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Hace dos semanas se casó mi hija. Fuimos a almorzar unos días antes con ella y con su hermana (tiene otros dos hermanos), yo les guardé a todos ellos dos cosas: lo que me traían del colegio cuando eran pequeños, dibujos, tareas, cuadernos, premios y esas cosas, además de una tarjeta de memoria que contiene fotos de ella, los hermanos, amigas y amigos. La idea era entregárselos a medida que se fueran casando. Debo decir que las sensaciones que se sienten con un acontecimiento de estos son de alegría y nostalgia al mismo tiempo.
Las sensaciones son en su mayoría de alegría, al ver que se casa con un gran y buen muchacho, el cual tiene una bonita familia. Los novios tienen iguales valores personales y espirituales, les gusta hacer lo mismo en su tiempo libre, muy importante para que la relación dure y evolucione adecuadamente. Los valores son bien importantes ya que determinan el actuar de las personas en su día a día y eso también hace que el matrimonio se mantenga firme y sobre todo progrese; en éste caso comparten los valores afortunadamente. Otro sentimiento es de nostalgia, pues uno deja de ser la persona más importante y ese lugar lo ocupa alguien más. El sentimiento de vejez está presente, pues cuando se casa un(a) hija(o) quiere decir que ya no se tienen 20 años y esa sensación es dura, pues aun cuando así es el ciclo normal de la vida, no es fácil asimilarlo. Otro sentimiento que aflora es el miedo, pues uno espera que todo les salga correctamente, ya que pueden pasar tantos eventos negativos y que uno como padre piensa les pueden suceder. Pero creo que es más sano no pensar en esas cosas.
Apenas vio las fotos en un computador de la hermana, se reconoció de bebé, el primer día en el kínder, las vacaciones y el día a día normal de una niña que va creciendo, es decir pudo ver su evolución. La fiesta de quince años fue la que más le emocionó, ver imágenes de sus amigas mucho más pequeñas, ver cómo habían crecido y ella también por supuesto. Lo otro que le di y que me emocionó mucho fueron todas las cosas que me traía cuando era una niña, pues todo era para el papá y fue muy emocionante poder entregarle cuadernos, dibujos, tareas, premios, en fin de todo. Después cuando fue creciendo me dejó de llevar cosas, eso no me puso nada triste, así es la vida y punto.
Después del evento vino la reflexión y se piensan muchas cosas: ¿he sido un buen papá? ¿Qué tanto he compartido con ellos? ¿En qué habría podido ser mejor? En fin, tantas cosas que se cruzan por la cabeza y sobre las cuales uno no quiere oír que se equivocó. La memoria se encarga de borrar los eventos en los cuales uno falló para vivir más tranquilo. Creo que lo más importante es saber que su papá está vivo y si enfrentan una situación pueden avisar, con la experiencia que da la vida se les pueden dar consejos y ayudar a que vivan mejor. Es verdad eso de que uno aprende tropezándose en la vida, no con las experiencias ajenas de los otros, pero un papá siempre buscará compartir experiencias con sus hijos y buscar hacerles el recorrido más fácil.
Doy gracias por haber podido casarla bien, me quedan tres hijos por casar y espero también poder presenciar esos eventos. La vida es corta y ver que se vuelven personas independientes da alegría; en este momento mi hija se va, pero más adelante volverá, estoy seguro. Se claramente que este artículo es bastante personal, pero también creo debía escribirlo. Si existen cursos de todo, ¿por qué no existe un curso para ser mejor papá?
