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África y Colombia: ancestralidad y memoria contemporánea

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Javier Ortiz Cassiani
16 de febrero de 2023 - 02:05 a. m.
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Adolfo Pacheco Anillo, compositor de San Jacinto, Montes de María, en el departamento de Bolívar, que falleció recientemente, mencionó en la canción “Mi canto de cisne” la condición guerrera de los esclavizados de la etnia iolofos —yolofos, wolofs, jolofos y giolofs—, de Senegal. Dijo que se hacían matar por su libertad y Colón fue testigo de aquella rebeldía en la isla de Santo Domingo, desde tiempos tempranos de la trata esclavista. Adolfo, que sabía de pájaros, contó en esa canción que por esta razón a un ave endémica de Colombia —que habita principalmente en los bosques secos tropicales a nivel del mar— se le conoce con ese nombre porque prefiere la muerte antes que vivir enjaulada.

Todo esto convertido en canción por la gracia poética de uno de los más importantes compositores de la música popular colombiana, está sustentado en la historia. Arrancados de la extensa región entre los ríos Senegal y Gambia (el territorio de Senegambia), con un pasado que los asociaba a un floreciente imperio especialista en el comercio transahariano y una unidad política sustentada en el islam fundado en el siglo XIII por Sunjata Keita, llegaron a las costas americanas pese a que el rey Carlos V prohibió su entrada el 11 de mayo de 1526 por su condición levantisca y por ser practicantes de la religión islámica. La medida advertía a la Casa de Contratación que tuvieran sumo cuidado “de que no pasen a las Indias ningunos esclavos negros llamados gelofes, ni los que fueren de Levante, ni los que se hayan traído de allá, ni otros ningunos criados con moros”.

Los iolofos fueron el grupo de mayor presencia en Cartagena de Indias en el primer período de la trata esclavista, que va de 1533 a 1580. Forzados y esclavizados, viajaron sin mapas, pero esa capacidad organizativa, que los esclavistas asociaban a su tradición musulmana, les sirvió para la elaboración de una cartografía propia en los territorios desconocidos. Se cree que las lenguas de origen wolof dieron paso a la construcción de una lengua franca que permitía —como afirmó Alonso de Sandoval, jesuita consagrado estudioso de la trata esclavista— que berbecíes, mandingas y fulos pudieran entenderse entre ellos. También sabemos que tuvieron una presencia decisiva en la consolidación de los palenques de cimarrones desde Panamá hasta La Guajira.

Desde acá, África suele ser una entelequia. Nos movemos entre un romanticismo unificador que priva a un continente de todos los matices que significa estar conformado por 54 países y más de 1.500 lenguas y dialectos y las visiones estereotipadas y racistas igual de homogeneizadoras. En todo caso, el desconocimiento es el lugar común. En la actual coyuntura, cuando Colombia parece tener serias intenciones de establecer relaciones diplomáticas documentadas con algunos países africanos, vale la pena explorar estas memorias históricas comunes con la seriedad, emoción y sensatez que el reto exige. Sin África y su descendencia, esto que llamamos Colombia sería otra cosa como nación, de modo que tiene sentido explorar la importancia de la memoria ancestral, pero también esas otras memorias contemporáneas que, por cotidianas, pasan desapercibidas.

Hay que saber que desde los tiempos virreinales hay una memoria que nos ata al territorio del actual Senegal, pero que también hay una memoria más reciente. Esa que aparece cuando de vez en cuando en las noches de Cartagena de Indias: una armónica rompe el viento húmedo y salitroso del Caribe antes de darle paso a una letra en lengua wolof en la canción “Tajabone”, interpretada magistralmente por el cantante Ismaël Lô. Hay que saber eso. O cosas como que no todas las relaciones con países africanos pasan por el tema racial, que mucha de la diáspora africana contemporánea que pisa el territorio colombiano lo hace para internarse en una travesía suicida por el tapón del Darién buscando los Estados Unidos, y que la droga colombiana viaja a las costas de África occidental para cruzar el Magreb e internarse en Europa en un viaje de no retorno.

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