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Se usaba en la parte frontal de la cintura. A veces un poco más abajo, en la pelvis. Consistía en un trozó de caucho de aproximadamente 10 centímetros de ancho por 30 de largo fabricado con retazos de llantas de automóvil en desuso. En cada extremo se le amarraba un alambre y de los alambres un par de cuerdas que terminaban de rodear la cintura y se ajustaban en la parte de atrás a la boca del costal para recolectar algodón. El nombre le venía del cinturón distintivo que las organizaciones de boxeo otorgaban a los que ostentaban el título mundial de cada categoría: “Campeón”. Pero en el departamento del Cesar, en las jornadas de raleo diario en los tiempos de recolección, eran otros los combates. Aquí el pesaje no era en la víspera de la contienda, como se acostumbra en el boxeo, sino después de la pelea contra las caraotas resecas que lastimaban los dedos en el proceso de separarlas de las finas motas blancas y del dolor en los riñones por las caminatas encorvadas todo el día siguiendo el sentido de las hileras de plantas con soles incandescentes sobre la espalda. El pesaje determinaba la gloria, no tanto por la cantidad de billetes embolsillados por quienes recolectaban más kilos, sino por ese prestigio agroico, pero sin moneda que se extendía por los campamentos, las cantinas y por las calles y caminos de los lugares de origen de los labriegos.
A mí, que nací en Valledupar cuando ya el cultivo de algodón estaba en crisis, estas historias con las que crecí me zumban en la cabeza como una colmena de abejas. A Carlos, mi hermano mayor, quien sí vivió la bonanza, también le zumban. Cada vez que le pregunto sobre los campos del algodón en el Cesar narra con paciencia generosa. La última vez que hablé con él de manera virtual tuvo la atención de hacerme un dibujo en tiza con perfecto trazo sobre una mesa de aserrar madera de aquel rústico instrumento de gloria y desgracia labriega, y mandármelo en una fotografía. Cuando la memoria se convierte en una comparsa ataviada de pífanos ruidosos que desfila en círculos en la cabeza toca sacarla de alguna manera. Hay mucho qué decir sobre los cultivos y la memoria obrera asociada al algodón desde la historia, la literatura y el arte. Hay historias por cosechar.
El “Campeón” me parece el mejor símbolo de las cosas que me gustaría contar de los tiempos de los algodonales que crearon una manera de estar, de habitar y de construir una región. Lo es por su condición aparentemente anodina. Es un artefacto artesano, doméstico, que no tiene el refinamiento ni la trascendencia tecnológica del riego por aspersión, la fumigación en avionetas y las enormes desmotadoras de algodón, pero se me antoja en su condición agreste una metáfora que resume la importancia de poner la atención en las historias sencillas y cotidianas que producían las grandes concentraciones de jornaleros y jornaleras en los campamentos de un cultivo que por un buen tiempo fue esperanza, bonanza y calvario a la vez. Antes que nada, estuvo el “Campeón” en los campos. Fajados, durante muchos años, los trabajadores del algodón estuvieron a pleno sol en el cuerpo a cuerpo luchando con las circunstancias difíciles de la vida.
-El “Campeón” evitaba la molestia de la cuerda apretándote la cintura cuando el saco se iba haciendo pesado, me dice mi hermano mayor al otro lado de la línea. No pude evitar pensar en que, pese a todo, fue imposible que el algodón no les tallara la vida.
