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Maderas parlantes*

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Jaime Arocha
10 de marzo de 2026 - 05:00 a. m.
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En la actual contienda política, centro y derecha poco interés han expresado por el Afropacífico y sus gentes. Una alternativa es la de reivindicar culturas como las de quienes protagonizan estos relatos, los jovencitos Yeni y Caché, y sus familiares y amigos afrochocoanos.

A veces, a Yeni la casa de don Justino le ponía la piel de gallina. Era la más linda de la Boca, de dos pisos, hecha con tablones sacados de los finos árboles de chachajo, con un balcón que daba hacia el embarcadero, adornado con calados que don Peregrino Quiñones había tallado y pintado de azul rey, pero que ya tenían su honguiza de viejera.

Maderas parlantes*
Foto: Jaime Arocha

A ese maestro de la talla lo llamaban santero porque había labrado muchas imágenes sagradas para las iglesias y capillas de la región. En el primer piso, el mayoritario** había hecho un salón amplio, pensando en que allí podrían celebrarse velorios*** a la Virgen de la Pobreza, a otros santos o a los difuntos del pueblo. Sin embargo, a la niña eso no era lo que le daba escalofríos, sino el sonido de las vigas, horcones y tablas de las paredes. Chirreaban al entrar, al recorrer las habitaciones del segundo piso o al echar hacia la parte de atrás y llegar a la cocina. A Caché lo hacían reír los temores de su amiga. Más bien, él se alegraba de vivir en una casa viva, cuyas escaleras daban distintos traqueteos como si reconocieran a quienes subían, y por la noche, cuando ya todos se habían ido a la cama, seguían los chasquidos y silbidos que lo llevaban a sueños amorosos sobre sus papás y hermanos.

La visita de otra profe de la Universidad Diego Luis Córdoba le ayudaría a entender lo que le sucedía. Lina era una historiadora que había vivido en varios países del centro de África. No dejaba de tomar fotos y dibujar las hojas, flores, rombos, zig zags y esas especies de encajes de los calados del balcón de don Justo y de otros dos que aún se mantenían en pie. Lo mismo había hecho en Istmina y Tadó, y en Guapi, en la casa de la familia Torres, de afamados fabricantes e intérpretes de marimba, se había percatado de que el cuerpo de los cununos que hacían tenía los mismos floripondios y rombos que había visto en una batea de moro que le habían llevado. Era como una canoita para poner a un bebé hasta que comenzara a gatear y adquiriera su alma sombra.

Alrededor de la hendidura oval, el tallador había dejado una cenefa llena de delicados redondeles floreados y punteados de zigzag. Les contó que esos dibujos y labrados eran muy parecidos a los que los orfebres de Mali (África) les daban a los grabados y filigranas de sus joyas, las cuales, a su vez, poco diferían de las que hacían los joyeros de Quibdó o Barbacoas. Y esas curvas y ángulos eran los que también veía en los balcones que ella dibujaba. Con todo y las similitudes que la sorprendían, se había preguntado si ahí en el Chocó, además, pervivían los simbolismos que albergaban esas representaciones y que ella había identificado en Congo y Angola. Por eso le interesaba contactar a Peregrino Quiñones. Le preguntaría si su apodo de santero tendría que ver con habilidades que a ella le había revelado un oficiante religioso africano, a quien una voz interior lo guiaba para esculpir en sus maderas los símbolos que les daban sentido a los mensajes que los ancestros añoraban transmitirles a sus parientes y allegados vivos. En el Afropacífico, ¿también habría escultores con la cualidad de traducir la lengua soñada de los antepasados?

Oyendo a la maestra Lina, Yeni se imaginó que quizás gracias a los calados de la casa de don Justino y a los sonidos de sus pisos y paredes, era que Caché tenía esos sueños que mantenían viva el alma de sus padres desaparecidos.

Nota: En Washington, Peter Hegseth, secretario norteamericano de Guerra, invitó al reverendo Douglas Wilson para que en el Pentágono hiciera una oración por la guerra contra Irán. Ese reconocido miembro del Nacionalismo Cristiano predicó que Dios ungió al presidente Trump para que provoque el Armagedón y de esa manera le dé el triunfo final a la civilización occidental. No sólo parecería que nos espera el genocidio de los chiitas persas y de otras naciones, sino de todas las disidencias culturales del Sur Global.


Jaime Arocha Rodríguez es doctor en antropología cultural y miembro fundador del grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional.

*Dos publicaciones apoyan este relato: Criele criele son: del Pacífico negro de Nina S. de Friedemann (Planeta 1983) y La escultura sagrada Chocó en el contexto de la memoria estética de África y su diáspora: ritual y arte de Martha Luz Machado Caicedo (2011, colección del Centro de Estudios Sociales de la Universidad Nacional de Colombia).

** Término respetuoso para nombrar a las personas sabias, mayores de sesenta años.

*** Rituales de rezo y canto que por lo general duran nueve días y no solo se celebran para despedir a quien ha muerto, sino para alabar a las diversas deidades de la región

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