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CADA RINCÓN DE BUENOS AIRES TIEne cierto aire de déjà vu. Es una ilusión. En 40 años todo ha cambiado.
Una multitudinaria manifestación en San Isidro destapó la semana pasada la profunda insatisfacción de la población por una inseguridad rampante, que ahora hace presa a niños y niñas de abusos sin cuento. Queda poco del Buenos Aires en que mujeres solas hojeaban libros a las tres de la madrugada en la calle Florida, mientras sorbían una copa, sin sufrir la más mínima molestia.
También se perdió esa confianza engreída del porteño. Ya antes, esa sobradez delirante, era síntoma del sentimiento de culpa y la profunda nostalgia de un país que es el único que saltó del desarrollo al subdesarrollo. Por algo desde siempre, Buenos Aires tuvo la mayor concentración de psiquiatras en el mundo. Pero hoy el delirio ha dado paso a la depresión.
Algo positivo sin embargo: el nacionalismo ensombrecido ha encontrado un oasis en el tango. Hace 40 años, preguntar por un tanto en una disquera, era como solicitar la Gata Golosa en Tower Records. Un despropósito añejo. Ahora el tango ha renacido y copa el ambiente de la ciudad. En cada esquina, grupos de jovencitos lo cantan y bailan con pericia asombrosa. Y con una frescura envidiable. Tanto la letras nueva y audaces, como los viejos tangos inolvidables.
Si algo faltara en esta ciudad de paradoja, el anuncio del gobierno sobre la estatización de las pensiones privadas, en vez de un rechazo generalizado, como creíamos que iba a suceder, ha sido recibido en medio de una discusión variopinta, en la que abundan argumentos a favor, anunciados obviamente por las fuerzas políticas amigas del gobierno, pero también por buena parte de la prensa y un conjunto nada desdeñable de sindicatos. Afuera, se interpretó el anuncio como el simple deseo de robustecer la caja oficial ante la inminencia de un nuevo default. Si ya el esposo de la actual mandataria había hecho algo semejante con la deuda externa, ¿alguien podía sorprenderse?
La batería de argumentos favorables al propósito oficial es inquietante. Que ya casi un 0,5% de las pensiones privadas las tiene que asumir el Estado; que para garantizar la pensión mínima, el Estado ya subsidia con US$1.300 millones al sistema privado; que le fue mejor a los pensionados del Estado. En efecto, dice la voz oficial, si una pensión privada fuera de US$130, con el sistema público estaría hoy en los US$330; que con la ruleta bursátil, la pensiones privadas han perdido hasta el 17% de su valor en el último año.
No faltan, claro está, los mensajes dorados con los que el gobierno quiere pintar de rosa sus anuncios. Que el cambio de sistema implicará un alza del 31% en las pensiones actuales y que se pondrá en marcha un sistema de reajustes que operará dos veces al año.
No faltan los argumentos éticos y de política económica. Que el sistema de ahorro individual había hecho desaparecer un importante elemento de solidaridad en la sociedad, el cual renace ahora con el regreso al sistema de reparto. Y que, dice la Kirchner, un mercado no controlado trae consigo la ruina económica.
El problema es que lo dice en la oportunidad adecuada, si se mira el entorno de la crisis económica mundial. Con la baja rentabilidad de los fondos en Colombia y con un ambiente inflacionario complicado, tendremos que estar alerta para afrontar discusiones sobre este delicado tema, las cuales llegarán pronto.
Ojalá prime la sensatez sobre la demagogia.
