27 Oct 2019 - 5:00 a. m.

Para aguar la fiesta

Hoy es el día de las elecciones locales. Periodistas hablarán de fiesta democrática. Candidatos señalarán que es elección crucial. Gobierno y órgano electoral celebrarán. Luego intentaremos descifrar quién ganó. No se sabrá nunca. El impúdico sancocho de partidos y movimientos entremezclados permitirá que todos pregonen su éxito.

Pero con excepciones, la realidad es otra: en buena parte la victoria será de los ilegales, de las alianzas con viejos corruptos en la sombra y neomalandrines en rápido proceso de aprendizaje en el arte del pillaje. También grupos armados con mascarones de proa, a veces hasta impúdicos.

El fiscal dijo que la culpa del estropicio era la Constitución de 1991. Llovieron rayos y centellas. Claro que, dicho eso así, es como culpar al Código Penal del homicidio. Pero quiero imaginar que era una metáfora. Los funcionarios no deben acudir a la literatura salvo en momentos de reposo privado. Quiero entender que se refiere a la elección de alcaldes (que no nació en el 91) y la de gobernadores. El asunto es que, al menos en ciertos espacios, sobre ese basamento antihigiénico se monta buena parte del régimen. Es una especie de pirámide con sórdidos cimientos. Y sobre sus ladrillos suben los maromeros. Muchos de los jefes que ya están en balcón de primera en la cúpula se hacen los de la vista gorda. Tenemos la política más regulada legalmente del mundo. Pero de nada sirve si los mandamases se limitan a acumular basura sin pudor, sin siquiera tomarse un tiempo para reciclarla.

¿Qué hacer? Pido a los insultadores que se preparen. Es indiscutible el contenido democrático de la elección popular. No voy a imaginar que se retrotraiga esa realidad. Pero la verdad es que, en amplias geografías, este proceso local no favorece propiamente la democracia. Lo hizo en las primeras elecciones. Pero se generó una oleada de deterioro que terminamos en una mezcla diversificada de plutocracia, cacocracia, violentocracia, casi siempre orientada a obtener gajes del poder por fuera del interés común.

Lo primero es no ocultar el tema en medio de la euforia de hoy.

Primera idea: no dar marcha atrás. No creo que sea la hora de volver al nombramiento a dedo reinstaurando al monarca en la Casa de Nariño. Pero se podría ensayar un proceso más genuinamente democrático. No desistir en el impulso reformista.

Tecnología. Ir caminando hacia votación sin intermediación. Internet.

Voto obligatorio temporal.

Mejores instituciones electorales. Una vez purificadas, deben tener a su disposición secciones especializadas de los órganos de control bajo su mando.

Empoderar a los jóvenes que no están en edad de votar para que sirvan de veedores organizados. Su visión es todavía limpia.

Desechar la idea de un solo día electoral en la nación. Comenzar con las elecciones de las capitales. Luego ciudades intermedias. Y al final los poblados. En un lapso de, por decir algo, un mes. De esta manera el Estado no se ve rebasado por la magnitud del compromiso y puede aplicar toda su fuerza y su presencia integral, en especial en las zonas más vulnerables.

Conozco las objeciones. Argumentos en contra los hay. Pero peor es no hacer nada. Propongo una reflexión nacional sin prejuicios. Que no se limita a exaltar sin sopesar.

La pregunta es: ¿el imperio actual de organizaciones non sanctas de verdad contribuye a la democracia?

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