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Toros: propongo el rito portugués

Humberto de la Calle

03 de enero de 2009 - 10:00 p. m.

FUE POR ALLÍ HACIA LOS SEIS O siete años de edad, cuando asistí por primera vez a una corrida de toros. Hoy me aterra un poco la precocidad de esa decisión, pero era algo que estaba en el ambiente.

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Asistí sin falta durante unos veinte años a la temporada taurina de Manizales. Gocé a fondo la fiesta brava, sus alrededores etílicos en juergas inolvidables y llegué, incluso, a saberme los nombres y hazañas de los toreros, la historia de las ganaderías y hasta algunos secretos de técnica taurina. Usé boina, cargué bota con manzanilla y hasta ofendí el pulmón de mis vecinos en el albero con inagotables puros tamaño churchill. Tengo, pues, credenciales en la materia.

Pero de cierto tiempo para acá, las corridas comenzaron a aburrirme. Y luego, a molestarme. Y estoy a punto de llegar, incluso, a indignarme.

El clímax del aburrimiento me llegó, por paradoja, en Las Ventas. Unos señores de boina verde prácticamente mangoneaban en la plaza. La presidencia sumisa obedecía sus órdenes. Muchas veces, ya a punto de entrar a matar, por orden de los de verde, el toro regresaba a chiqueros y entraba un sobrero cada vez más deficiente. Casi a las nueve de la noche, cuando soltaron el noveno toro y faltaban unos seis más, resolví retirarme antes de que se me borrara definitivamente la línea de las nalgas.

En cuanto a la indignación, he abrazado el punto de vista de quienes dicen que es un espectáculo cargado de violencia innecesaria, en el que el hombre engaña a un animal inocente que simplemente arremete siguiendo un designio genético al que no puede escapar. Aun sus inocultables visos estéticos están basados en un artificio ofensivo. Como cuando los niños de Campohermoso cazaban murciélagos para ponerlos a fumar. No me convencen los argumentos de quienes alegan que los antitaurinos también matan especies para alimentarse, porque, precisamente, lo hacen para eso. Ni que se trata de una tradición tan vieja como el homicidio. No es del caso reeditar una archiconocida polémica con pros y contras, sino testimoniar una nueva sensibilidad que me lleva a manifestar inconformidad con un espectáculo que ni siquiera es salvaje (porque la selva tiene su ley ancestral), sino algo peor: un alarde de orgullo humano frente a la naturaleza que sólo puede ser producto de su estulticia.

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Pero tampoco voy a llevar esto al extremo de la prohibición total. Quizás la desaparición de esa orgía sanguinolenta sólo se logre paso a paso, mediante una inteligente combinación de medidas estatales y cambios culturales.

Por ahora, pues, me limito a proponer que se adopte en Colombia la modalidad taurina que desde 1928 en Portugal elimina el rito de la espada, pero mantiene vivo un hermoso espectáculo, al que se le aumenta la dosis de rejoneo y se le introduce la presencia de los forcados para que el hombre, a mano desnuda, trate de doblegar al animal sin producir su muerte.

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