Inconveniente y arriesgado

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La exuberante sumisión del gobierno de Iván Duque ante Estados Unidos ha sido tema recurrente de discusión. Además de ponerse al servicio de Washington en todo lo concerniente a Venezuela y drogas ilícitas —estrategia no solo peligrosa sino contraproducente—, su apoyo a la nominación de un estadounidense a la presidencia del BID en contravención de la norma no escrita que ha regido desde la creación del Banco constituye un gesto torpe frente al multilateralismo hemisférico, que se supone pilar de la política exterior colombiana.

El enfoque de Duque frente a Israel refleja un patrón similarmente inconveniente. Colombia es uno de los aliados principales de ese país en América Latina. Además de la compra de armas y la cooperación militar y en inteligencia, desde la presidencia de Juan Manuel Santos la agenda bilateral se amplió para incluir un TLC y la búsqueda de algún rol en la solución del conflicto israelí-palestino. Pese a que nuestra posición oficial frente a Palestina ha sido generalmente favorable —siendo excepciones las dos administraciones de Uribe y la abstención de Santos en votaciones de la ONU sobre el estatus de Estado observador no miembro y la decisión de Estados Unidos de reconocer a Jerusalén como capital de Israel—, rara vez las relaciones colombo-israelíes se han visto afectadas. Incluso, ante la decisión colombiana de reconocer al Estado palestino, lo que fue calificado como una “bofetada”, ha dado paso al deseo de concentrarse en una “relación muy especial” según lo explicara el embajador de Israel en reciente entrevista en Semana.

Lo que la hace “muy especial” es su sincronización con Estados Unidos, hecho reflejado en la inusual invitación a que Duque hablara, en marzo, ante el Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (Aipac por sus siglas en inglés). Además de despotricar contra Maduro, su antisemitismo y sus vínculos con Hezbollah, el mandatario reafirmó los intereses comunes que unen a Colombia con los dos países y anunció la apertura de una oficina de innovación en Israel. Esta última podría resultar atractiva si no fuera por la inclinación de abrirla en Jerusalén, ciudad reconocida como capital israelí tan solo por Estados Unidos y Guatemala.

Cualquier anuncio de la Casa de Nariño en ese sentido —que se daría con la pronta entrada en vigencia del TLC— es de extrema sensibilidad, ya que se podría interpretar como un aval de las pretensiones de Israel en su conflicto con Palestina, justo en momentos en los que crece la expectativa sobre la implementación del plan de Netanyahu de anexarse un 30 % de Cisjordania. Esto ha sido denunciado como una violación del derecho internacional, una sentencia de muerte para cualquier solución de dos Estados y un alborotador de la inestabilidad en Medio Oriente por la ONU, la Unión Europa y el mundo árabe, entre otros. No menos significativo es que Benny Gantz, quien asumirá como primer ministro israelí en noviembre 2021, también lo ha criticado.

Tanto la coherencia diplomática como la astucia política dictarían que el Gobierno colombiano tomara distancia del controversial proyecto de Netanyahu, que es en buena medida el de Washington. Infortunadamente, en su afán inexplicable por congraciarse con Trump, el presidente Duque parece dispuesto no solo a contrariar la normatividad internacional, sino a alinearse con una posición mundial minoritaria y perdedora.

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