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“… Eres Atila, eres el mismísimo Adán (…) eres el putas…”

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Isabella Portilla
25 de julio de 2016 - 02:00 a. m.
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Que en un precipitado intento suicida se le tiró a una buseta.

Que en un precipitado intento suicida se le tiró a una buseta. Que murió arremetido por el servicio del transporte público cartagenero. Que no. Que era un aristócrata, de maneras cultas, que pertenecía a la alcurnia costeña y no pudo haber muerto de esa manera porque, de haber sido así, no sería el caballero que lloraba cantando a Serrat. Que lo atropellaron sin culpa, pero gracias a esa muerte se perpetuó como mito en las letras colombianas. Que si no hubiera sido por esa forma de morir y por la memorable carta que Jaime Jaramillo Escobar escribió después del deceso, nadie, pero nadie, sabría quién era Raúl Gómez Jattin. Del “loco fingido”, del perverso de las rimas colombianas se sabe que nació en el 45 en Cartagena. Veinte años después se fue a Bogotá a estudiar derecho a la Universidad Nacional. Pero, como a Gabo, y muchos otros aspirantes a escritores de la época, el intento le resultó fallido. Así que se cansó, renunció y mandó las leyes al carajo. Hizo entonces lo que mejor le vino en gana: se puso a hacer teatro, puro teatro. Que le iba bien con la pantomima. Que bien pudo ser locutor, que ¡vaya vozarrón! Que había nacido para las tablas… En 1972 presentó en el Festival de Manizales su propio montaje: Las nupcias de su excelencia. Entonces la crítica le sobrevino como una avalancha asesina. Y él, que no era humilde ni valiente, sino todo lo contrario, salió huyendo a Córdoba, a Cereté, al río Sinú, a su casa paterna. Allá se escondió a fumar marihuana mientras cantaba versos de Dylan y se hundía en la oscuridad de una homosexualidad aún no revelada… ¿Qué tipo de maldito escucha a Bob Dylan en un pueblo de mamones como Cereté? Se empezó a oír que estaba loco. Que se creía Aristófanes. Que tenía delirios griegos. Que no había cuerpo que se le resistiera, ni cabeza que se lo aguantara. No se sabe el número de hospitales a los que fue a parar, pero en todos le dieron de alta rápidamente porque no lo soportaron: nunca supieron si era un loco de mentiras o de verdad. Lo cierto es que empezó a escribir vorazmente. Les mandaba sus poemas a sus amigos, como un regalo, sin ninguna pretensión. Y sin ninguna pretensión ellos, sus camaradas, terminaron publicándole su primer libro: Poemas, en 1980. Fue crudo con sus rimas: escribió sobre drogas, lujuria, amores entre el niño y su empleada doméstica, desenfreno zoofílico, amores con vacas, con perros, con gallinas… o con burras: “Te quiero burrita / Porque no hablas / ni te quejas / ni pides plata / ni lloras / ni me quitas un lugar en la hamaca / ni te enterneces / ni suspiras cuando me vengo / ni te frunces / ni me agarras…”.

@isobellack

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