Hay una larga y respetable tradición, que arranca entre nosotros de Manuel del Socorro Rodríguez y Antonio Nariño que consiste en que los columnistas anuncian su voto de manera anticipada. Hace parte del papel del periodismo como orientación y también como militancia. Durante mis 50 años en este ejercicio, he tratado casi siempre de sustraerme a esa práctica. Lo he hecho para evitar el lado desventajoso de esa costumbre, cuando la mueve cierto grado de narcisismo (¿quién soy yo para dar orientaciones?), fiebre propagandística o, peor aún, ejercicio de lagartería confiado a la ruleta rusa del resultado.
No voy a caer en eso en esta ocasión. Pero tal vez, sin mayores pretensiones, he pensado que, al contrario, decir cuáles son las razones para no votar por determinados candidatos puede tener alguna utilidad y, en todo caso, es lo contrario de un mecanismo de búsqueda de canonjías y ventajas futuras, algo que no me interesa.
No votaré por Abelardo de la Espriella. No solo porque no ha acumulado suficiente experiencia y autocontención para gobernar este terruño, sino porque es producto de una política meramente performativa, con más fanfarria que ideas, basada en emociones aupadas por la inteligencia artificial, que se ha desenvuelto en medio de una parafernalia de discoteca de quinta categoría, esferas luminosas, volcanes de pólvora de salón, música frenética que solo repite el nombre del candidato e, incluyendo al respetado doctor Restrepo, el gesto militaroide del brazo en el imaginario casco de guerra. Todo esto se podría perdonar, porque, hay que decirlo, más o menos corresponde a la política espectáculo que se ha tomado el mundo. Bueno, se perdonaría todo menos las clases de baile de Restrepo.
Pero lo que es imperdonable es la procacidad, la chabacanería, las loas a sus partes íntimas como publicidad de campaña con ofensa grave a las mujeres y las graves distorsiones que aparecieron ante una pregunta de la periodista Malú.
En efecto, es reprochable el intento de ningunear a esa periodista, pero sobre todo el razonamiento de su respuesta.
En efecto, como dijo el candidato, en un principio, derecho y moral se confundían. Es verdad que esto sirvió para cometer enormes tropelías. Era la época del derecho divino de los reyes y el predominio de la religión sobre el Estado. Vino la reacción liberal. Apareció el positivismo jurídico que buscó darle identidad al derecho sin otras influencias, como mecanismo de lucha contra la arbitrariedad de una moral sin fronteras claras. Se construyó una arquitectura de reglas producidas formalmente por el competente por fuera de la consideración moral de la norma en sí misma considerada. El candidato tendría razón si el mundo hubiese quedado congelado en el Iluminismo.
Pero al frente de esta postura, hubo formas de jusnaturalismo, es decir, trazas del viejo derecho natural que le sirvieron a la humanidad para frenar el avance de una nueva arbitrariedad. Hitler, Mussolini, Stalin, Franco, Hugo Chávez, mostraron que una producción jurídica impecable en los procedimientos pudo llevar a la humanidad a la catástrofe.
La visión jusnaturalista entiende que hay un conjunto de valores que conforman un derecho como emanación de la razón humana. Estos valores, según el matiz que se adopte, o son un prius en la formación del derecho (Santo Tomás), o se expresan y adquieren carácter funcional a través del derecho positivo (Kant), o son el sustento de la legitimidad de la legislación humana (Hobbes), o, en fin, son mecanismos para subsanar lagunas y antinomias en el ordenamiento. Hay vertientes con similares valoraciones que, no obstante, no acuden explícitamente al derecho natural, como la visión secular de Fuller que habla de la moralidad innata de la ley como guía para el legislador.
En todo caso, mientras el positivismo exalta la ideología de la justicia como producto riguroso de la aplicación de normas preestablecidas en la generación normativa, lo cual es una garantía para el individuo, el jusnaturalismo cree que el valor justicia está por encima de la norma; es un estándar que ésta debe cumplir.
En su momento, cuando se creía que la afectación del Estado de derecho provenía principalmente del abuso del gobernante sin freno distinto a una moral de bolsillo, el positivismo prestó un gran servicio a la concepción liberal del poder público. Fue un portentoso instrumento de control.
Aunque fui educado en el marco del más recio positivismo, rápidamente encontré que éste era insuficiente para abordar el problema de la justicia desde una dimensión más amplia. Fui alumno de Werner Goldschmidt y con su guía conocí la visión trialista que promueve la integración del valor justicia al lado de la conducta y de la norma. Hay otras voces: por ejemplo, Hart, cuya concepción de la ley dista mucho de las ideas de Bentham y Austin y ha admitido la necesidad de ciertas normas fundamentales que él llama “contenidos mínimos de ley natural”. Dworkin, a su vez, sostiene que en las normas hay reglas y principios, punto de vista que hace presencia frecuentemente en nuestra jurisprudencia constitucional. Esto simplemente muestra que la discusión hoy tiene una dimensión distinta y que la cuestión de los valores es insoslayable.
De la Espriella quedó atado a un pasado peligroso. Mirar el derecho como instrumento de la moralidad del gobernante es un riesgo. Pero despojarlo de valores superiores, hoy en día es el escenario predilecto de los tiranos.
Dada la limitación del espacio que me brinda el periódico, me limitaré a decir por qué en primera vuelta tampoco votaré por Iván Cepeda o Paloma Valencia.
Es una tragedia que las visiones de centro estén al borde del marchitamiento en lo electoral. No es su vigencia como orientación política acertada. Esa postura de centro reposa hoy en manos de Sergio Fajardo o Claudia López que merecen un mayor reconocimiento.