En Davos, el supremacismo blanco bendijo el genocidio del resto de gentes. Mi resistencia contra esa ruptura es esta reivindicación del humanismo afrobaudoseño.
En la Boca del río Pepé, la comunidad sabía que Yeni había nacido con virtú, pero también que había que apoyarla para que creciera en inteligencia, sensibilidad, intuición y saber. Por eso, un sábado de mañanita, doña Fidelina le dijo: —Tenemoj que subí a azotá un arroz. Venite con nosotro pa que conojcá más hojas y bejucos que curan. Invitá a Caché—. Se embarcaron en una canoa que a don Justino le habían regalado sus ahijados cholos. En la mitad de la barca, él atravesó otra pequeñita o potrillo. Caché le preguntó a su abuelo si era por si se hundía la grande. —No; ya verá pa’ qué noj sirve—.
El niño nunca había navegado a remo. Disfrutaba de un silencio al cual tan sólo perturbaba esplop del canalete que penetraba el agua. Desde la proa alcanzaba a ver el retrato que las aguas mansas le hacían a la selva densa, al cielo, las nubes y los pájaros que sobrevolaban.
—Pichindé— afirmó doña Fide, cuando los niños señalaron esos árboles cuyas ramas casi rozaban el agua. —Loj má alto son obo— añadió y Yeni que se fijara que los de huevo son distintos a los de espina, pero la niña no se atrevió a decir que no entendía cómo a unos árboles tan distintos les daban el mismo nombre de obos.
En esas, don Justino dejó de remar para que las olas que hacía el bote grande no los perjudicaran. De madera, pintado de amarillo, verde y azul, era el platanero de la asociación campesina que iba hacia Buenaventura. El capitán Yonatan esperaba que esta vez los paras no le cobraran vacuna y en el mercado le pagaran bien los racimos que había recogido desde el alto hasta el medio Baudó. Le ilusionaba regresar con los encargos que le había hecho la gente de casi todos los pueblos: aceite, tela, ropa, hilos, agujas, herramientas, utensilios, camisetas de fútbol y útiles escolares.
Llegados al embarcadero, la abuela agarró sus costales y don Justino se echó al hombro la pequeña canoa. Comenzaron a subir hacia una colina por un sendero embarrado, pero el mayoritario ni se cayó, ni soltó el potrillo que llevaba y doña Fide resbaló sin aflojar sus bolsas.
Ella se detuvo a rezarle a un viejo árbol. —E’ mi ombligo— les dijo a los niños. —Hace setenta año, mi mamá trasplantó este carbonero desde su zotea suya y lo enterró con mi madre tierra. Siempre me repetía que ese era mi ombligo—.
Pasaron por un maizal ya cosechado, cuyas cañas habían caído al piso. Les servirían de alimento a los cerdos que tenáin en la orilla contraria, pero tan solo los embarcarían a este lado cuando hubieran terminado de azotar el arroz y así los animales hicieran el cañeo (4) de ambos lotes.
—Llegamo— dijo don Justino, pero Caché no veía el arrozal, sino troncos caídos en el suelo, arbustos, enredaderas y bejucos. Le mostraron las matas de arroz que crecían. —¿Se dan junto a toda esa maleza?—preguntó el niño. —Verá que eso no e’ maleza— le explicó doña Fide. El esposo descargó la pequeña canoa, desenvainó su machete y comenzó a formar con la mano izquierda atados de espigas que cortó a ras del suelo. Cada manojo se lo iba pasando a doña Fidelina para que ella lo golpeara contra los flancos del potrillo, en cuyo plan quedaban los granos de arroz. A la canoita la hacía navegar en tierra detrás del marido.
Como a los niños les habían enseñado que a ese grano lo sembraban en sitios empozados, Yeni le pidió a doña Fidelina que le explicara cómo en un lote medio húmedo se había dado la cosecha. —Es que este es arró tre mese y como el secano crece en lo seco. Don Justino intervino: —La cosecha má favorita es de junio y julio; la otra, de noviembre—.
Al formar otra manotada de espigas, descubrió un espanta brujos. —Lo cosechamo en cuarejma para hace balsámica (5). La sola infusión no la toman no: amarga, amarga—. Después de que había germinado el arroz, sembraron piñas para hacer jugo en la casa. —Mirá el tachuelo espinoso. No lo tumbamo porque e´bueno pa hacé canoas y juntico hay una palma sapa que es distinta a la barrigona de al lado y debajito hay un venadillo, bueno para baños de todo el cuerpo—.
La seño le mostró a Yeni un cólero que es de la familia del saúco— y mirá el saúco macho que lo usamo para la reuma—. Lueguito señaló un yantén de monte —Se cocina y es bueno para los riñones—. Y de ahí miró una cuna, mata de flores naranja, pero la niña no le entendió bien ni cómo se preparaba ni qué curaba. Decenas de colibríes y mariposas revoloteaban. En sus alas, una de ellas tenía el número 89, rodeado de rayas negras y blancas. Como si supiera de la virtú de Yeni, se le subió a la mano derecha y pasó un rato acariciándola con su trompita.
La abuela les llamó la atención sobre una libélula enorme de vuelo lento y pesado. Yeni recordó al profe de la Universidad Diego Luis Córdoba que había visitado su escuela y les había contado que, de ese insecto, él estudiaba sus alas traslúcidas, livianas y muy resistentes que podían medir hasta treinta centímetros. Ese material debería inspirar a los ingenieros que hacen aviones, les había dicho.
Ida la libélula, les mostró una mano de tigre. —Sirve para el tabardillo y el tifo o cuando la mujer bota mucha sangre—. Don Justino cortó en diagonal un tronco de la tres dedos. Salió un líquido lechoso. —Hay que echarlo sobre la picadura de conga y cuando un cristiano le ha dado un machetazo a una culebra, lo peor es que la cabeza moribunda lo ofenda, pero este bejuquito —mocha— es bendito. Y allí está la verrugosa, hoja contra la picadura de la culebra verrugosa, y juntico la oreja e palo. Con otros hongos que crecen en el arrozal, esa oreja ayuda a que los troncos caídos se pudran y sirvan de abono—.
Terminado el azote, pasaron el grano del potrillo a los costales. Al otro día Justinito los bajaría hasta el puerto. A punto de embarcarse se desgajó el concebido aguacero. A modo de sombrillas, el mayoritario repartió unas hojas grandes como de un yarumo. Amparados de esa manera regresaban a la Boca. Mojado y tiritando, Caché se alegró de haber conocido una siembra que no crecía en filas rectas como las del banano urabeño, sino con muchas otras matas útiles, alimenticias o curativas. Y —ensimismada— Yeni se preguntaba cómo recordaría tantos nombres de plantas, flores, formas de hoja, curas de enfermedades. ¿Llegaría a tener tanta virtú como la seño Fide?
(1) Este texto es basado en el video “El arrozal de don Justo”, noviembre 25 de 1992.
(2) Jaime Arocha es doctor en antropología cultural, miembro fundador grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.
(3) Nombre de alto valor simbólico para la placenta.
(4) Acción de limpiar las áreas cosechadas.
(5) Botella rezada, llena de viche, yerbas y raíces para la curación de diversos males y maleficios.