La fascinación por las plazas de mercado, zocos y bazares debe estar en los genes más antiguos. Ayer regresé a la Galería La Alameda en Cali con ocho ojos, ocho oídos ajenos y cuatro empáticas narices y lenguas adiestradas. Los cinco paseadores ingresamos por la entrada que conduce a los puestos principales de las frutas; desde luego, ahí nos quedamos en silencio explorando esos bodegones con olor, preguntando por nuestras frutas de la infancia. ¿Hay madroños o granadillas de urquijo o pomarrosas? Estaban casi todas, luciendo sus colores, olores y sabores; algunas, mundo moderno necio, se han vuelto desabridas con los químicos, pero la sensación de paraíso aún persiste. ¡Qué cantidad de frutas y frutillas procedentes de los andes cafeteros, del Cauca, del Pacífico, de las mismas colinas de este Valle!
Cuando salimos del hipnotismo de las frutas faltaba una nariz. ¿En dónde está Marcela? Oteamos por entre las cabezas del gentío y las pencas de sábila colgadas, pero no se veía. Alcanzamos a sentir un suave asomo de pánico gregario, no porque la dama corriera más peligro que el de perderse un rato pues es muy distraída, sino porque sus ojos de artista se fijan en detalles que los demás no habríamos descubierto.
La encontramos, por la voz, metida en un corredor estrecho y sin salida atiborrado de artesanías del Pacífico; custodiaba la entrada su enorme propietaria, Celia, cejas pintadas de hechicera, un blusón de crochet delicadísimo sobre un delantal multicolor, dientes fantásticos y una mirada entre perspicaz y juguetona. Marcela se veía allá adentro de la cueva rodeada de cántaros de güerregue, totumas decoradas, animales tallados en maderas preciosas casi extintas, canastos, canasticos, flautas de carrillo, cununos bien templados, guasás que encierran los rumores de los ríos, muñequitas de trapo que igual habrían servido para adornar una cocina que para “un trabajo” de vudú con alfileres. Salió Marcela con un cesto atiborrado de compras “necesarias” contando de las maravillas que había entre la caverna. Uno a uno sucumbimos a la fascinación del laberinto.
Salimos luego a la sección de hierbas milagrosas, a las efigies de María Lionza (don Gregorio Hernández ya no atiborra las vitrinas) y otros portentosos. Como aquí llega cuanta yerba se produce en el país, este es el cielo de los santeros, los hipocondríacos botánicos y los conocedores de aliños tropicales: ruda, poleo, salvia, chancapiedra, uñegato, llantén, ortigas verdes o moradas de la selva, oreganón para las cazuelas de mariscos, achiote fresco, laurel advenedizo, matricaria para los dolores de la luna…
Tres pedimos cazuela, uno pidió sancocho y Marcela una lengua. Habríamos podido decidirnos por rellenas de aromas misteriosos, o un caldo proverbial de pajarilla, pero la explicación del contenido no le caló a ninguno. El comedero impecable, sin un solo elemento desechable—la matrona mulata, magra y divina de ojitos centelleantes, se mereció tres besos cuando trajo el aguacate en un plato de barro negro reluciente—, estaba lleno de comensales de todos los pelambres. Una venezolana asimilada encantadora nos trajo pues los platos exquisitos, baratos y abundantes, y así agarramos fuerzas para seguir andando por entre el vericueto de las cacharrerías, las carnes y pescados, los cacharros de barro, las esteras... De razón La Alameda es patrimonio cultural de los caleños: es imposible sustraerse al sentido de pertenencia a esta diversidad preciosa de culturas y esta amabilidad de familia refugiada de la guerra en la comida, la risa fácil y la abundancia de estas tierras.