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Cartografía de la esperanza

Javier Ortiz Cassiani

23 de junio de 2022 - 12:30 a. m.

Una de las postales de la jornada electoral del domingo en Colombia fue la travesía de los ciudadanos de la nación profunda a los puestos de votación. Indígenas, afrodescendientes y campesinos cruzaron arroyos, surcaron ríos y ciénagas, capotearon el temporal lluvioso y bajaron de la sierra por caminos escarpados a votar por la opción política que consideraban más ajustada a su visión del territorio, del país y del mundo.

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Quizás en aquella ocasión pocos se tomaron el trabajo de consignarlo en imágenes como esta vez —¿había entonces más garantías para el miedo que ahora?—, pero estoy seguro de que si tuviéramos un registro sistemático de la movilización de las votaciones del plebiscito por el Acuerdo de Paz, en 2016, coincidiría con el de las elecciones del pasado domingo. La cartografía coincide. Si superponemos los dos mapas electorales nos daremos cuenta de que en aquella ocasión como ahora fue el país de los márgenes, afectado con mayor fuerza por el conflicto armado y el abandono histórico, el que se movilizó a los puestos de votación para marcar la opción a favor del acuerdo y por Gustavo Petro y Francia Márquez. En ambos casos, fue la esperanza la que movió el voto de la gente.

Somos un país de pesimismo político redomado. Sin embargo, y a pesar de la polarización que por supuesto se nota en los apretados resultados de los escrutinios, nunca la esperanza ha estado tan renovada como ahora. No es para menos. Lo que ha sucedido, pese al miedo de los que nunca han visto triunfar ninguna alternativa política, pero le tienen pavor a cualquier opción que hable de cambios, es histórico para la nación. ¿Certezas sobre el futuro próximo? Tantas o tan pocas como las que este país sinuoso y líquido permite. Pero no tengo la más mínima duda de que los resultados del domingo representan la mejor opción de las que estaban en contienda. No es sano para ninguna sociedad permanecer toda su vida republicana, democrática y electoral sin darse ninguna oportunidad que posibilite transformaciones reales. Es curioso, nos hemos pasado la vida quejándonos de la necesidad de mayores garantías, de la importancia de fortalecer la democracia, del respeto a las libertades democráticas y cuando alguien habla de cambios entonces nos asustamos porque esa democracia, que consideramos incompleta, se puede ver maltratada.

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A propósito de coincidencias y esperanzas, hay algo en lo que seguramente pocos se fijaron pero que puede servir simbólicamente como garantía para la confianza. En la tarima donde se dieron los discursos para celebrar la victoria, Petro no puso a su bancada en el Congreso en primer plano —como se estila— ni a los colegas que se adhirieron para la segunda vuelta. Antanas Mockus, con el que se dio un abrazo espontáneo, no representa ya ninguna fuerza en el sentido electoral y su presencia es más un símbolo en el sentido más amplio de la política. Quienes estaban ahí, al frente, eran familiares, indígenas, afrodescendientes, víctimas… sociedad civil. Eso, y un discurso centrado en el diálogo y el perdón, sin odios ni rencores, quizá sea el referente fundamental para terminar de convencerse de que definitivamente ganó la mejor opción para el país. Para todos, incluso para los que no quieren darse cuenta de ello.

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