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26 Jan 2021 - 3:00 a. m.

El cuento del gusanito

“Nadie me quiere, todos me odian,

creo que voy a comerme unos gusanos;

varios muy largos, otros delgados

grasos, jugosos, cortos, peludos,

gusanitos viscosos o encrespados”.

Y el niño que canta la canción del gusanito no está solo. La humanidad lleva comiendo insectos y gusanos desde que se conoce, como hacen sabiamente los simios que no desperdician ni sus propios piojos. La entomofagia es parte de las civilizaciones más antiguas y será parte de la alimentación de los que sobrevivan a la peste, como lo vemos ya por los artículos de prensa que anuncian que las “nuevas” proteínas disponibles son abundantes en una enorme variedad de insectos que asciende a mil quinientas especies comestibles.

Que las recién llegadas clases medias de occidente consideren tabú comerse un mojojoy o una libélula, o una larva de Tenebrio Molitor, no es sorprendente. No le hacen cara de asco a un filete de res de latifundio o a un pollo encarcelado, pero un gusano libre no está entre sus opciones; es que ni en la televisión ni en Panaca les enseñan que hay otros animales aparte de las vacas, los cerdos y los pollos.

Un artículo del diario The Guardian nos cuenta que a principios de este mes la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) dio el visto bueno para el consumo humano del gusano de la harina (Tenebrio Molitor), del cual se pueden hacer productos comestibles, seguros, nutritivos y asequibles. Se abre así una puerta en “occidente”, que estaba abierta ya hace años en otras civilizaciones no tan quisquillosas y menos enredadas con el negocio de la ganadería o de los animales criados en las granjas. En Colombia —en el país real y no en el de Fedegan o del Invima— se han consumido los mojojoyes amazónicos y las hormigas culonas desde siempre; en México son delicadezas muchos insectos de nombres fascinantes: el ahuatle, los escamoles, las cuetlas, los jumiles, los chinicuiles borrachos del mezcal y las chicatanas, para no hablar de los mercados de insectos en el Japón o en Indonesia. Los vegetarianos y veganos dirán con razones respetables que no los necesitan. Pero el grueso de la humanidad sigue dependiendo de las proteínas animales para su subsistencia, así que autorizar el consumo de insectos no es tan mala noticia.

Y viene ahora el cuento del gusanito: Juanito tenía pasión por los gusanos, los estudiaba a cabalidad y se le iba el tiempo en aprenderse las lecciones al respecto. El día del examen, aunque iba preparado, en su tema, la profesora les puso una redacción sobre la vaca. Juanito, que despreciaba los rumiantes, escribió: “La vaca es un animal de cuatro patas, da leche y come gusanitos… el gusanito, que puede ser una larva de insecto, o un artrópodo o hasta una mariposa en su capullo…etc. (dos páginas)”

Y a mí me pasa que vuelvo siempre a mi cuento del gusanito. Empezamos con una canción infantil que parece que clama en nombre del planeta (mi gusanito principal) “nadie me quiere, todos me odian”, y de los pueblos olvidados de este globo (gusanito político), o del agua (gusanito que produce obsesiones tremebundas). No puedo evitar que la semiótica del gusano me haga reflexionar sobre la necesidad de buscar soluciones a la deforestación, la urgencia de proveer una seguridad alimentaria mínima a los desamparados de la tierra en tiempos del Corona o a la importancia de encaminar los esfuerzos nacionales a proteger el agua, sin la cual, gusanitos viscosos y encrespados del gobierno, no hay salud ni vida. Dígale usted a un indígena wayúu que se lave las manos cada hora, para que le haga el cálculo del agua que tenían y que las empresas extranjeras del carbón les usurpó. Eso —y la situación de las vacunas en cualquiera de sus polivalentes acepciones— ya se pasan de comerse un gusanito a hacernos tragar unos sapos venenosos.

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