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Careya, la tortuga en riesgo

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Jaime Arocha
06 de mayo de 2026 - 05:00 a. m.
“Alcanzó a ver que su coraza tenía bellísimas placas (...) de modo que no le cupo duda: era una carey en peligro de extinción”: Jaime Arocha
“Alcanzó a ver que su coraza tenía bellísimas placas (...) de modo que no le cupo duda: era una carey en peligro de extinción”: Jaime Arocha
Foto: Matty Smith - Matty Smith
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En la Boca, el paisa Luciano era muy apreciado. Cada viernes, la gente esperaba oír el motor de su canoa a medida que surcaba las aguas del río Pepé hacia la desembocadura en el Baudó, y aquel seis de septiembre sí que todo el mundo estaba expectante. El ocho sería la fiesta de la virgen de la Pobreza y no había quien no hubiera encargado telas, hilos, tenis, e interiores para estrenar y salir a la procesión bien elegante. Niñas y niños corrían hacia el embarcadero a ver con qué sorpresas se aparecería el vendedor. Yeni quedó paralizada al ver que en el plan de la canoa había una enorme tortuga de mar, volteada sobre su caparazón. No dejaba de mover sus aletas y la niña pensó que tan solo ansiaría regresar a su mar. Alcanzó a ver que su coraza tenía bellísimas placas rojas oscuras, amarillas, doradas, marrones y negras y que su boca era como el pico como de un halcón, de modo que no le cupo duda de que se trataba de una carey en peligro de extinción. Como es lógico, se apresuró a poner a Caché al tanto del infortunio. Corría el rumor de que la señora Encarnación se la había encargado a Luciano para que Rudecindo, afamado médico raicero, extirpara la huevera y le hiciera un caldo para que la señora al fin quedara preñada. Ambos niños imaginaban el horror que le esperaba a la tortuga. En clase los había visitado una bióloga especializada en esas tortugas y en las verdes que también están en riesgo de desaparecer. Es que hoy en día el Chocó, sus selvas, ríos, plantas, animales y gentes ocupan lugares muy destacados entre los profesores de las mejores universidades de todo el mundo, y cada vez que la seño Agripina, rectora de la escuela, se pillaba que uno de esos expertos había llegado al pueblo, lo invitaba a que les hablara a sus alumnos.

Sacha Olivera se llamaba la dura que con sus palabras iba hipnotizando a Yeni, Caché y a sus compañeros de curso. Les contó que quienes trabajaban sobre culebras, lagartijas y tortugas se llamaban herpetólogos. Les mostró las filmaciones que había hecho en el Parque Nacional Natural de Utría. Niñas y niños vieron cómo cientos de bebés carey salían de la arena y corrían hacia ese mar que nunca habían visto, pero que les garantizaría su vida. Sacha les explicó que no se pierden porque nacen con unos cristales que las guían al vibrar con los campos magnéticos de la Tierra. Tienen muchos enemigos, pero las que se salvan deben nadar a lo largo de diez años para buscar cómo alimentarse, crecer y ser fuertes. Con ese pico afilado, excavan los arrecifes de los cuales sacan caracoles, cangrejos, algas y en especial esponjas que sueltan sustancias venenosas que las defienden de sus enemigos.

Sacha también les contó que la gente ya lleva tres siglos de matar en masa a las grandes tortugas. Como consumidores de alimentos raros, a los ricos de Europa les ha encantado la carne de las del mar, pero además se han valido de los bellos caparazones para hacer joyas, monturas de anteojos, muebles de lujo y artesanías. Tal ha sido la devastación que alrededor de islas caribeñas como las Caimán se prohibió la captura de esos animales, a ver si no se extinguen. No es muy claro que en el Pacífico la campaña sea así de intensa, por lo cual la experta invitó a quienes no le perdían palabra a que se convirtieran en defensores de esos animales y de los demás de los cuales supieran estar en peligro de extinción. El video final mostró la lucha de las carey por sobrevivir tratando de nadar en tierra, mientras se desangraban, luego de que quienes las habían cazado las degollaran. ¡Qué agonía tan eterna!

Volviendo a ese día de septiembre, Luciano se había echado la tortuga al hombro para llevarla hasta el patio de doña Encarna. Don José, el esposo de ella, le perforó el caparazón para amarrarla a un árbol. Viendo el estado en que había quedado semejante belleza de carey, ni Yeni ni Caché podían sacarse de sus cabezas lo que la profe Sacha les había enseñado. La conciencia que gracias a ella habían ganado les causaría profundos rompimientos con aquellas gentes mayores para quienes ni animales ni plantas eran seres sintientes. La bautizaron Careya. ¿Serían capaces de rescatarla y devolverla a las aguas del Pacífico de donde la habían sacado?

Nota: Además de la tortuga de mar a la cual me referí, las identidades indias y negras del Pacífico son víctimas de la crueldad humana. Le corresponde al progresismo abundar en propuestas para evitar su extinción.

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