—A ver, jovencito cincuentón, ¿y qué piensa usted de la vejez? —me preguntaba a mí mismo en estos días acicateado por los arúspices Artritis y Lumbago y enfrentado a la realidad especular de la flacidez general de los tejidos.
Buscando una respuesta pasé por Cicerón y su De Senectute, me arrimé a Hesse y a su Himno a la vejez, miré de lejitos a Simone de Beauvoir y a Esther Vilar y sus ideas sobre el tema y aterricé felizmente en un anónimo del siglo XVII. Cuando leí los primeros párrafos de esta monja inglesa decidí que era la única que tenía sentido del humor, imprescindible para el tránsito a la tercera y cuarta edad.
Así que mejor que entrar a hablar de cirugías y pañales, de ancianatos y viagra, de la ciudad hostil y del nuevo papel fundamental de los abuelos, prefiero unirme a los ruegos de la monja que comienzan: “Señor, tú sabes mejor que yo que estoy envejeciendo y que algún día seré muy anciana. Líbrame del hábito fatal de decir algo sobre cada tema y en toda ocasión. Sálvame de las ganas de enderezar los asuntos de todo el mundo. Hazme reflexiva pero no temperamental; servicial pero no mandona. Con mi gran acervo de sabiduría, parecería una pena no usarlo en modo alguno, pero Tú sabes, Señor, que quiero algunos amigos al final”. Y si fuera consecuente con los ruegos debería dejar aquí esta columna, pero aún no me han dado respuesta contundente, así que continúo.
La vejez —término políticamente incorrecto y rechazado por jóvenes psicólogas y sociólogos modernos que hablan de la edad dorada, la tercera edad, los adultos mayores y otras necedades— es un tema paradójico. Por un lado las cuchibarbis y los cuchikens del universo a duras penas aceptan que el tiempo pasa haciendo estragos en el cuerpo y así la sociedad de consumo los deslumbra con sus espejismos de juventud eterna. Buen negocio. Por otro lado están los que le sacan provecho a la experiencia, los que han hecho con éxito su camino geragógico. En realidad no hay fórmulas. Hay quienes aceptan y aman su vejez y quienes la odian y maldicen. Pero es mejor seguirle los consejos a la monja cuando ruega “Sella mis labios con respecto a mis achaques y dolores. Estos se van incrementando, y el amor por enumerarlos se vuelve más dulce a medida que pasan los años. No pido gracia suficiente para disfrutar con los dolores de los otros, pero ayúdame a soportarlos con paciencia”. Y hay dolores; disminuye la presión del chorro; salen arrugas; crecen pelos indeseados, ubicuos y muy gruesos; los hombres nos quedamos calvos; la piel se adorna con manchas “de sol”, sin contar con que la tecnología nos embiste y la memoria se vuelve, digamos, selectiva.
Sin embargo, hay en todo caso un consenso entre los sabios: mantenerse activos para combatir la vejez con diligencia y sobre todo alegres, o por lo menos solicitarle a Dios con la abadesa “Mantenme razonablemente dulce. Yo no quiero ser una santa. ¡Es tan difícil vivir con algunos de ellos! Pero una persona vieja y amargada es una de las obras cumbre del demonio”. Amén.