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Ochenta y cinco años después de iniciados los juicios de Núremberg, regresan a la pantalla los profundos dilemas morales y jurídicos que afloraron durante su nacimiento y su trámite.
Me refiero a la película Núremberg: el juicio del siglo, actualmente en nuestros teatros. Hay que verla. Con la actuación de Rami Malek y Russell Crowe en el papel de Hermann Goering y una puesta en escena escalofriante, el resultado final es un poco amargo. Porque con la realización del juicio ni la humanidad ha logrado -como pensaron sus promotores- afianzar la garantía de no repetición de los horrendos acontecimientos criminales que albergó la guerra, ni el sacrificio de varios principios con base en la pretendida necesidad imperativa en pro de la humanidad terminó construyendo un mundo mejor.
No solo la guerra se ha expandido, sino que sus métodos son cada vez más espeluznantes. No es solo el armamento más letal, más teledirigido y por tanto con un componente impúdico de mansalva, sino que ahora, como antes, o peor que antes, el objetivo de la guerra sigue implicando la eliminación de civiles inocentes. Genocidios rampantes o difusos son ahora el pan de cada día.
Para cobijar los hechos abominables que ya habían ocurrido el día de su instalación, el juicio tuvo que sacrificar principios universales que parecían intangibles. Tal es el caso de “no hay crimen sin ley previa”. O su derivado, “los procedimientos empleados también deben haber sido estatuidos antes”. La pretermisión de esos elementos existenciales del derecho penal se justificó, como dije, por la invocada necesidad de impedir la repetición del horror. Por eso surgieron los crímenes de lesa humanidad. Por eso se extendió la figura de los crímenes de guerra cuando se cometían contra civiles. Por eso también se rompió la idea de soberanía que implicaba que ningún país podía juzgar a ciudadanos de otro país por delitos cometidos fuera de su territorio. No voy a decir que la humanidad perdió por cuenta de esos sacrificios. Tampoco voy a negar que se trató de un paso quizás ineludible. Pero lo triste es que el resultado es muy débil. Ochenta y cinco años después, la paz es esquiva mientras que la guerra se nutre de mayores horrores. Pero no solo eso. Los argumentos de los nazis, aunque muchos de los procesados alegaron que ignoraban la atrocidad, y aunque Goering fue uno de los pocos en admitir los fundamentos de la ordalía con la idea de conseguir un mundo más puro, nunca como ahora los propagandistas de la violencia exorbitante han alzado su voz sin ambages, ni nunca como hoy han encontrados mayor receptividad y abrigo. Sobre todo, receptividad pasiva, la que brinda el silencio y la indiferencia.
Otro sacrificio fue el del secreto profesional. Sin hacer spoiler, el psiquiatra que fue llevado a cuidar a los procesados para evitar el suicidio de ellos terminó rebelando secretos con igual argumento: que lo hacía en beneficio de la humanidad. Y, si faltara otro revés, Goering al final logra su cometido: una cápsula de cianuro lo liberó de la ignominia de la horca.
Los juicios de Núremberg se instalaron con una aspiración: que el castigo rompía con el pasado. Que la humanidad sería mejor después de ellos. El sueño ha fracasado.
Pero la enseñanza crucial para Colombia, pese a la lejanía de los acontecimientos que narra la película, es esta: la explicación de Goering para destruir el parlamento y apabullar las cortes, para fulminar el Estado de derecho, consistió en afirmar que “fuimos elegidos”. Es una concepción paradójica. El instrumento principal de la democracia liberal (no único, recordemos a Habermas) convertido por la vía del caudillismo en palanca de la democracia iliberal.
Se apela al voto como instrumento de la democracia, pero para poner fin a ella. O mancillarla de manera significativa. “Fui elegido” y por eso destruyo la separación de poderes, es una afirmación familiar en el mundo de hoy. Y no solo en tierras extrañas. El voto mayoritario como disfraz de desmanes y estropicios.
Una distorsión a la que acude el presidente Petro con frecuencia. Pero lo grave es que eso ocurre en medio de una incapacidad de resistencia de una comunidad adormecida. Todos los días nos pasan cosas cada vez más graves en medio de una campaña carnavalesca traspasada por la banalidad y la farándula.
El libro February 1933: The Winter of Literature de Uwe Wittstock narra cómo en solo cuatro semanas y dos días Hitler ya había eliminado los derechos civiles. Es decir, antes del horror violento del nazismo, en medio de la aceptación sonámbula, Alemania se convirtió en una dictadura sin escrúpulos.
La película nos trae también a la memoria el libro de Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. La «banalidad del mal» es un concepto acuñado por ella, que describe cómo individuos ordinarios pueden cometer atrocidades masivas no por una maldad intrínseca, sino por obediencia ciega, burocracia y la falta de pensamiento crítico.
También otro viejo filme sobre Nuremberg con la actuación de Burt Lancaster, que muestra cómo la máquina burocrática, incluidos abogados notables, fue entrando en silencio en la catástrofe que se avecinaba.
No creo que en Colombia estemos a ese borde de esa hecatombe. El presidente Petro no ha derogado la Constitución. Pero la Constituyente que anda en proceso de firmas sí lo haría. Firmas que se recogen en un marco de ambivalencia por parte del candidato Cepeda.
Me pregunto si ya no es la hora de la defensa de la Constitución. Si la tarjeta amarilla hay que sacarla en defensa de la Constitución. Casi que el verdadero programa pertinente a esta hora es ese: defender la Constitución.
La frase final de la película es lapidaria y permite edificar este llamado. Pertenece a R. G. Collingwood: “la única forma de saber lo que el hombre hará es mirar lo que ha hecho”.
