Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Hay temporadas del año que llegan como un mensaje en papelito doblado dentro del bolsillo. La Semana Santa es una de ellas. Yo no sé si a ustedes les pasa, pero cada año siento que llega diferente… como si la vida misma apretara el botón de “pausa” para ver si todavía estamos ahí adentro, debajo del ruido, respirando.
Este año, por ejemplo, me sorprendió caminando rápido —demasiado rápido— entre tareas pendientes, llamadas, chats y cosas que “no podían esperar”. Hasta que un día cualquiera, sin pedir permiso, la vida me frenó.
Yo estaba sentado en una cafetería, mirando el celular mientras llegaba la persona con la cual tenía una reunión de trabajo. Ni recuerdo qué buscaba en el celular. Lo que sí recuerdo es la voz de una señora, en la mesa de al lado, diciéndole a su hijo: —Mijo, ¿usted por qué le tiene tanto miedo al silencio? Esa frase me atravesó como un rayo. Porque, sin querer queriendo, yo también le tengo miedo. A veces prefiero pasar historias de Instagram que enfrentar las mías. A veces pongo a la música de Alexa solo para no escucharme. A veces cambio de tema cuando algo me duele. Y ahí entendí que eso era justamente lo que estaba evitando: detenerme.
La Semana Santa tiene ese poder raro: te pone un espejo sin hacer ruido. No es como otras fiestas que celebran compras, luces o estrenos. Estas fechas te recuerdan lo que pesa, lo que ya no está, lo que se rompió y lo que no salió como querías. Todos tenemos una cruz encima, aunque la llamemos distinto. Y aun así, estas fechas también hablan de algo más: de esperanza y de renacer. De volver a empezar incluso cuando uno cree que ya gastó todas las oportunidades que le quedaban.
Yo no soy teólogo ni predicador, pero hay una escena que siempre me ha parecido cruelmente humana: Jesús lavándole los pies a quien lo iba a traicionar. Eso no es religión; eso es coraje. Eso es amor sin ego. Eso es decidir ser luz donde otros solo pondrían sombra. Y mientras pensaba en eso, entendí que tal vez la vida estaba intentando decirme algo simple: “Bájale velocidad, Indalecio. Todavía hay cosas que puedes ver si te quedas quieto un rato”.
A veces creemos que reflexionar es ponerse solemne, mirar al piso o hablar bajito en las iglesias. Pero no. Reflexionar también es agradecer. Es ver lo que aún florece. Lo que resistió. Lo que sigue ahí, tercamente ahí, aunque el tiempo pase.
Y también es aceptar que renacer no siempre es cambiar de vida: a veces es cambiar de mirada.
Mientras volvía a mi apartamento ese día, me descubrí caminando más lento. No por cansancio, sino por elección. Y pensé: Tal vez la Semana Santa no viene a recordarnos milagros imposibles. Tal vez viene a recordarnos algo más real, más cercano, más nuestro: que después de cualquier noche —por larga que sea— siempre amanece. Y qué nosotros, tú, yo, todos…tenemos derecho, y casi el deber, de intentarlo de nuevo.
Twitter. @indadangond
