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Colombia y Panamá, los vientos comunes

Javier Ortiz Cassiani

12 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.

La manera como opera el poder convierte al mundo en una factoría que produce desconfianza en serie. En mi cotidianidad, sin embargo, no conozco otra forma de llevar la vida sino desde la confianza en el otro.

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Hay unos indicios subjetivos, percibidos desde la sensibilidad, que me ayudan a construir esa confianza. Hace un par de semanas fui a Ciudad de Panamá desde Cartagena de Indias, para participar en los eventos culturales previos al Foro Internacional América Latina y el Caribe 2026. A los pocos minutos de haberme subido al vehículo que debía conducirme al hotel le pregunté al conductor —un hombre negro entre los 38 y los 45 años— si había un tipo de transporte que pudiera llevarme a Colón. Quería estar en la tierra de Pedro Prestán, un hombre negro, político, nacido en Cartagena, que fue ahorcado en 1885 sobre los rieles del tren en esa ciudad en medio de una de las guerras civiles que vivió Colombia a finales del siglo XIX. Cuando escuchó el apellido, me dijo que no conocía esa historia, pero que precisamente él era de Colón, que su hermana había estudiado con un joven de apellido Prestán, y que si yo quería podía escribirle para ubicar a posibles descendientes. Además, dijo que sus padres seguían viviendo en Colón, que esa tarde, como hacía todos los domingos, iba a visitarlos y que con mucho gusto me podría llevar si no tenía problemas en viajar junto a su hija y su hijo.

Algo había hecho que Alberto —así se llama— depositara la confianza en un desconocido para ofrecerme su carro en un viaje a Colón junto con sus hijos. Yo sentí la misma confianza, de modo que me fui a Colón sin ninguna prevención y terminé la jornada de visita a la ciudad en la casa de sus padres jugando dominó con su madre y su hijo.

Cuento esta anécdota personal para llamar la atención sobre una necesidad de lo público: en la coyuntura de la conmemoración del Bicentenario del Congreso Anfictiónico realizado en Panamá en 1826, es importante hablar de vientos comunes entre los dos países. Paradójicamente, de la importancia de este hecho —que se hizo en los momentos en que se intentaba darle fundamento a la nación colombiana— poco o nada se está hablando en el país. Esto obedece a una cosa sencilla, no hay nada que convierta más en muros sólidos las fronteras imaginarias entre las naciones que esa especie de nacionalismo o patriotismo epistemológico anacrónico. Como la historia se escribe sabiendo lo que ya ocurrió, seguimos escarbando la construcción de nuestro Estado-nación, pero las mismas fronteras de ese Estado-nación, construido posteriormente, opera como cárcel. Y no se trata solo de sacar a la luz en ciertas coyunturas, algunos datos que parecen simples curiosidades, como que el primer presidente de Panamá, Manuel Amador Guerrero, era de Turbaco (Bolívar) y que estudió medicina en la Universidad de Cartagena. Ese es un dato apenas lógico en un territorio que fue la misma cosa hasta hace relativamente poco. Tampoco tiene sentido que el interés de los investigadores colombianos —como lo conversé con la historiadora panameña Marixa Lasso en la informalidad de un encuentro de café— sea exclusivamente por la separación de Panamá, ni que algunos panameños cuando hablen de la relación histórica con Colombia lo hagan desde cierta distancia como si la nación panameña fuera algo claramente definido desde antes de los procesos de independencia y por supuesto desde antes de la separación.

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En estos tiempos donde las relaciones internacionales son una factoría de desconfianza, es cada vez más necesario establecer relaciones de estados y maneras de historiar esos procesos acudiendo a los vientos comunes y a la sensibilidad para generar confianza.

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