Continúo refiriéndome a Yeni y Caché como protagonistas de aquellas convivencias pacíficas del Chocó a las cuales los grupos armados comenzaron a arrasar en 1990.
Hoy Caché trabaja en Berlín. Lo contrató una empresa de inteligencia artificial a la cual apoyan futbolistas negros. Buscan perfeccionar sus jugadas y de esa manera contrarrestar el racismo ejercido contra ellos. Caché ganó fama porque aprendió a leer la emotividad de los contrincantes y usarla en su contra. Su nuevo trabajo consiste en analizar videos de los equipos rivales y aclarar el sentido de gestos, muecas y posición de los hombros: los caídos son seña de frustración; levantados de éxito y los muy alzados, exceso de confianza. Estudia gritos, amenazas de palabra o de ademán; penetración de miradas que contraen y arrugan la frente. Coteja esa información con detalles que tan sólo revelan las cámaras de alta resolución: pupilas dilatadas o párpados cerrados, hasta producir perfiles de fortalezas y debilidades. Entre más engreídos, más inseguros. La iracundia esconde debilidad; la arrogancia, inseguridad; la tranquilidad, una confianza difícil de derrotar.
¿Cómo es que Caché logró pasar de niño aterrado en las selvas de Boca de Pepé a pedagogo deportivo?
Sumergido en los recuerdos de sus papás desaparecidos en Urabá, Caché había llegado casi mudo al puerto sobre la desembocadura del río Pepé al río Baudó. Su abuela Fidelina le hacía chocolate con mazorcas recién cogidas de los árboles del patio (2), queso frito y patacones, pero al niño ni por esas se le abría el apetito. Fue Yeni quien comenzó a sacarlo de su ensimismamiento, sin insistirle en que hablara o comiera. Vivía a dos casas de la de Caché. Era hija de Tomás, cultivador de plátano y Yoli, quien —preñada de seis meses— se subía con Yerson de seis años a la colina dónde estaba la caseta telefónica. Atendía llamadas hasta las cinco, cuando regresaba a casa y encontraba que Yeni tenía adelantada la comida.
Después de clase, en vez de insistirle que hablara, la niña se llevaba a Caché en su canoíta y le mostraba pericos (3), guaguas (4) y catanicas (5). Una mañana decidió pedirle al capitán del equipo de fútbol de menores que invitara a Caché. En un cuarto de la escuela había camisetas del Nacional, Medellín, América, Junior, Santafé, y Millos.
—Escogé la tuya—, le había dicho el profe.
Sorprendido, Caché había reaccionado con la primera frase completa desde su llegada:
—¿Cuál es la camiseta de nuestro equipo?
—Aquí cada jugador escoge los colores de su cuadro predilecto—, le respondió el profe.
—¿Y cómo pueden jugar así?—, preguntó el niño. Recibió un “Jugá y verás”.
En la cancha aparecieron doce uniformes distintos.
—¿Y cómo va a hacer el árbitro?—, exclamó Caché
—Se fija bien—, dijo el capitán.
Para Caché, la confusión era total: dos camisetas de Nacional driblaban a un contrario con la misma vestimenta y uno del América, le hacía un pase a uno con la del Junior, quien esquivaba a un contrario que también lucía las mismas rayas rojas y blancas.
Hacia la mitad del primer tiempo, en segundos, un nubarrón espeso tapó el sol radiante. Se desgajó uno de esos aguaceros torrenciales tan comunes en las selvas del Pacífico. Lo acompañaba una tronamenta que no detuvo el encuentro. La lluvia formaba una cortina detrás de la cual quedaron veintidós rivales vestidos con el mismo uniforme de barros negros y grises. Aun así, el árbitro pitaba tiros de esquina y goles. Caché, comenzó a entender que en el fútbol baudoseño no solo había que grabarse las facciones y cuerpos de propios y contrarios, sino concentrarse en el sentido de sus movimientos.
De ahí en adelante, desde la portería, se dedicó a descifrar si el delantero que venía tenía cara de ofuscación o de certeza. Reparó en los gestos de miedo o seguridad. Aprendió que ciertas sonrisitas de satisfacción podían ser derrotadas con miradas firmes y que, si ese rasgo era evidente en un contrario, urgía hacer las señas que convocaran una respuesta de grupo. A los seis meses no dudaba de la estrategia que se le había aclarado: predecir, anticiparse, alistarse, planear a partir de las emociones que afloran con gestos, muecas y miradas. Lo sacaron del área para que ayudara en los entrenamientos. Como pedagogo de la gestualidad, llegaría a ser técnico de equipos en Quibdó, Bogotá y Berlín.
Nota: “Mi propia moralidad, mi propia mente” fue la respuesta que el presidente Trump le dio a la periodista Katie Rogers el pasado 7 de enero. Ella le había preguntado “¿Qué limita su poder en el escenario internacional?”. Al comentar la entrevista con otros tres periodistas del New York Times, “fascinante” fue un calificativo frecuente. No apelaron a “aterrador” u “horripilante” a propósito de un mañana al cual lo guiará una moral tan degradada que normalizó la agresión militar contra Venezuela sin consultar con el legislativo norteamericano ni con las Naciones Unidas. “Fascinante”, ¿será el adjetivo que marca el inicio de la reconciliación entre el Puto Amo y los medios liberales?
(1) Jaime Arocha es doctor en antropología cultural y miembro fundador del Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional.
(2) Junto con las zoteas o plataformas para el cultivo de aliños y plantas medicinales, por detrás de las cocinas, los patios son ámbitos de la agricultura femenina.
(3) Nombre que le dan a los osos perezosos.
(4) Grandes roedores de orilla, parecidos a los chigüiros.
(5) Periquitos que por centenares llegan al pueblo por las tardes.