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La sirena de Couto

Jaime Arocha

10 de febrero de 2026 - 12:00 a. m.

Me alejo de Yeni, Caché y la gente afrobaudoseña para concentrarme en aportes que hace la novela El otro pie de la sirena del biólogo mozambiqueño Mia Couto. En el Hay Festival, vía zoom, él conversó con Pilar Quintana sobre el reto de narrar los sueños, esperanzas y dolores de los pueblos que componen su nación, cuyos 28 idiomas carecen de las palabras “muerte” y “naturaleza”.

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Para la historiografía de la trata, en primer lugar, El otro pie de la sirena deletrea la fórmula para colonizar: inventar “maldades… sobre un pueblo… para bendecir las maldades que se van a ejercer sobre él”. En segundo lugar, abre el horizonte que va desde la colonia que los portugueses habían establecido en Goa (India) para los años de 1500, hasta el frente de conquista que ellos mismos inauguraban en las costas surorientales de África, con el no despreciable apoyo forzado de gente bantú secuestrada en el Congo y enviada a Portugal para que le domesticaran su rebeldía por medio del blanqueamiento de sus mentes y la cristianización de sus creencias. Además de una protagonista de esa novela, la india Dia Kurami, ¿hubo más migrantes forzados o voluntarios que llegaron al Brasil o a otras regiones americanas desde el reino de Monomotapa de esa África suroriental?

La africanización de la gente europea también es parte de la contribución del Couto. Kianda, diosa del agua, era la sirena atrapada en una talla de la Virgen que en diciembre de 1559 los portugueses encaramaron a la nao Nuestra Señora de la Ayuda, fondeada en Goa. Nimi Nzundi, esclavo congolés educado en Lisboa, conocía el secreto para liberar a la deidad que apresaba la efigie: cercenarle sus pies. Como a Nimi le faltaba cortar la segunda extremidad, se había convertido en protector de la imagen. Sin embargo, su celo le costó la vida. Al resto de cautivos les prohibieron celebrar su funeral. Mediante un alzamiento, lograron despedirlo con cantos y toques de mbira, una marimba cuya intensa vibración estremeció al misionero jesuita Manuel Antunes. Comenzó a dudar de su fe, hasta que —ya desembarcado en Mozambique— en contravía de los deseos de su mentor, el padre Gonçalo de Silveira, se hizo nyanga, sacerdote bantú. Couto ofrece evidencias adicionales del “ennegrecimiento cultural” que lograron gentes a quienes los portugueses demonizaban con el apelativo de “cafres”.

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En 2002, Mwadia Malunga asumiría la responsabilidad que tuvo Nimi, y haría un viaje desde su casa en Antiguamente hasta Villa Lejos para buscar una iglesia que albergara a la santa que encontró abandonada en un pantano. La presencia de esa joven coincidió con la de los Southman, pareja de historiadores africano-americanos en busca de sus orígenes. Couto aprovecha esa llegada para cuestionar la investigación social. Los expertos aspiraban a comparar las narraciones de sueños que les habían hecho prisioneros negros norteamericanos con las que recogerían en Villa Lejos. Retrata a Rose, la investigadora, preparando una “entrevista estructurada”: enciende su grabadora y se pone audífonos para comprobar que no haya fallas, pero se estrella con quienes consideran que “ …ningún sueño se puede contar. Sería necesaria una lengua soñada…”

Semejante golpe aterró a Causarino Malunga, quien había invitado a los expedicionarios por la plata que dejarían. Así, instaba a la comunidad a que maquillara con palabras el mulataje ocasionado por la llegada de árabes musulmanes, indo-portugueses, indios “puros” y portugueses en contacto con chikundas y bantúes entre otras estirpes africano-orientales. Aspiraba a que los gringos regresaran con una idea diáfana de la crueldad portuguesa, de modo contenía las intervenciones de Arcanjo Mistura, humanista portugués, muy blanco y “ateo no practicante”, quien había optado por montar una barbería, porque los pelos cortos eran la vía para conocer palabras largas.

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Mwadia tampoco era inocente de manipulación: aprendió a teatralizar los trances que los investigadores esperaban filmar. Se contorsionaba, blanqueaba los ojos y tenían que traducir las indescifrables palabras roncas que pronunciaba ese antepasado anciano y sabio que dizque tomaba posesión de su cuerpo. La fuente de sus peroratas eran los documentos sobre la accidentada travesía de la nao Nuestra Señora de la Ayuda desde la India. Aparecieron en un cofre, junto a la efigie abandonada por el padre Gonçalo de Silveira, pero que Xilundu, legatario del espíritu de Nimi, había preservado. Lo que heló a la joven fue que cuando había agotado los relatos que contenían los papeles inspiradores, con frecuencia la seguía poseyendo ese ancestro remoto que peroraba historias de libros que nadie había escrito.

Debido a ese embrujo imprevisto, Mwadia regresó a Antiguamente con la talla empacada en plástico, la frustración de no haber hallado el esperado albergue sagrado y el deseo de volver con su marido Zero Madzero. Le decían que él había pasado a mejor vida, pero ella lo dudaba porque “uno nunca sabe cuándo está muerto”. De ahí las lágrimas que derramaban las fotos de sus abuelos y bisabuelos. Su madre las tenía colgadas de una pared y recogía el llanto en platones enormes, muestra de la coexistencia de vivos y muertos, convicción que también comparten gentes de ascendencia africana aquí y en otras Américas. Puente que nos une a esa África suroriental, más cercana de nuestras tierras, gracias a la contribución de Couto***.

Increíble pero cierto # 1: el presidente Trump no ofreció disculpa alguna por haber representado al expresidente Barack Obama y a su esposa Michelle como simios. Para el vicepresidente Vance esas no son muestras de racismo desbordado, sino del humor que reina en la Casa Blanca.

Increíble pero cierto # 2: las redes naturalizan que el voto de un abogado que ha hecho parte del bufete de Abelardo de la Espriella le impida al candidato presidencial Iván Cepeda participar en la consulta del 8 de marzo.

*Jaime Arocha es doctor en antropología cultural, miembro fundador del Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.

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**2009. Ediciones El Cobre, Barcelona.

*** Hoy Alfaguara y Elefanta hacen una amplia difusión de su obra.

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