El fascismo ha vuelto. Y no en las lejanas fronteras del planeta sino, como en el siglo pasado, en los territorios donde floreció la democracia liberal.
Entiendo por fascismo la irrupción de movimientos que rechazan los elementos esenciales de la democracia. Los que patean la separación de poderes. Los que creen que la legalidad es un estorbo. Los que piensan que el caudillo es el portavoz único del pueblo. Los que, en fin, exhiben una impúdica superioridad moral totalmente ficticia y descreen de la ciencia, del ensayo y error y del pluralismo. Eso es: los que quieren asesinar el pluralismo.
Los primeros síntomas en la edad contemporánea se ubican en el este de Europa. Figuras como Viktor Orbán en Hungría y Jaroslaw Kaczynski en Polonia. A su vez, la Turquía de Ataturk, bastión del secularismo en un entorno musulmán, fue cediendo de manera lenta, adoptando conductas cada vez menos distantes de las teocracias del vecindario, como una especie de pasaporte para sobrevivir políticamente en un mundo islámico cada vez más radical. En Italia Matteo Salvini con su Liga Norte. Marine Le Pen en Francia y Vox en España. Vino también Narendra Modi en la mastodóntica democracia india.
Y en cuanto a Latinoamérica, el fenómeno se ha extendido tanto a la derecha como en la izquierda. Hay ecos del pasado que incluyen necesariamente a Juan Domingo Perón y los Kirchner, para desembocar en Milei. De Hugo Chávez a Nicolás Maduro. Bolsonaro en Brasil. Fujimori, Humala y Pedro Castillo. Andrés Manuel López Obrador, Rafael Correa, Bukele y, por supuesto, Gustavo Petro.
Cada vez más la microdemolición de la democracia ha ganado terreno.
El presidente de los Estados Unidos Donald Trump ha alterado la fisonomía del funcionamiento tradicional de la democracia norteamericana. Pero Trump no es solo Trump. Es la mayoría de los ciudadanos que votaron por él, aunque se observa un cierto reflujo.
Para mí la ecuación actual es esta: el verdadero antagonismo es entre democracia liberal genuina y autoritarismo que usa el populismo como simple herramienta, no importa si mira a la izquierda o a la derecha.
En la Europa del siglo pasado, el antagonismo se fraguó de manera distinta: de un lado, un fascismo que se definía no solo como enemigo de las libertades sino como amigo de los ricos. La respuesta era el otro autoritarismo: Lenin, Stalin y la Unión Soviética crearon una ecuación que, bajo la capa de la política social centrada en los proletarios, disimuló las tropelías y las ejecuciones. Exceso de autoridad centralizada como territorio común. Proletarios y privilegiados como eje diferenciador.
Pero hoy ya este no es el panorama. Estos autoritarismos de hoy a veces van contra los pobres. Otras los usan, aunque también a veces los favorecen a cambio de lealtades silenciosas mientras terminan de devorar el poder.
Esta visión es la de la izquierda en Latinoamérica y, en especial. en Colombia. Es una tremenda equivocación. Un error estratégico monumental.
Porque al señalar al liberalismo como el culpable, al acudir al ataque permanente contra la filosofía liberal, la izquierda termina permitiendo que el fascismo se mimetice. Que so pretexto de que el caudillismo funge como guardián contra la “funesta democracia liberal”, termina hermanándose con autoritarismos de todo cuño sin diferencia alguna. Una izquierda que permite que su ADN se diluya en la voracidad del poder, con la excusa de los pobres, despojando de raíz la enorme veta de la dignidad humana que ha sido la democracia liberal. Endilgar la palabra fascista a todo el que profese su fe liberal solo les ayuda a los autoritarismos.
Por los años 60, la izquierda despreciaba el sufragio. Era una patología mentirosa. Décadas después, empezó a ganar elecciones y, por arte de magia, se convirtió en defensora del voto. Basta ver los esfuerzos de Petro para convertir la elección en un baño lustral que cura otras deficiencias. Con su tesis sostenida en la CIDH, según la cual todos los elegidos son inmunes a decisiones que no provengan del juez penal, ha terminado cobijando anomalías porque la justicia penal no da abasto y porque ha privado a entidades de control de tomar decisiones para suspender el estropicio. Y aquí surge una contradicción: defensa del sufragio pese a que se la ha considerado el sello descalificador de la democracia liberal y, al mismo tiempo, todo el que defienda esa democracia liberal es simplemente un fascista, palabra que ya se usa sin pudor alguno.
En nuestro caso, da grima ver de qué manera los diversos matices de nuestra izquierda criolla aplauden enfurecidos cuanto dislate sale de la administración sin capacidad crítica alguna. Y, más grave, de qué modo la concesión que hizo el Pacto Histórico cuando renunció a higienizar la política y cayó en el pragmatismo (correr la línea ética) deja secuelas de corrupción abultadas.
El mundo era mejor cuando entre liberalismo y socialdemocracia se logró un equilibrio. En la excesiva estatización la víctima es la libertad. Porque sin libertad económica es la libertad política la que sufre.
Coda: El domingo tuvimos elecciones limpias. Sin el anunciado fraude. Las consultas abrieron posibilidades por fuera del binomio Cepeda/Abelardo. Aun es difícil hacer pronósticos. En Congreso, la buena noticia es que nadie arrasa. El PH aumenta, pero pierde los cinco congresistas ex Farc. CD también aumenta. La mala noticia es que será un congreso volátil en el que los otros partidos irán tomando decisiones caso a caso, y buscarán lucrarse de las prebendas que dispense el Ejecutivo, cualquiera que sea éste. En gran mirada, sin embargo, el cambio de Petro deja instalada una izquierda potente. Es otra Colombia.
Dos: Paloma: nadie le pide que cambie de opinión. Pero si el acuerdo es hoy la Constitución de Colombia y usted llega a ganar, tendrá que jurar que la va a cumplir. ¿No es hora ya de pasar página? ¿No es hora de concentrarse en los problemas de hoy? Hay que distinguir el fracaso de la “paz total” y el acuerdo del Colón, cuyo principal problema es la falta de ejecución.