Publicidad

Coser y contar

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Irene Vallejo Moreu
15 de marzo de 2026 - 05:00 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

El silencio y el estrépito. Eras solo una niña. Recuerdas a tu madre, después del trabajo, absorta en sus dos mundos cotidianos: los libros y la costura. Con el dedal o la lectura, todo era sigilo. Otras veces, la casa entera temblaba sacudida por ese tableteo entrañable de la máquina de coser o la de escribir. Siempre, el gesto de concentración. Enhebrar el hilo en el ojo de la aguja, fijar los ojos en las hebras de las líneas. Años después, leerías a Carmen Martín Gaite en El cuento de nunca acabar: “Ponerse a contar es como empezar a coser; es ir una puntada detrás de otra, sean vainicas o recuerdos”. Trenzando lana o letras, aquellos gestos paralelos anudaban mundos.

En muchas lenguas, ‘texto’, ‘textura’ y ‘textil’ son palabras que comparten el mismo origen. La metáfora del tejido es constante en la creación verbal: bordamos un discurso, hilvanamos ideas, hilamos palabras, urdimos planes, nos devanamos los sesos, desovillamos enredos, nuestros relatos tienen trama, nudo y desenlace. El nombre de los antiguos bardos de los poemas homéricos –rapsodas– significaba ‘zurcidores de cantos’. En las historias más antiguas de la humanidad encontramos el rastro de remotas tejedoras. La mitología griega cuenta la trágica victoria de Aracne, una mujer que componía maravillosas narraciones sobre las páginas en blanco de la tela. Sus obras eran tan bellas que las ninfas acudían a admirarlas. Orgullosa de su habilidad, desafió a Atenea a un torneo de bordado. La diosa representó en su tapiz a las divinidades olímpicas en toda su majestad; la irreverente Aracne ridiculizó al mismísimo padre Zeus en sus torpes atropellos amorosos: Europa, Dánae y otras. Humillada por el descaro y la pericia de la joven, Atenea juró venganza y Aracne, aterrada, se ahorcó. Entonces la diosa la transformó en una araña que, terca, extrajo de su propio cuerpo un hilo con el que crear delicadísimos encajes. Siglos después, en Las mil y una noches, Sherezade diría: “El mundo es como una tela de araña, detrás de cuya fragilidad está acechándote la nada”.

En las culturas tradicionales, los tejidos albergan significados, recuerdos, símbolos, mensajes: son escrituras. Los incas usaban quipus –cuerdas con flecos de distintos colores y grosor– para conservar leyes o leyendas. Sus libros estaban redactados con nudos y hebras, en un código que recuerda al de los ábacos. En el siglo xvi, los españoles, inquietos ante unos textos que les resultaban incomprensibles, ordenaron que los quipus fueran destruidos. Solo se han salvado algunos cientos, aún hoy enigmáticos e indescifrables. La conquista erradicó ese originalísimo alfabeto de hilo, un idioma de redes, secuencias y vínculos que parece anticiparse al lenguaje de la programación informática. Del mundo precolombino sí sobrevivió el telar de cintura, que relaciona simbólicamente el acto de tejer con el parto. Se ata como un cordón umbilical a un árbol, y el cuerpo que lo sujeta se mece moviendo la lanzadera mediante contracciones rítmicas. El parto, igual que la creación, necesita gestos de costurera: se corta un cordón, se cosen los desgarros de la madre y el ombligo se convierte en nuestro primer nudo. Como soñó Remedios Varo en su pintura mexicana Bordando el manto terrestre, el mundo fue –tal vez– engendrado por mujeres que hablaban y tejían.

Una urdimbre íntima entrelaza tejido, escritura y maternidad. En La flor de mi secreto, de Pedro Almodóvar, la cámara retrata a la protagonista, Leo, a través de la máquina de escribir, y su rostro se adivina tras la celosía de las teclas. Después de un intento de suicidio, la novelista regresa a su pueblo natal para recuperar la salud. Arropada por su madre, su cuerpo frágil se dibuja detrás de un visillo con calados. Poco a poco, siente renacer su alegría y su deseo de escribir, sentada en la solana con las vecinas, escuchando sus anécdotas y cantos, mientras sus manos expertas se afanan en el encaje y resuena el traqueteo musical de los bolillos. La algarabía de ese tapiz de hebras y palabras le devuelve a la vida. En la costura, como en la escritura, no hay que dar puntadas sin hilo.

Irene Vallejo Moreu

Por Irene Vallejo Moreu

Escritora, Dra. en Clásicas. Autora de "El infinito en un junco". Premio Nacional de Ensayo 2020 y Wenjin Award 2023 (National Library China).
Conoce más

Temas recomendados:

 

William Alvarez(41808)Hace 3 horas
Si. Texto, textil y textura derivan de la misma palabra: del latín textus, "tejido", "entramado" o "enlace". Por eso las mujeres, y más si son escritoras, lectoras y costureras, no solo fueron y siguen siendo las que originaron y estructuraron las sociedades humanas, sino quienes hoy día más pueden salvar al planeta y a nuestra especie, máxime que tienen más oxitocina, hormona de la filia y la socialización, que los hombres (portadores de más testosterona, hormona de la agresividad).
Mar(60274)Hace 5 horas
Mientras lo femenino construye, la violencia destruye.
Mar(60274)Hace 5 horas
Mujeres valientes y pensantes que son las q realmente cargan el mundo y son las q logran q re mundo siga girando. Con los pies puestos en la tierra, mientras los hombres creen que violencia significa superiotidad.
David Valencia Cuellar(0vhxw)Hace 5 horas
Que bello uso del lenguaje con tanta profundidad...
Atenas (06773)Hace 6 horas
Irene, excelente tú con tan encantadores artículos y descrestante manejo del idioma. Y saber q’ aquí en EE hay un tipo q’ se las da de humanista y envidioso es y quien osó cuestionar a esta eximia pluma así reconocida en el mundo de la literatura. Cierto es q’ “ …..no hay q’ dar puntadas sin hilo” sino también con dedal. Atenas
  • Gines de Pasamonte(86371)Hace 3 horas
    Jajajajajaja, atenitas y sus comas vocativas, es por lo único que hace fiestas pues mis argumentos están fuera de su alcance. ¡Qué pesar! ¡Das lástima abuelito(a)! Te repito, toca la campana..., ya sabes.
  • Atenas (06773)Hace 3 horas
    Sé q’, inevitable/, el tonto de Quico me da papaya- a diario anda tras de mí, ojalá q’ algo me aprendiera- y eso le pasa por güe…vetas, pues cómo no se da cuenta de q’ es un tipejo sin ideas propias y de horrendo conocimiento de las lides idiomáticas, y por más q’ le dé garrote no aprende definitiva/. O, si no, qué es eso de “Noo atenitas…”, de nuevo se traga entera la necesaria coma, o quizá, y como no entiende q’ es perentorio usar comas, ¿él mejor opta por comérselas? Atenas.
  • Gines de Pasamonte(86371)Hace 4 horas
    Nooo atenitas, tus lugares comunes de siempre. ¿Hasta cuándo? A toda hora poniendo quejitas como si a la periodista le importaran un higo. ¿Comprendes las razones por las que no te acepté como mi lacayo, mi escudero? Tu torpeza es proverbial, anciano(a). Ahhh…, toca la campana, de nuevo poposiada en el geriátrico bogotano donde vegetas. ¡Lo siento, pero es la verdad! ¡Lo sabes!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.