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Cree Stephen Hawking que «el futuro a largo plazo de la raza humana debe ser en el espacio». Admiro la gimnasia intelectual del físico y su pelea contra la esclerosis, pero esa oración me parece un hueco negro.
No me sorprende que la diga: algo de arrogancia ha de haber en el científico que presume que puede conocer la teoría de todas las vainas. Y sin embargo, para lo más elemental y cercano, esta nave-planeta extraordinaria, no demuestra el mismo entusiasmo que dedica a sus fantasías intergalácticas.
Su mensaje para las nuevas generaciones sería entonces: acabemos con los recursos que, de todas maneras, «la vida en el planeta está en el riesgo siempre incrementado de ser borrada por un desastre», siempre por causas humanas como la guerra nuclear, el calentamiento global o un virus genéticamente diseñado. ¡Qué esperanzas! Nunca lo apocalíptico me ha parecido tan antipático y tan torpe, a pesar de que dicen que Hawking es muy listo. Sentencia que la raza humana «no tiene futuro si no se va al espacio».
Desde luego, el daño que le hace al imaginario colectivo una idea similar no es menor. En lugar de remitir al adolescente cibernético a que entienda en dónde está parado, a que aprecie la vida, la tierra, el agua, el viento y ponga en orden su propia casa antes de escaparse a jugar con la balística galáctica que nos permite salir en coheticos de la biósfera, el inglés alimenta una perspectiva perniciosa que además sería para unos pocos y en condiciones casi imposibles para la especie tal como hoy la conocemos.
Estamos muy lejos de vencer los inconvenientes físicos de un viaje en el espacio. Las solas descripciones de lo que es «hacer del cuerpo» en condiciones de cero gravedad y la parafernalia del Universal Waste Managment System —la letrina espacial— son hilarantes. Para orinar hay que usar embudos con ventosas; para cagar hay que prender un ventilador invertido a toda máquina para que lo que sale no flote por el cuarto……Es tan complejo que muchos astronautas hombres y mujeres relatan que prefieren beber menos y perder peso antes de someterse a una experiencia tan poco fascinante. La salud espacial está en pañales. Wikipedia, en su introducción al tema de salud espacial, arroja una perla genial: «Los humanos están fisiológicamente bien adaptados a la vida en la Tierra”. Menos mal (hay excepciones). Y la lista de males que surgen al salir al espacio es larga: mareo, como el de Edgar al montar en bus; atrofia muscular; osteopenia espacial; edemas inmunodeficiencia; radiaciones cancerígenas; barotrauma; perturbaciones del sueño y de los ritmos circadianos, etc. Y ni hablar de la comidas, muertas, desabridas, y los deshechos por toneladas, que no se pueden ni tirar por la ventana….no quiero ser astronauta.
Hay también evidentemente un gran negocio en todo esto de la carrera espacial. Basta ver la página web de la NASA, las agencias espaciales rusa o china o la ESA europea para intuir que se trata de desarrollo militar, de ambiciones de poder y turismo espacial para unos pocos. Es discutible si estos recursos, en este momento de la historia, no serían mejor utilizados en energía limpia y agricultura sostenible.
Desde luego salir al espacio ha sido un hito extraordinario y encomiable, ha abierto horizontes, y lo que le debemos al Hubble y a la exploración espacial en términos de estética, de amor por esta bola azul, de perspectiva, es mucho. Pero hablar del futuro por fuera del globo cuando ni siquiera hemos podido armonizar con el planeta mismo es perder toda esperanza en hombres y mujeres y depositarla entonces en la Ciencia, como el dios que nos puede salvar de nosotros mismos. No entiendo el silogismo. Entre el soberbio y oscilante «ateísmo» de Hawking, enamorado más de sus propios pensamientos que del multiverso, y la humildad asombrada y humorosa del divino Einstein cuando señala que «lo más bello que podemos experimentar es lo misterioso; es la fuente de todo arte y ciencia», mi temperamento se inclina por el último.
