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Su nutrición puede estar en la basura

Ignacio Zuleta Ll.

24 de agosto de 2015 - 10:28 p. m.

CON LA CANTIDAD DE COMIDA QUE se desperdicia hoy en día se podrían alimentar diez veces los hambrientos del mundo, dicen los cálculos recientes de la FAO.

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Hace casi tres años reflexionaba con horror sobre el tema en esta misma columna, pues los datos sobre el despilfarro de alimentos son atroces. Venía acostumbrado a que en el monasterio en donde viví por 12 años no se desperdiciaban literalmente ni un grano de arroz ni una hoja de brócoli; a duras penas se tiraban las cáscaras inútiles. El impacto del desperdicio de comida no es sólo moral, financiero o social: también es ambiental, pues se malgastan agua, fertilizantes, combustible para el transporte de residuos, y se producen grandes cantidades de metano que contribuyen al cambio climático, lo que a su vez genera más pobreza. El escándalo radica en que es claro que el planeta podría producir comida para todos, pero nuestra depravada cultura del consumo y la ignorancia que nos caracteriza se reflejan en canecas rebosantes de comida buena, en campos en donde se pudren las toneladas de papas que no coinciden con el tamaño estándar. Pecado, ciertamente.

Poco han cambiado las cifras en los últimos años. Sin embargo, hay que reconocer que ha comenzado un proceso de reflexión: en buena parte del mundo ya se habla de empezar a combatir eficazmente el desperdicio. Los franceses acaban de prohibir por ley que los mercaderes boten la comida. La directora francesa de cine Agnès Varda fue una de las precursoras del tema con dos bellísimos documentales sobre los “glaneurs” o rebuscadores, realizados con claridad contundente y con poesía. Ya decían los hebreos en su Levítico: «Cuando coseches la tierra […] no rebusques en la viña ni recojas los frutos caídos del huerto. Los dejarás para el pobre y el forastero».

En los últimos 15 años han surgido movimientos importantes para crear conciencia: rebuscadores después de las cosechas; chefs que reutilizan excelente comida descartada por razones de estética o fecha de vencimiento irracional; jóvenes y adultos que viven solamente de lo que recogen; supermercados que no arrojan a los botes de basura lo que aún puede utilizarse y que sus clientes adiestrados no consumen porque este-banano-tiene-una mancha-negra, el-tomate-está-ya-blando, mañana-vence-el-yogurt. Ya se discuten el tamaño de los empaques y los empaques mismos, comenzamos a aceptar la «bolsa de las sobras» en los restaurantes y surgen por doquier neveras solidarias instaladas por filántropos en las que la gente deja y saca comida sin remilgos.

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Ha habido igualmente un aumento de bancos de comida, que reciben donaciones o compran la que está a punto de ser rechazada en el mercado para distribuirla entre quienes más la necesitan. En Colombia hay una red grande y organizada de estos bancos, los únicos caritativos de su nombre. Aparte de las medidas legales y económicas, aún falta que el ciudadano común —que desperdicia aproximadamente la mitad de lo que compra— entienda la importancia de aprender a conservar los alimentos, de hacer listas austeras, de gastar primero lo que primero compró, de aceptar frutas y verduras «imperfectas», medir lo que arroja a la basura, utilizar todo lo aprovechable de las verduras y legumbres y tantas otras acciones de sentido común que podrían ayudar a que no nos sigamos desperdiciando como especie.

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