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20 Oct 2021 - 5:00 a. m.

Notas sobre un tirano en decadencia

Costas extrañas

En la clasificación académica de los trabajos de Shakespeare, El rey Lear, compuesta e interpretada en los primeros años del siglo XVII, ocupa un puesto de honor en las tragedias junto a Hamlet y Otelo. Pero la clasificación es acartonada, o al menos pobre, puesto que en los extremos de la desventura retumba una risa gorda y negra: cuando Lear, que alimentaba un ímpetu de rey prepotente e histérico sobre su trono de hierro, emerge en la intemperie bajo una falsa corona de flores, en harapos, sin guardias ni escolta, desvariando sobre los asuntos del mundo y los del cielo, no hay otra opción que reírse. Toda orilla trágica guarda una potencia cómica: Kafka lo prueba en La metamorfosis.

En esa ambigüedad dramática de El rey Lear ocurren muchas cosas, bastantes cosas, casi todas: la degradación del poder, la porosidad del lazo paterno, la deslealtad absoluta, la lealtad absoluta, el aborrecimiento público, el amor oculto, la venganza, la redención. Pocas cosas caben en la cara de la tierra. Todas, incluidas las del largo universo oscuro, en las ciento y tanto páginas de El rey Lear. Quisiera hablar en bloques sobre algunas de ellas. Incluyo partes de la trama de la pieza. Si no la han leído o visto en el teatro, sigan bajo su propio riesgo.

Cada quien con su disfraz

Cuando debe huir del castillo de su padre, el Conde Gloucester, por una falsa acusación, Edgar toma el aspecto de un vagabundo para pasar inadvertido. “Con ostensible desnudez he de afrontar los vientos y las persecuciones de los cielos”, dice (todas las traducciones son del Instituto Cervantes). Kent, el sirviente que Lear vetó de su castillo bajo pena de muerte, también se disfraza y se presenta de nuevo ante el rey para ofrecer sus servicios.

Se trata en estos casos de disfraces literales pero todos en la obra ostentan uno más o menos literal. Lear, aunque ya no es rey, pretende gobernar como uno (luego se convierte en mendigo y en loco); el bastardo Edmund se muestra como un hijo ejemplar mientras usurpa el título de su padre, Gloucester, y como un hermano noble mientras engaña a Edgar; el Duque de Cornwall ejerce en un punto como el padre de Edmund; Goneril y Regan, las hijas de Lear, profesan un amor infinito por su padre con la boca mientras con la mano desvalijan sus poderes; Edgar ocupa el extraño puesto de filósofo privado de Lear; el bufón se declara rey y declara bufón al rey. Ninguna identidad se sostiene: todo es un juego de máscaras. Y es una gran noticia: toda la tensión argumental ocurre, de hecho, gracias a la movilidad de las identidades.

Podría, con el feliz temor de que no sea un paradigma científico sino un vulgar aparato teatral, formularse una Ley shakesperiana del drama: la profundidad de la tragedia es proporcional al quiebre de la identidad. Dice Edgar al enfrentarse a su hermano: “Sabed, mi nombre está perdido, mordido por gusanos, roído por el diente de la traición”.

Castigo y redención

A mitad de la pieza parece que quienes urden planes contra Lear y Gloucester, dos eminentes viejos lujuriosos, han prosperado: Edmund le ha rapado el título nobiliario a su padre y las tierras a su hermano; Regan y Goneril se han apoderado del reino de Lear; Gloucester está sin techo y sin ojos (con sus cuencas vacías como “anillos sangrantes”); y Lear vaga de lado a lado en el delirio (su situación es bastante patética: la respuesta más fuerte de Lear, en su franco declive de hombre fuerte, es formular un juicio imaginario contra sus hijas, con un bufón y un vagabundo por todo jurado). El sufrimiento es de quienes están ahora en el punto más bajo de la pirámide.

Luego los aparentes ganadores comienzan a sufrir. Edmund es descubierto, derrotado por su hermano en un duelo y capturado mientras Goneril y Regan, en su obsesión por casarse con Edmund, se dan dentelladas: los planes secretos de una hacen mella en la psique y el comportamiento de la otra.

Pero al final, aunque todos sufren, no todos merecen una redención de ese sufrimiento.

Tras un peregrinaje con cierto tono bíblico, atravesado por el deseo de muerte y la locura, Gloucester y Lear llegan a una muerte pacífica y satisfecha junto a sus hijos más queridos y leales. Mueren, sí, pero su muerte los eleva. En cambio, a pesar de que intenta enmendar sus errores a última hora, de cortar camino hacia la redención, Edmund muere y ni siquiera se mencionan las circunstancias de su muerte. De hecho, el anuncio de su fallecimiento (quizás por suicidio, pero hay más oscuridad que luz) ocupa sólo una línea, como si no mereciera más aire verbal. Goneril envenena a Regan, que se va desmoronando durante la escena, y luego se suicida con un cuchillo: son muertes horrorosas, asfixiantes, dolorosas.

Sus muertes no los elevan: los castigan, los reducen a un polvo despreciable. Sus muertes no son una suma de la experiencia: son la consecuencia natural del complot.

La razón acompaña a los sirvientes

Kent intenta detener a Lear cuando, al comienzo de la pieza, expulsa a Cordelia del reino. Más adelante, cuando Cornwall está extrayendo con sus manos los ojos de Gloucester, uno de sus sirvientes se le enfrenta con una espada para hacerlo entrar en razón. Oswald, sirviente de Goneril, mantiene a distancia las ambiciones indómitas de Regan. Es una constante: los sirvientes conservan el buen juicio mientras los poderosos se lanzan en misiones de insensatez. Las figuras más bajas en la escala real son las que sostienen (y también, claro, las que podrían reformar o destruir) los muros del reino. Es muy diciente que Edgar, un descastado a pesar de su condición de nobleza, empujado a una vida de hambre en el punto más bajo de la sociedad, termine a cargo del reino.

Lear: de la tiranía a la renuncia

En el primer acto, Lear reparte sus dominios con voz de trueno amargo, halaga a Regan y Goneril, condena y expulsa a Cordelia. Luego, aunque ya no es rey, continúa actuando con despotismo: sus hombres arman camorra a donde van y él los alienta. Poco a poco enloquece: aparecen entonces su falsa corona de flores y sus disquisiciones disparejas sobre el adulterio y la adulación (cercanas en tono a las de Lucky en Esperando a Godot). Sobre el final, despierta de su locura, ruega por el afecto de Cordelia y se arrepiente de sus actos.

Pasa de rey inquebrantable a peregrino iluminado. Uno de sus últimos soliloquios es una desnuda confesión de su puesto en el mundo: “Soy un anciano, necio y ya senil, los ochenta cumplidos, ni hora más ni hora menos; y, para ser sincero, me temo que no tengo todos mis sentidos en su lugar”. Y también dice: “Me encuentro muy confuso. Me moriría de piedad al ver a otro en este estado. Y no sé qué decir. No juraría que mis manos son estas”. Se ha vuelto vulnerable de cabeza a pies: el rey duro y arrogante tiene la carne abierta. Ser vulnerable es dejarse penetrar: es una forma del conocimiento y de la elevación. Sólo así consigue una tierna muerte.

CODA

Entre el resentimiento mal disfrazado de valoración literaria de Jaime Jaramillo Escobar por Pablo Montoya, y la sutil queja racista de Jorge Carrión de que el Nobel de Literatura de este año, Abdulrazak Gurnah, no es tan auténticamente africano como debería (porque al parecer escribir en inglés ya lo hace demasiado europeo, demasiado blanco), se puede concluir que a esos críticos literarios les importa todo menos la literatura. Como remedio, les dejo dos enlaces que permiten apreciar la obra de esos dos escritores. Aquí encuentran casi todo el trabajo poético de Jaime Jaramillo Escobar (Montoya también podría repasarlo: de vez en cuando no hace mal valorar a un escritor por lo que escribe) y aquí pueden leer dos escritos de Gurnah: un fragmento de Desertion y uno de sus cuentos, Cages.

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