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Zotea y represión*

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Jaime Arocha
24 de febrero de 2026 - 05:03 a. m.
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En la noche del 21 de febrero, escribo consternado por la muerte de la artista Liliana Angulo, directora del Museo Nacional de Colombia. Perdemos a una pionera y figura paradigmática en la denuncia del racismo y su estereotipia, a partir de una plástica con rasgos de humor, observante del día a día y de la historia.

Parecería ser que gracias a Yeni y Caché he ganado lectores. Uno de ellos me dice que ya no hago columnas de opinión, sino cuentos, quizás capítulos para una novela. No tengo la competencia para eso último, mas sí memoria para elaborar una visión panorámica tanto sobre aquella etnodiversidad Afropacífica a la cual la cimienta la fraternidad de las personas con la naturaleza, como acerca del refinamiento que esas personas poseen en sus maneras de pensar y relacionarse con parientes y vecinos. Tal refinamiento es materia prima de medios conversacionales y estéticos de alcanzar convivencias no violentas. La expansión de los cultivos de coca, la minería ilegal, la tala y el contrabando de maderas finas y fauna silvestre, así como el tráfico de personas han llevado a que esa convivencia pueda quedar en los anaqueles del pasado. Quizás sea demasiado optimista si me esperanzo de que estos escritos sobre protagonistas de las culturas negras contribuyan a un rumbo alternativo.

Terminada la visita al arrozal del abuelo Justino, Caché trataba de recordar cuáles eran y para qué servían las hojas, tallos, raíces y hongos a los cuales se habían referido él y doña Fidelina. Quería recordarlo porque añoraba lo que antes para él habían sido aburridoras cantaletas de su mamá Estela. Les hablaba a él y a sus hermanos de lo difícil que había sido montar una zotea en el Urabá. Federico, su papá, le había hecho la plataforma cerca de la cocina, pero no había encontrado una canoa abandonada para montarla encima. Ya no había potros labrados en madera, sino lanchas de fibra. Se resignaron por la más pequeña que encontraron. Le hicieron huequitos de drenaje y cuando la fueron a rellenar, no podían conseguían las bolitas de arena y tierra que las hormigas arrieras dejaban a la entrada de sus hormigueros. Los hormigales eran cosa del pasado por los fumigos para el banano. Entonces, Estela pensó en la hojarasca. Recogió las hojas caídas a la orilla de una quebrada, las mezcló con ceniza del fogón y tierra que había alrededor de su cocina. Conforme le había enseñado su mamá, en el centro de la lanchita vieja, sembró cebolla de rama. Esperaría a que tuviera fuerza para ir metiendo alrededor aliños y plantas para curar, pero la siembra no prosperó: también contaminadas, las hojas viejas no daban los honguitos que servían de abono.

La señora Fidelina terminó por mandarle tierra de hormiguero, y cuando escaseó en la Boca, encargó un par de arrobas a un vendedor del mercado de Istmina. Así sí creció la cebolla, y ahí sí sembró sus albahacas, blanca, y morada, cilantro, jengibre, poleo, limoncillo, azafrán, llantén y tomate. Hasta se ilusionó de que, si volvía a quedar en embarazo, alistaría un coco para que germinara y creciera al mismo tiempo que su barriga, con eso enterraría la placenta del bebé con la palmerita, la cual sería el “ombligo” que acompañaría a ese niño o niña a lo largo de su vida.

Un día, una de sus alumnas apareció con “mal de orín”. Este la corrió de la escuela a su azotea para preparar la infusión de llantén que sanaría a la enferma. Ese éxito fue su desventura. Se inventaron que era bruja y como a alguien que le tenía ojeriza le pareció que con sus secretos podría favorecer la puntería de los guerrillos, los paras terminaron por llevársela junto con Federico. Mientras los metían a empujones y golpes en una Toyota negra, al papá le gritaban que ya le habían advertido que dejara de joder con los del sindicato, pero que entonces le había dado por seguir con lo de la Ley 70, diciéndole a la gente que a las comunidades negras les permitiría escriturar las tierras de sus abuelos y reclamar las que les habían arrebatado con violencia. Ambos, pensaba Caché, terminaron mal por ser buenos. Así los hubieran matado, él trataría de ser como habían sido ellos.

Nota: con sus íntimos, El Flaco Carlos, el Conejo y Candito el Rojo, Mario Conde practica el ritual de ”hablar mierda”. Bajando ron, rememoran a entrañables emigrados como Andrés y Dulcita y vuelven a oír a Los Beatles, mientras, Josefina, la madre de El Flaco, practica la magia de rendir la escasez y ofrecerles exquisiteces. Hecho de amistad, ternura, humor, sabores y canciones, ese pegamento cubano permea la obra de Leonardo Padura. Es lo que ni Trump, ni Marco Rubio podrán destruir con esa especie de genocidio a cuentagotas mediante el cual intentan doblegar el inicuo régimen que impera en la isla. Si ambos fueran perspicaces, podrían inyectarle esa amalgama amorosa a su agónico imperio, si no para rescatarlo, al menos para prolongarle una existencia menos detestable.


*Además de notas de campo y de aportes de mi exalumno Carlos Andrés Meza Ramírez, para este relato fue importante el ya clásico “Zoteas: biodiversidad y relaciones culturales en el Chocó biogeográfico colombiano” que en 1999 editaron Jesús Eduardo Arroyo, Juana Camacho, Mireya Leyton y Maribel González, con el apoyo del Instituto de Investigaciones del Pacífico-IIAP, Fundación Natura y Fundación Swissaid-Colombia

Jaime Arocha Rodríguez es doctor en antropología cultural. Miembro fundador del Grupo de Estudios Afrocolombianos de la Universidad Nacional.

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