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15 Feb 2022 - 5:00 a. m.

Solidaridad e inserción urbana

La misa por el novenario de Martha Elena Abello fue el 7 de febrero. Es la segunda integrante del Grupo de estudios afrocolombianos en fallecer. La primera fue María Paula París. Ambas hicieron parte del esfuerzo por comprender la inserción urbana de las gentes del Afropacífico, a quienes, desde el decenio de 1990, paras, ejército y guerrilleros expulsaban de los territorios heredados de sus antepasados.

Para su trabajo de grado, Abello hizo investigación etnográfica entre un grupo de mujeres originarias de Boraudó, una aldea ribereña del Atrato. Trabajaban “internas” en casas del norte, y pasaban los fines de semana en las pequeñas habitaciones que habían logrado arrendar en el barrio 20 de julio. Halló cómo ya formaban una comunidad basada en el paisanaje y en redes de parientes a las cuales aglutina una ética de solidaridad. De esos nexos de reciprocidad dependía el no desquiciarse por las agresiones racistas sufridas en el trabajo, donde el color de la piel amplificaba el desprecio generalizado hacia las “sirvientas”. En una nota de campo, Martha se refería a Yurlady, una mujer de 40 años a quien contrató una pareja de ocupadísimos tecnócratas para que atendiera a una niña de ocho años y un niño de siete. Al año de alimentarlos, llevarlos y traerlos de la ruta y apoyarlos en sus deberes escolares, era evidente el afecto que ella se había ganado. Sin embargo, para los padres se volvió insoportable tanta cercanía con “una negra’' y salieron de ella. En su nuevo empleo, Yurlady se las ingeniaba para saludar a “sus niños”. Aún más enfurecidos, los papás la amenazaron con acciones legales.

María fue otra damnificada. Martha narró como la despidieron por su embarazo. Sin embargo, las boraudoseñas costearon el ajuar del bebé y el envío del ombliguito para que allá la abuela lo enterrara bajo un árbol, y de esa manera el recién nacido quedara hermanado con Boraudó. A ambos los alimentaron, así tuvieran que rebuscarselas los domingos con trabajos adicionales. De ese mayor esfuerzo también dependían las contribuciones que mandaban a su pueblo porque ellas hacían parte de las tradicionales juntas mortuorias. Así, apoyaban a las cantadoras de alabaos en velorios y novenarios, y una vez hasta financiaron el envío de un muerto para que lo pudieran enterrar luego de las usuales nueve largas noches de cantos y rezos, prohibidas en Bogotá.

Por si fuera poco, a lo largo del año iban alistando regalos de navidad que podían incluir, electrodomésticos, estufas, vajillas, ropa y zapatos que almacenaban en otra pieza. Con un camionero palabreaban un precio razonable que incluía las vacunas para pasar toda esa mercancía por los retenes legales e ilegales instalados en la vía hacia el Chocó. En enero regresaban a Bogotá, dispuestas a iniciar otro ciclo de altruismo.

El resto de los graduandos del grupo encontró comunidades negras comparables en Engativá, Usme, y Kennedy. Desterradas y desterrados afro abrían peluquerías y salones de belleza, escuelas de fútbol, música y danzas tradicionales, ventas ambulantes de fruta y lavaderos de carros. También había rusos y raspachines. Pasados 20 años, y ante la falta de voluntad política para garantizarles un retorno seguro, esas personas ya son padres y madres de profesionales, algunos de quienes tendrán sus ombligos enterrados en pueblos como ese Boraduó que Martha Abello nos dió a conocer. Sin embargo, es probable que esas nuevas generaciones tan solo vayan por allá para las navidades o las fiestas patronales.

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