LA CUMBRE DE CANCÚN SOBRE cambio climático, como las morrenas de un nevado extinto, presagia ser estéril.
¿Por qué no resultaron ni Kioto ni Copenhague, y no resultará Cancún tampoco como solución a la creciente destrucción del planeta?
Hay cientos de respuestas. Pero quizá las más interesantes del momento las provean, paradójicamente, un californiano de nombre Derrick Jensen y la Declaración de Cochabamba sobre los derechos de la Madre Tierra.
En una serie de entrevistas con Democracy Now, a Jensen lo describen como “el poeta-filósofo del movimiento ecológico”. Ha escrito 15 libros que critican a la sociedad contemporánea y la destrucción del entorno (entre otros, A Language Older than Words, Endgame, Deep Green Resistance). “Creo que muchos de nosotros estamos reconociendo, cada día más, que la cultura dominante está matando el planeta”, dice Jensen, “Pienso que es muy importante que comencemos a construir una cultura de resistencia, porque obviamente lo que estamos haciendo no está dando resultados”.
Y desde luego continúa con el argumento de las cumbres estériles pues señala que la mayoría de las soluciones al calentamiento global dan por inamovible al capitalismo industrial, y el planeta debe conformarse a éste, y no al contrario. “Y eso es demente, en términos de contacto con la realidad física” porque sin un mundo real no hay sistema social, y no hay vida. Cuando creemos que el agua viene del grifo y la comida proviene del supermercado, como lo hacen, aquí radica la distorsión, recuerda Jensen, ya que el sistema se interpone entre nosotros y el mundo real... pues todos defenderán con su vida un sistema que les trae agua y comida. Pero, ¿qué pasaría si su agua proviene del río y su comida de la chagra? “… Parte de la dificultad es que esta cultura se ha insertado en el medio” y ya no se puede pescar en los ríos de tóxicos letales. Hay que importar los peces desde lejos, y etc. Triste etcétera.
Por otro lado, en la Declaración de Cochabamba, la propuesta es igual: “… Es necesario forjar un nuevo sistema que restablezca la armonía entre la naturaleza y los seres humanos basados en los principios de: equilibrio entre todos y con todo, complementariedad, solidaridad, equidad, justicia, conciencia colectiva, respeto a la diversidad y espiritualidad”. Incluso nace la propuesta que llevarán a Cancún de un proyecto “Verde Profundo”. Ciertamente estos pueblos cercanos al Amazonas y en donde aún la selva existe, están mejor dotados para entender al planeta de más cerca. Sin embargo sus realidades de corrupción e ineficiencia, de ambiciones y codicias personales difícilmente repartirían, por ejemplo, los subsidios verdes que los países industrializados podrían proporcionar si los protocolos de las cumbres se hicieran realidad.
Todo parece indicar entonces que la única que puede cambiar estos sistemas es la misma Tierra. Muy Madre, ciertamente, pero de poderes furibundos e implacable cuando se trata de su propio equilibrio. Para la tierra la desaparición de la especie humana no es gran cosa. Según la Cruz Roja Internacional, en 2009, por condiciones extremas del clima, se produjeron alrededor de 320 desastres naturales que dejaron 8.700 muertos y 139 millones de damnificados. ¿Aprenderemos entonces las lecciones a las malas?