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27 Jul 2021 - 5:30 a. m.

Colombia amarga

Al oír que Germán Castro Caycedo acababa de morir, de inmediato pensé en La Rubiera, nombre de un hato del Casanare donde seis hombres y dos mujeres mataron a 16 indígenas cuivas a bala, machete, cuchillo y garrote. De la masacre no se salvaron ni un bebé, a quien su madre Doris amamantaba, ni otras tres niñas y cuatro niños. Ese horror fue el 27 de diciembre de 1967, luego de que dos días antes dos de los victimarios pistearan a los cuivas navegando por el río Capanaparo. Invitaron a dos cocineras a que prepararan un sancocho que les sirvió de santo y seña para dar rienda suelta a la matanza. Amarraron los cadáveres “por las patas” y de las colas de unas mulas los arrastraron para formar una pira que ardió más de un día. Los perpetradores justificaron sus acciones argumentando que en los Llanos eran aceptables aquellas “cacerías de indios”, conocidas como guahibiadas y cuiviadas. En efecto, uno de los acusados se defendió diciendo que “ese día yo maté a esos indios porque sabía que el gobierno no los reclamaba ni hacían pagar el crimen que se cometía” (el subrayado es mío)**.

Considerando que “el 27 de junio de 1972 un jurado de conciencia en Villavicencio” absolvió a los victimarios, la antropóloga Nina S. de Friedemann invitó a Castro Caycedo a que relatara lo que había hallado al examinar la documentación sobre la masacre. Publicó la narración en el número uno de Antropológicas, la serie documental que la hoy extinta Sociedad Antropológica de Colombia impulsó desde 1972 para contradecir a quienes sostenían que denuncia y compromiso social atentaban contra la objetividad científica. El absurdo que tenía lugar en el Meta se resolvió mediante “un segundo juicio realizado en Ibagué, (que) el 6 de noviembre de 1973 (sentenció a los culpables con) penas de 24 años de presidio”, dejando libres a las dos mujeres.

Otras crónicas de Castro Caycedo se refieren a cómo los caucheros de la Casa Arana esclavizaban y exterminaban a los andoques del Caquetá, así como al asesinato de dirigentes barís en el Catatumbo. Por esos conocimientos, en 1981, Nina y yo nos reunimos con él y para conocer su visión sobre el Estatuto de Seguridad del presidente Turbay Ayala. Como nos ratificaba que su meta era exterminar el movimiento indígena que ya se extendía desde el Cauca hacia los Llanos y la Amazonia, más estimulados nos sentimos para elaborar el libro Herederos del jaguar y la anaconda con una mirada comparativa sobre los riesgos que los indígenas del país enfrentaban.

Hoy a los llaneros rudos los reemplazan empresarios vestidos de blanco, a quienes en Cali la Policía les permitió disparar contra la minga.

Toma fuerza la candidatura presidencial de María Fernanda Cabal, quien apoyó a esos tiradores y a toda una élite que se autodenomina “de bien”. La aplaudió mientras cubría de gris las pinturas murales que los manifestantes del paro nacional habían realizado como medio de protesta. Se opone a la restitución de tierras, pero no a la deforestación de la Amazonia en favor de ganaderos miembros del gremio que su esposo representa. Comulga con la propuesta de Paloma Valencia para reglamentar la segregación de los indígenas dentro de sus resguardos, sin que les importe que en 1973 las Naciones Unidas hubieran declarado que el apartheid consistía en un crimen contra la humanidad. A esas tendencias tiránicas hacia el exterminio humano y ambiental las vigorizan las presidencias de las comisiones de Senado y Cámara que usurpó el uribismo. Pese a un panorama tan sombrío, la oposición protagoniza una fragmentación ególatra. Nos hará mucha falta Germán Castro Caycedo para documentar las cuiviadas y guahibiadas que —a partir del 7 de agosto de 2022— podrán convertirse en pan de cada día. A la centroizquierda le corresponde evitar tal descalabro, superando sus diferencias y presentándose como alternativa de voto legítimo.

* Profesor del programa de Antropología, Universidad Externado de Colombia.

** Todas las citas provienen del libro “Colombia Amarga”, edición Planeta de 1986.

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