La detención de Maduro generó tanto voces de condena absoluta como aplausos. Creo que hay que profundizar más porque hay complejidades de diversa índole. Entre ellas, la evolución de los acontecimientos.
En un principio había sido orquestada como un episodio de la lucha contra el narco y la recuperación del hilo constitucional. Pero hacia el mediodía del 3 de enero vino la rueda de prensa de Trump. Ya la cuestión fue el petróleo y la decisión de “administrar” a Venezuela como si se tratara de un patronato inédito en los tiempos que corren.
El marco inicial es la ilegalidad internacional de la operación norteamericana. Una operación sin apelación a algún procedimiento multilateral es claramente condenable.
Pero la posición absoluta e inflexible de rechazo al operativo muestra que actualmente la forma de operar la comunidad internacional se ha debilitado de tal manera que un gobierno ilegítimo, que viola derechos humanos a escala protuberante, termina beneficiándose de la impotencia que produce una mezcla de inflexibilidad y desmantelamiento de mecanismos eficaces para suprimir las graves violaciones.
Ahora cada potencia se adueña de un territorio y no hay mucho que hacer. Rusia invade a Ucrania. Gaza es objeto del genocidio brutal. Algunos países latinoamericanos utilizan métodos repudiables para permanecer en el poder.
El dilema moral es dramático. ¿De qué modo el apego a la legalidad, si se mantiene de manera absoluta, puede terminar prolongando las graves violaciones de los derechos humanos que esa misma legalidad quiere eliminar? El “buenismo” que se deriva de la posición absolutista en la defensa de la legalidad favorece la continuación del régimen iniciado por Hugo Chávez.
Discusión parecida ocupó un lugar importante en las conversaciones de La Habana con la guerrilla de las FARC. Algunos sosteníamos que la posición absolutista terminaría impidiendo una negociación y prolongado las graves violaciones. También un dilema moral semejante se vivió a raíz de los juicios de Nuremberg. Hubo profusa literatura condenándolos, con el argumento de que se estaban violando principios universales porque la tipificación de los delitos cometidos por los nazis se estaba llevando a cabo ex post facto.
Se trata de dilemas escalofriantes. Y en nuestro caso, agravados por lo que debe ser el interés de Colombia. Parto de la base de que más allá de izquierda o derecha, nuestra integridad territorial y nuestra identidad nacional son valores superiores. Colombia es el único país del mundo con una frontera porosa de 2.200 kilómetros con Venezuela y un enjambre de complejidades que encarnan disyuntivas políticas, militares y, sobre todo, morales, que convierten este raciocinio en un hervidero de dificultades.
El régimen vigente en el país vecino ha alterado de manera superlativa la situación de seguridad en Colombia. No habrá paz completa mientras la acción de los grupos ilegales reciba cobijo de parte del gobierno venezolano.
En el plano geopolítico, Petro cambió la orientación de la política exterior de Colombia basada en la estrecha relación con Estados Unidos. Aunque la Cancillería aseguraba que se trataba simplemente de una apertura multipolar en favor de Colombia, en un mundo ya de por sí multipolar, esto no disimulaba la inclinación de Petro.
Colombia ya no era el socio atormentado de los Estados Unidos, sino un país en el que coexiste una oposición arraigada en la política proyanqui anterior y un gobierno que antagoniza duramente con Estados Unidos.
Colombia era una especie de oveja negra mundial por su alta producción de cocaína. No obstante, entre los gobiernos se aplaudía la decisión de sus gobernantes y de la sociedad civil de combatir el narcotráfico. No en vano Colombia sacrificó líderes, jueces, periodistas y policías en una guerra tan cruenta. Existía, pues, una cierta compensación que nos permitía sobrellevar una situación tan desafortunada.
Cuando por cuenta del gobierno Petro “cambiamos de bando”, algo que ocurrió en los entretelones de la administración, pero no en la generalidad de los colombianos que seguían sintiéndose parte del esfuerzo de cooperación norteamericano, de la política del buen vecino, de los lazos comerciales, en fin, de un entramado político y cultural que se sentía cercano a Estados Unidos (como lo demuestran las encuestas durante varias décadas), entonces ya la situación fue desconcertante. Las condenas verbales de Trump ya no se referían al gobierno sino a Colombia como un todo, calificándola como un país enemigo. Marco Rubio siempre ha sido más cuidadoso en separar gobierno y pueblo.
Colombia está en el filo de la navaja. A día de hoy, los colombianos no sabemos si dentro del deseo de administrar a Venezuela, Estados Unidos va a empeñarse de manera certera en la neutralización de los grupos ilegales que operan en Colombia. No sabemos si el petróleo es el principio o el fin de esa singladura. No sabemos si a Estados Unidos le basta el petróleo o si existe de verdad algún interés en promover la democracia. Y tampoco si el gobierno provisional de Venezuela va a controlar los grupos ilegales a los cuales ha brindado abrigo. El peor de los mundos, el jamón del sándwich. En el lenguaje oficial casi somos “enemigos” de Estados Unidos y ni siquiera sabemos cuál será el final de este periplo.
El 8 de enero de 2026 Trump anunció la llamada telefónica con Petro. El tono del presidente de Estados Unidos afirma que sería un Great Honor, así con mayúscula, llevar a cabo esa conversación. Es un tono positivo que rompe con la escalada de agresividades mutuas de los días anteriores. Claro que, en medio de la retórica amable, Trump desliza de todos modos sus advertencias.
El efecto tranquilizador, al menos en principio, fue evidente. El mensaje incluyó el anuncio de una próxima visita de Petro a la Casa Blanca.
Pero siempre hay espacio para la sorpresa. Hace poco, Petro arremetió de nuevo incluyendo su petición de que Maduro no sea juzgado en Estados Unidos. Casi al mismo tiempo, Delcy comenzó a hablar de quitarse la jáquima de los gringos. ¿Hay solo coincidencia?
Esta telenovela no va a ser una miniserie. Quedamos en vilo a la espera del encuentro Trump/Petro. Pero quizás ese tampoco sea el final. ¿Vendrá una nueva temporada?