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Pierna arriba

Humberto de la Calle

15 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.

Aunque en este momento es el deporte nacional, no voy a desperdiciar esta columna examinando los vericuetos de encuestas que aún no permiten hacer pronósticos más o menos acertados. El gurú César Caballero dijo que aún es temprano. No quiero caer en las peripecias en curso, a veces plagadas de deseos, otras de mala leche.

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Y esto de las encuestas es solo el condimento “científico” de la que simplemente es una ópera bufa. De 70 candidatos ahora pasamos a 70 consultas. Cuando se veía una especie de camino con la llamada Gran Consulta, vino el tramacazo. Fico se desmarca de Uribe, o así parece aunque no se sabe si es movida convenida. De la Espriella, después de anunciar el destripe, ahora clama por la unidad bajo su mando, sin ocultar su predilección por Bukele. Fajardo sigue cocinando esperanza. Como el gato de Schrödinger, está a la vez muerto y vivo. Solo sabremos al abrir las urnas. Veo unos tipos felices porque Roy le hizo una trastada a Cepeda. El desmarque es pan de cada día de la política. El aforismo se cumple: no es la veleta la que cambia; es la dirección del viento. Pero aplaudir a alguien que califica de bolchevique a su compañero de viaje, es ya demasiado. Se te fue la mano amigo Roy. Bolchevique es aún más provocador que comunista aunque ninguna traza menchevique exista en estos andurriales.

Fricciones que se superponen y que por ahora son apenas divertimentos.

En cambio ahí durmiente en el congelador, pero más viva que oso polar en diciembre, está la idea de la constituyente; constituyente popular como le gusta llamarla al gobierno y sus promotores.

El proyecto arranca con la consabida mención al supuesto bloqueo institucional. Que el gobierno se queje de las dificultades para sacar adelante sus reformas es totalmente lógico. Pero está claro que la apelación al bloqueo es simplemente el disfraz de la situación política. El PH no es mayoría en el Congreso. Eso tiene sus efectos. Para derrumbar ese muro, primero hay que destruir el fundamento del sufragio universal que es uno de los apropósitos de la idea. Y respecto de las cortes, el intento permanente ha sido el de emascularlas de su papel arguyendo que son simples marionetas de la oligarquía. No es bloqueo. Es control democrático.

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Luego hay una serie de razones ligadas a la política social. Hay carencias. Pero es un desmadre superlativo afirmar que la inexistencia del estatuto del trabajo y la precaria protección de los derechos de los trabajadores genera un escenario de criminalización.

El remedio propuesto es claro: crear una “cláusula residual de competencia legislativa que le permita al presidente de la República actuar ante omisiones legislativas absolutas en estas materias”. Este sí es el contragolpe de Estado. Es la anulación del Congreso en beneficio de un soberano omnímodo. Pero no solo eso. Aunque es tal la desconfianza frente al Congreso que no pocos aplaudirán. Pero realmente equivale a eliminar todo el valor representativo del voto opositor. No es solo dividir la sociedad, sino anular la porción que está en desacuerdo. Es la muerte del pluralismo.

Algunas arandelas son importantes. Desaparece la independencia del Banco de la República en favor del presidente y, en una risible ingenuidad, regresa a la vieja idea de la Corte de Cuentas para vencer la corrupción. Qué ternura. El parto de los montes.

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Y si la medula es alarmante, la mecánica nacional es patibularia.

La asamblea constará de 71 delegados, de los cuales solo 44 serán elegidos por voto universal. Los demás se entregan a representes de “los pueblos”. Afro, indígena, pueblo campesino, pueblo víctima, sindicatos, pueblo joven, pueblos Rom, raizal y palenquero, pueblo de colombianos en el exterior, madres cabeza de familia, pueblo LGBTIQ+.

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Es claro que es el desmonte del ideario liberal según el cual la representación corresponde a los ciudadanos por el hecho de serlo. Pero no es solo eso: es la disolución de la identidad sociológica de la nación a manos de aproximaciones identitarias. Podrán decir que esta tomografía es más acertada que la que se deriva de la simple ciudadanía. Eso no es necesariamente cierto porque en el sufragio universal están generalmente contenidas las diversidades. Cada quien optará por lo que le parezca mejor. Pero al menos hay que hacerlo con los ojos abiertos. Aquí no hay solo un llamativo emplazamiento que puede parecer seductor. Es un cambio total de paradigma. En lo político, la izquierda se dedicó por allá por los años sesenta a denigrar de la democracia burguesa. Cuando comenzó a ganar elecciones, cambió de frente. Hasta Fidel le dijo a las FARC que no jodiera más con la violencia. Chávez, Kirchner, Lula, Boric, López Obrador, en fin. Ahora nuestro Pacto Histórico se ha fatigado y entonces resuelve acudir al modelo del fascismo italiano, del franquismo español y de la constituyente estamentaria criolla de Laureano Gómez. Vivir para ver. ¿Por qué? ¿Temor de perder el 2026? ¿Mejor Maduro que Chávez?

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Pero aquí viene el almendrón: no solo la posible mayoría será regida por “los pueblos”, sino que se le conceden facultades al presidente para que “precise los requisitos para ser delegatario, la definición de cada uno de los grupos mencionados y las generalidades del mecanismo democrático interno que cada uno de ellos implementará para la presentación de las listas de candidatos correspondientes”.

Tendría que ser uno muy tontarrón para creer que no se trata de una constituyente sino de un aparato al servicio del caudillismo.

Pero hay cierta ingenuidad en los promotores. Parecería un artificio a la imagen de Petro. Pero, ¿y si el ganador es De la Espriella?

Entonces el cántico en las calles será: “Radicales de todos los matices, uníos”.

Coda. Con estas ideas, no hay espacio para un flamante acuerdo nacional. He pensado solo en un acuerdo de mínimos. Ante el descontrol territorial, debería ser posible logar un curso unificado de acción.

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