Andrés Felipe Arias y sus abogados Gómez. Lo leeré con todo cuidado, sin un gramo de pasión.
Otra. Dije que los congresistas deberían renunciar o donar el reajuste salarial en vista de las afugias de la pandemia. El consejero Víctor Muñoz resolvió insultarme. Dijo que yo no había leído la Constitución. No hay ilación entre lo uno y lo otro. Es una tragedia: el ataque en vez del raciocinio. Más grave, cuando quienes vociferan son altos funcionarios del Estado.
