20 Nov 2018 - 10:30 a. m.

Mitología de Lamba

El libro Obituarios negros de Guillermo Valencia Hernández es un tesoro por su contenido y edición. Lo leo con sumo cuidado, no vaya a ser que se le desprenda una de sus 61 ilustraciones. Van pegadas con una cintica sobre espacios con el nombre de cada dibujante, Marcial y Mauricio Alegría, Guillermo Vega, y David Iskariote. Al pájaro Sankofa de los Akán lo tomaron de un libro de Kamau Brathwaite. El ave vuela mirando hacia atrás para saber de donde viene, y el huevo de su pico la ayuda a ver adónde va. Mi ejemplar lo encuadernó Brigitte Echeverry y es el número 4 de los 300 que publicó la Editorial Noname. Uno de sus prólogos es de una lideresa iletrada de Palenquito, Librada Mendoza Sildago. El autor del libro y su editor, Daniel Bustos Echeverry, le leyeron el manuscrito, y transcribieron sus impresiones para reflejar su ingenio para la metáfora: “A mí me gusta [el libro], aunque hable locura’ como que nosotro’ en otra época nacíamoj de loj huevo’, como si fuéramo’ iguana … Pero viéndolo bien tampoco echa embuste porque en La Ilusión han puesto a mujere’ a caga’ huevo’ por el jopo cuando le hacen brujería…”.

Los años a los cuales se refiere doña Librada anteceden la  llegada de la gente de espadas, y son los del origen de la primera Lamba, territorio coincidente con los Montes de María, donde Valencia se volvió músico de bullerengue, y apoyó a Petrona Martínez y Magín, entre otros cultores de ese género; etnomusicólogo de los bailes cantados, guionista de cine y brujo, a decir de la misma matrona. De ahí la riqueza mitológica sobre la diáspora palenquera, debida a la violencia que ayudó a promover el padre Valencia, predicador contra los liberales. Aparece el combate entre Malimbá y Juan Diego. El primer brujo sabía la invocación papal de la Edad Media para hombres mono y serpiente; Atilano, mitad hombre, mitad mujer, así como para el temible Lucindo. El segundo fue musulmán de linaje mandinga, yoruba y congo, legatario de la inteligencia de Sundiata Keita, el fundador del imperio de Malí en el siglo XII, con poderes sobre varios loas del Vudú: Damballa, gobernador de la mente; Dan Pedro, protector de los agricultores; Erzulie, diosa del amor, y Mamam Brigitte, dueña del ciclo de la vida. Pese al triunfo de Juan Diego, Malimbá revive y participa en los aquelarres del cerro de la Popa.

Imperdible la historia de las academias que aparecieron con la abundancia que trajo con el siglo XX el Ingenio Central Colombia de Sincerín. Salones de baile con los sextetos que proliferaron por influencia de los cubanos, intérpretes de guaguancó y expertos fabricantes de azúcares y rones, cuando “la poesía era un producto de primera necesidad” y María Encarnación Jurado vivía de vender sus versos en Cartagena. El velatorio de la palenquera Cha Lole abunda en detalles litúrgicos y retrata la estética de “…Mamalia y a Eulalia…arañas que tejen de noche… de los pelos de alambre…van apareciendo …borde de balay, tomates, puercas parías, piñas… Pases de la luna. Eclipses de sol…” En medio de llantos y cantos irrumpió Simancongo con su bata de mariposas estampadas, adornada con espejos que pueden enceguecer a quien los mire, y cuando Catalina Luango de Angola baja del cielo, “La tierra se estremece… Cha Lole, dejando el ataúd, se va levantando agarrada de la mano de Catalina. La negra va dejando el cuerpo viejo y arrugado. Cha Lole mira a lo lejos y distingue a mil legiones. ¡Qué recibimiento!” . El que todos quisiéramos.

* Miembro fundador, Grupo de Estudios Afrocolombianos, Universidad Nacional.

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