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La declaratoria de la reserva forestal Thomas Van Der Hammen en el borde norte de Bogotá, afortunadamente nos obliga a volver a mirar a la ciudad como parte de un todo inseparable.
Sólo pocos han hecho con cuidado, rigor científico y visión poética esta exploración integral del altiplano. Pero para los ciudadanos que queremos asomarnos de nuevo por encima del muro de concreto, guiados por el profesor Gerardo Ardila, los descubrimientos son asombrosos.
La ciudad está construida sobre un antiguo lago y el altiplano fue siempre un sitio de humedales y de espejos de agua, como los que se vieron resurgir en las inundaciones de hace meses y las que ya manejaban hace 14.000 años los pobladores de áreas como Chía. Estos muiscas, se sabe, hacían sabios canales y pequeños diques, como queda patente en el bosque-reserva Las Mercedes, cerca de Suba.
Después vino el crecimiento siempre desordenado hacia occidente, y luego las agallas de los peces grandes se abrieron hacia el norte. El agua, que es por antonomasia la riqueza verdadera, en el imaginario torcido del “progreso” se volvió enemiga y el río una cloaca. Comienzan los rellenos y “se recibe tierra”, se interrumpen los pasos de la fauna del monte que llegaba hasta el río, y se construye, por ejemplo, la llamada autopista, que flota deleznable sobre los humedales de Torca y Guaymaral. Esta vía, cuyo sino es el de estar en perenne construcción cuando naturalmente varía el nivel freático, ha costado fortunas al erario público. Obvio. Era mejor idea pavimentar el río.
Más allá de los límites urbanos, en la ciento setenta, están los cementerios, en pleno corazón del humedal. Si usted cree que sus muertos descansan en la costosa tierra, asista un día temprano a la preparación de una fosa, para que vea las bombas sacando a borbotones el agua que, pasado el “entierro”, cubrirá a los finados. ¡Ah! Y el agua que ha de descomponer a los cadáveres, sale a los vallados, se mete entre los pozos artesianos y vuelve, ineludible y pútrida, al río con que regamos las verduras.
Por el borde occidental de la abortada Avenida Longitudinal de Occidente, detrás de la reserva de La Conejera están las flores; pero no sólo allí, pues sus ubicuos y horrorosos galpones proliferan. La mayor parte de los floricultores, a pesar de que se quejan del negocio, contaminan las aguas subterráneas y las chambas y humedales utilizando agrotóxicos feroces, desecan los acuíferos (esta agua no la pagan) y una vez desecados, les venden los terrenos a los constructores. Redondo. Además, ni siquiera son floricultores nacionales, pues hay gran capital, como Chiquita y Dole, detrás de las empresas testaferro.
Y como dice su valla descarada: “La Sabana no se detiene”. Ciertamente la emprendedora Universidad del Opus Dei construida en el hoyo del Puente del Común no es el mejor ejemplo de armonía cósmica. Hay algo oscuro desde sus orígenes, pasando por la licencia de construcción en un sitio inconstruible. Durante las inundaciones más recientes le botaron el agua sucia a los vecinos, con ayuda de las fuerzas armadas estatales. Hoy están construyendo un muro que reemplaza al jarillón y que le causará enormes problemas al que sea vecino, y se declaran ahora “Asesores en inundaciones”. Sí. Esta nueva Reserva abre los ojos; por ello, bienvenida.
