Costas extrañas

‘En agosto nos vemos’: el libro de García Márquez que no debería ser publicado

J. D. Torres Duarte
06 de septiembre de 2023 - 02:05 a. m.
"Hay que recordar que el mecanuscrito original de Cien años de soledad con sus correcciones a tinta terminó en piltrafas en la basura para, según García Márquez, resguardar todos los trucos de su “carpintería secreta”. Para un escritor cuyo arte tenía el valor de un secreto fundamental, exponer ante el mundo un trabajo a medias significa, al menos, una traición. ¿Y en nombre de qué?" - J. D. Torres Duarte.
"Hay que recordar que el mecanuscrito original de Cien años de soledad con sus correcciones a tinta terminó en piltrafas en la basura para, según García Márquez, resguardar todos los trucos de su “carpintería secreta”. Para un escritor cuyo arte tenía el valor de un secreto fundamental, exponer ante el mundo un trabajo a medias significa, al menos, una traición. ¿Y en nombre de qué?" - J. D. Torres Duarte.
Foto: AFP - ALEJANDRA VEGA

Cuando un escritor se muere, hay varias formas de administrar su obra, según el tamaño de la ambición de los herederos: una es someter cualquier uso y edición a una vigilancia castrense, como demostró el dueño de los derechos de James Joyce, su nieto, Stephen, que llegó al extremo de prohibir cualquier cita del Ulises en trabajos académicos; otra es seguir publicando sus textos mientras se hacen adiciones menores al canon, como los casos de Italo Calvino, Samuel Beckett y Clarice Lispector, o ninguna, como serán probablemente los casos de Milan Kundera y Cormac McCarthy; otra más es rastrear cuanto papel, cuartilla y servilleta hubiera dejado inéditos en la mesa de trabajo, sobre el mesón del florero y en la funda de la almohada, y darlos a la imprenta en dosis, para que cada tres o cinco años la popularidad del escritor se reverdezca con un baño de titulares en la prensa y en la televisión, como son los casos de Cortázar (que casi ha publicado más muerto que vivo), de Camus (con sus doscientos tomos de carnets y sus novelas huérfanas) y de Bolaño (cuya obra póstuma es tan abundante que es hora de sospechar que sus herederos contrataron a algún escritor fantasma, arrumado con su oscuro cigarrillo en un altillo en Barcelona, para fabricar inéditos). Falta ver a qué grupo corresponderá García Márquez, que el próximo año se inaugurará como escritor de ultratumba con un borrador de novela, ‘En agosto nos vemos’, que sus hijos optaron por publicar, sospecho, porque a casi diez años de su muerte nadie se acuerda de quién era su papá y tienen que refrescarnos la memoria con un texto sin acabados cuya publicación nunca fue autorizada por el principal implicado.

No es posible pedirles permiso a los muertos, pero García Márquez dejó dicho una y otra vez, en entrevistas y en columnas de prensa, en medio y sobre el final de su vida, que su rigor de escritor era tan grande que detestaba entregar a la imprenta un texto inmaduro y desvaído que no había pasado por las etapas primordiales de meditación, asentamiento, ajuste, contrajuste y ultrajuste (Cien años de soledad tuvo una concepción de casi 20 años). Su error fue haberse confiado al juicio filial y haber guardado el mecanuscrito en algún cajón, expuesto al polvo de cierta esperanza que nunca cuajó, en vez de haberlo despedazado. Pero su error de escritor clemente podría haberse subsanado si sus hijos le hubieran prestado más atención a la voz terrenal de su papá y menos a las voces etéreas de la mala ambición.

En una columna de enero de 1984 en El País, García Márquez había de recordar aquella noche remota de 1955, en la víspera de su viaje a Europa, en que el poeta Jorge Gaitán Durán fue a despedirlo en su cuarto de soltero en Bogotá. Durante su visita, Gaitán, empeñado en publicar algún texto de García Márquez, extrajo de la basura unas páginas rotas, las recompuso, las leyó, determinó que había en ellas un buen cuento y lo convenció de publicarlo en la revista Mito. Treinta años después, García Márquez confesaba que ese episodio, en vez de alentarlo a buscar material publicable entre su montaña de sobras, le había enseñado que debía romper bien rotos y quemar bien quemados los papeles que ya no complacían ni a su corazón ni a su criterio antes de que cualquier forastero viniera a rapárselos. En las notas al texto de la edición conmemorativa de Cien años de soledad, aparece esta declaración de García Márquez: “Soy esclavo de un rigor perfeccionista; hasta un error de mecanografía me altera como un error de creación”. Tal rigor lo condujo incluso a enmendar cuestiones de estilo y tono en El amor en los tiempos del cólera (1985) después de que había sido publicada, como se puede observar en su ejemplar personal, que hace parte del gran archivo que compró el Harry Ramson Center a su familia en 2014. Y en Vivir para contarla (2002), García Márquez insiste en su desprecio por los trabajos a media bandera al recordar este consejo de Ramón Vinyes, el sabio catalán, que él siguió “para siempre al pie de la letra”: “No muestre nunca a nadie el borrador de algo que esté escribiendo”. Y ahora sus hijos no se lo van a mostrar a nadie, sino a todo el mundo.

Sin embargo, la razón más elemental para que sus herederos hubieran abandonado el mecanuscrito en la gaveta es también la más diáfana: el autor estaba tan inseguro sobre el conjunto del texto que no lo publicó él mismo cuando nada ni nadie se lo impedían. Ningún editor en su buen juicio lo habría rechazado; ninguna editorial le habría negado la imprenta. De modo que se trataba más bien de un dilema íntimo de su oído de armonista, de su intuición de narrador, que sus hijos resolvieron con un plumazo de mercader. Siempre se pueden encontrar palabras más o menos sentimentales y más o menos genéricas para justificar una publicación póstuma, como las de sus hijos: que fue una obra escrita “contra viento y marea”, que se descubrieron en ella “muchísimos y muy disfrutables méritos”, que contiene “la narrativa cautivadora” que es habitual en García Márquez. Se puede decir, como dijo el editor Claudio López Lamadrid, tratando de explicar que sí pero no pero tal vez pero qué carajos, que la novela “estaba al punto de cierre, pero no la terminó por eso, por lo perfeccionista que era. Le costaba concluirla y no quería que se publicara de momento”. Se puede llamar, como se lo llamó en los comunicados de prensa, novela a ese borrador de novela, como forma de consuelo y de buena mercadotecnia. Pero el hecho es que García Márquez nunca consiguió una versión definitiva (¿cómo harán, por cierto, para componer el libro final si hay diez versiones?), y que por más que ‘En agosto nos vemos’ conserve y prolongue su “capacidad de invención” y “la poesía del lenguaje” (no le cabía otro cliché al comunicado de sus hijos, y eso que apenas tiene un párrafo), su autor nunca se sintió a gusto con su forma, y su publicación podría significar, en vez de una adición magnífica a su canon, un apéndice flojo a su reputación. Ya fue suficiente con Memoria de mis putas tristes, otro libro regular que García Márquez sí decidió publicar. Un autor tiene derecho a elegir incluso con qué libros quiere comenzar su ocaso.

Se podría replicar que las publicaciones póstumas también salvan del olvido a grandes obras literarias. Pero García Márquez no es Kafka, ni Pessoa, ni Cavafis, ni Dickinson, cuyas mejores obras estaban guardadas, ni dejar inédita ‘En agosto nos vemos’ implicaría una pérdida enorme para su nombre como sí habría ocurrido con cualquiera de aquellos escritores si sus papeles nunca hubieran visto la luz de la imprenta. García Márquez no necesita ningún impulso de la máquina editorial ni ninguna reanimación de la fe lectora, que es la razón de fondo por la que sus herederos publicarán este borrador de novela a diez años exactos de su muerte y no, digamos por decir como se publica por publicar, a cinco o a siete: porque, para renovar el contrato de su inmortalidad, es necesario refregarlo con su baño de titulares y su espumarajo de reseñas complacientes. La obra de García Márquez se mueve sola por las cuatro esquinas del mundo, sin la piedad de su editor ni de sus herederos, por encima de cualquier artificio de publicidad. No hay una biblioteca en el universo de la imprenta donde no exista uno de sus libros y donde no se lo lea. ‘En agosto nos vemos’ está bien donde estaba, al amparo de los académicos más grises del continente en el archivo del Harry Ramson Center en Texas, donde tarde o temprano, en medio de los incendios del fin del mundo, cumplirá la ilusión de su autor de ser devorado por las llamas.

Se podría replicar también que García Márquez leyó un fragmento de la novela en 1999 y publicó otro en The New Yorker, y que ambos actos pueden tomarse por un consentimiento. ¿Cómo iba a exponer al público, en su voz de caribe y en las páginas de una revista de tan buena reputación, una novela con la que se sentía insatisfecho? Pero no es adecuado tomar el fragmento por el todo: es posible que, como solía proceder, García Márquez hubiera terminado uno o dos capítulos que en la secuencia parecían ajustados y más o menos definitivos, lo que no implica que el resto de la novela, que mantuvo en secreto y a buen resguardo, le haya inspirado la misma confianza. Ni sus hijos ni sus editores dan testimonio de un consentimiento rotundo a la publicación. ¿Por qué, entonces, se toman atribuciones ajenas? Tener los derechos no es tener el derecho. Publicar ‘En agosto nos vemos’ es un falta de tacto y una muestra de mala administración.

Se podría replicar, por último, que la obra, por venir de quien viene, contiene un enorme interés para comprender la curva estética del autor, el cierre de su mundo poético, algún pretexto así. En ese caso, nada mejor que conservarla en el archivo del Harry Ramson Center, donde los académicos interesados del primer mundo podrán abrirla, destriparla e imponer su taxonomía, recordando siempre que se trata apenas de unos fragmentos sin lima, en vez de contrabandeársela con valor de libro terminado y pulido a un mar de lectores que, en últimas y en contra de los pronósticos de los editores y los herederos, podrían espantarse y empantanarse al leer historias inacabadas y sin vigor. Pero parece que no basta con reeditar la obra de García Márquez (como se ha hecho en los últimos años en Random House, incluyendo nuevas antologías de ficción, crónicas y discursos) para atraer a un nuevo público y resaltar su nombre. No, no basta: hay que exprimir el archivo de los balbuceos, aunque el archivo induzca a una imagen que no se corresponde en nada con las ambiciones, el oficio y la seriedad del escritor. ‘En agosto nos vemos’ es a lo sumo una versión y un embrión y su publicación revela a García Márquez donde siempre se empeñó por esconderse: desnudo sobre la máquina de escribir, con su reguero de herramientas por el suelo. Hay que recordar que el mecanuscrito original de Cien años de soledad con sus correcciones a tinta terminó en piltrafas en la basura para, según García Márquez, resguardar todos los trucos de su “carpintería secreta”. Para un escritor cuyo arte tenía el valor de un secreto fundamental, exponer ante el mundo un trabajo a medias significa, al menos, una traición. ¿Y en nombre de qué?

El único bien de un escritor es su obra, y hasta sus hijos se la esquilman.

Mi correo: juandtorresd@gmail.com

 

Daniel(64744)27 de septiembre de 2023 - 04:30 p. m.
Muy buen escrito.
Fdem(78835)21 de septiembre de 2023 - 04:32 p. m.
Una pregunta elemental surge a partir de esta discusión. ¿Y porqué no dejar que los ávidos lectores nos hagamos nuestro propio juicio sobre la pertinencia o no pertinencia de la publicación? Que los hijos quieran lucrarse es secundario. ¿Porqué privarnos de la aventura de su lectura? No necesitamos que doctos académicos que no han escrito ni una letra de literatura nos digan si vale la pena o no leer este escrito garciamarquiano. El placer de leer lo vale.
cesarc655(66636)17 de septiembre de 2023 - 07:50 p. m.
Me parece la opinión de María Fernanda Cabal que lo mandó para el infierno, entiendo que para usted no tiene la altura de otros clásicos de la literatura.
Nautilus(os9iw)17 de septiembre de 2023 - 07:24 p. m.
Gabi dejó muy claro y preciso, sus intenciones, el libro debería estar en donde estar y quien quiera saber más de en "Agosto nos vemos", que gestione el permiso y que lo lea en la privacidad de ese recinto.
ROBERTO(91631)17 de septiembre de 2023 - 12:32 a. m.
El amor... el amor al billete.
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