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15 Mar 2022 - 5:30 a. m.

Francia y los nadies

Escribo antes de las elecciones, expectante por el apoyo que recibirá la candidatura presidencial de Francia Márquez. Consistirá en un reclamo airado por el ninguneo al cual la han sometido miembros de la coalición con la cual se afilió. “Soy porque somos” sintetiza el sentido de la filosofía sudafricana del ubuntu, eje del programa de gobierno que ella ideó con el apoyo de destacados miembros del Proceso de Comunidades Negras, como Carlos Rosero, a quien le conejearon su renglón para el Senado. Enfáticas de la solidaridad como esencia social, esas palabras consisten en brújula certera para guiar el futuro de la nación colombiana. Sin embargo, no es menor el reto que encierran. Hoy en día, al “somos” lo compromete aquel relato sobre la formación nacional que persiste en inferiorizar a los pueblos de ascendencia africana. De ahí que Francia insista en hacer explícito el lastre que representa el racismo estructural. No obstante, derrotarlo será cuestión de desmontar aquello que Yuval Noah Harari ha llamado el “instinto aprendido”, es decir, la conducta que se vuelve mecánica y hasta inconsciente, luego de que la sedimentan pedagogías reiteradas a lo largo de años.

No he dejado de pensar en ese proceso desde que leí el libro La independencia de Colombia: olvidos y ficciones. Cartagena de Indias (1580-1821), del historiador Alfonso Múnera. Su primer capítulo deja entrever una didáctica de la subvaloración iniciada hacia 1580, la cual parecería reñida con el cosmopolitismo que ese puerto ganaba por la presencia de comerciantes y corsarios holandeses, franceses e ingleses que itineraban por todas las Antillas y las costas venezolanas, con alijos de alcoholes y mercancías, además de discursos, periódicos y libros con las ideas que para ese entonces eran las más avanzadas de Europa. Negociaban con los judíos portugueses que manejaban el desembarco y la venta de cautivos y cautivas africanos, inseparable de los chanchullos a las aduanas. Degradados como “negros”, descendían de decenas de civilizaciones subsaharianas y congolesas, y se comunicaban en un centenar de idiomas para cuyo entendimiento, a finales del siglo XVI, el jesuita Alonso de Sandoval había entrenado a al menos una docena de lenguaraces o traductores. El grueso de las enormes ganancias de los esclavistas dependía de la apropiación violenta del trabajo y las cualidades mentales de la gente africana.

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