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17 Nov 2021 - 5:30 a. m.

Tú y yo estamos locos, Lucas

Mucho se dice sobre los efectos directos e indirectos de la pandemia: la enfermedad, la pérdida de familiares y amigos, el sistema de salud colapsado, la crisis social y económica, el incremento del desempleo y la informalidad laboral, la pérdida de libertades, el aumento del autoritarismo y, en repetidas ocasiones, por lo menos en esta columna, el gran retroceso en materia educativa y los trágicos efectos que tendrá en las condiciones de vida de las generaciones venideras. Sin embargo, poco se discute sobre la grave situación de la salud mental de niños, jóvenes y adultos, una consecuencia no menor, pero que es, incluso en épocas normales, un incomprensible tabú en las sociedades occidentales.

Hace unos días el rector de un colegio privado de alta calidad, cuyos estudiantes se caracterizan por venir de familias de muy buen nivel socioeconómico, dijo que está muy preocupado por la salud mental de sus estudiantes. Mencionó que los niños y las niñas de los primeros grados están irascibles y al menor contacto físico de un compañero o adulto se alteran. Explicó cómo los alumnos de primaria, expuestos “de manera justificada” a la tecnología y conectividad sin restricciones, ahora son adictos no sólo a los aparatos, sino al contenido excesivamente violento y con situaciones sexuales, nada apropiado para su edad y desarrollo emocional. Finalmente, reveló cómo los jóvenes de secundaria y media perdieron su capacidad de relacionamiento presencial y muchos están en una profunda depresión, induciendo a algunos de ellos a considerar el suicidio como la única salida.

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