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El caballo de Putin

Iván Mejía Álvarez

06 de julio de 2018 - 09:10 p. m.

La historia no miente y es contundente. Los países que oficiaron de locales desde 1958 han llegado a las finales cada 20 años. Suecia en su mundial del 58 enfrentó y perdió con Brasil. En 1978, Argentina ganó en su casa y en 1998 el vencedor fue Francia. Veinte años después, para cumplir con la curiosa coincidencia, Rusia aspira a llegar al estadio Luzhniki, el próximo 15, en su decimaprimera participación en una fase final de la Copa Mundo.

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Hace un mes nadie daba un rublo por la actuación del equipo local en la Copa Mundo. Sus presentaciones previas al evento habían sido descafeinadas, indolentes, con magro fútbol y peores resultados. Sobre el papel, a los rusos no se les daba ni chance para llegar a octavos pues por encima suyo estaban Uruguay y Egipto. Desinflado el equipo de los faraones, víctima de la caída de su ídolo Salah, por cuenta del Carnicero de Camas, Rusia asumió su rol y enfiló directamente a la segunda fase, donde en un juego definido por la vía de los tiros desde el punto penal, envió a España a su casa.

El comandante Stanislav Cherchesov, de 54 años, técnico de la tropa local, logró armonizar un equipo que tiene un principio claro: defenderse a ultranza. No importan los métodos, el objetivo de llegar a la final se viene cumpliendo para deleite de este pueblo simpático y gentil que ha albergado una gran Copa Mundo, con la generosidad del buen anfitrión. Quien dijo que los rusos eran fríos no vio las calles inundadas de ciudadanos celebrando la calificación a cuartos tras apear a España.

Cherchesov logró lo que ilustres antecesores en el puesto, como Guus Hiddink y Fabio Capello, no habían conseguido: darle unidad al fútbol ruso y convertir esa maquinaria defensiva en una escuadra que maneja transiciones defensa-ataque y consigue goles. Los ocho que le encajó a Egipto y Arabia invitaron a seguir un poco más de cerca al local que, con pocas variaciones en su línea titular, ha ido escalando en la meta de llegar al Luzhniki.

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Las manos de Akinfeev son seguras y su intuición en los tiros desde el punto penal es innegable. El fondo, con el brasilero Fernandes, la pareja central de Ignashevich y Kutepov, resulta durísimo en el bloque rechazador, mientras que el veterano Zhirkov quiere evocar las épocas en las que brillaba por la banda izquierda en el Chelsea de Mou. Para completar el bloque de contención, los volantes Gazinsky, Golovin y Zobnin resultan jornaleros aplicados a la destrucción, con poca lucidez ofensiva, la que queda en manos de Cherchesov y Smolov.

Rusia aspira hoy a seguir cumpliendo la tradición que indica que el caballo del dueño del hipódromo llega a la final cada 20 años.

Y no olviden que el dueño de este hipódromo se llama Vladimir Putin.

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