La Copa Confederaciones es un negocio que se inventó la multinacional Fifa con el objetivo primario de evitar que la denominada “Copa Artemio Franchi” que disputaban los campeones de la Euro y la Copa América siguiera llenando los bolsillos de la Uefa y la Conmebol y no le tocara nada a la entidad rectora del fútbol mundial. Decidieron entonces convocar a los campeones continentales y armar un torneo para elegir la mejor selección del mundo.
Algo parecido a lo que hicieron con la Copa Intercontinental, que durante años enfrentó a campeones de la Champions con ganadores de la Libertadores. Ahora se llama Mundial de Clubes y están invitados unos equipos ‘chichipatos’ y los grandes de Europa y América del Sur. El negocio es para la Fifa y con eso le quitaron billete a sus confederaciones.
El saldo es pobre en lo futbolístico. Un Brasil que jugó bien dos partidos y dejó la semblanza que ya se le conoce en la eliminatoria de jugar cuando le da la gana, dependiendo del adversario, un equipo con una estética diferente a la habitual del “melhor futebol do mundo”, un equipo troquelado bajo el prisma de Dunga, defensivo y especulador, que depende del talento de Kaká y Robinho. Los demás, obreros a trabajar. España decepcionó por la eliminación a manos de E.U. Ha cambiado un poco el libreto, quiere jugar más en largo y con más velocidad, perdiendo un poco la esencia del “Tiki-taka” que montó Aragonés. Le hizo mucha falta Iniesta y el día de la caída ante los estadounidenses perdieron demasiados goles y se fueron pensando que regalaron la posibilidad de pasar a la historia con un récord de invictos. Pero, tiene una identidad, un estilo y grandes jugadores que en el Mundial serán tremendos protagonistas.
En lo organizativo la Copa Confederaciones planteó demasiados interrogantes de cara a lo que será el Mundial dentro de un año. Malas comunicaciones, señales televisivas pobres, estadios con peladeros y en mal estado, tribunas semivacías al principio y después plenas porque regalaron boletas, distancias enormes entre las sedes y una inseguridad alarmante en las calles y carreteras.
La Fifa quiere congraciarse permanentemente con todas sus asociaciones y piensa en darle “contentillo” a todos los continentes. Blatter ha calificado políticamente la organización con un 8 sobre 10. Es su estilo, quedar bien con todos, pero en el fondo la Fifa sabe bien que a la organización del próximo Mundial le faltan varios hervores y muchos dolores de cabeza.