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Ejercicios de memoria

Javier Ortiz Cassiani

12 de abril de 2023 - 09:05 p. m.

Pese a la distancia temporal entre dos hechos históricos, sus memorias en ocasiones se cruzan. Se traslapan. Y esto ocurre, en parte, porque el ejercicio de memoria no es refractario al anacronismo. En la pasada columna escribí sobre las conexiones entre la Masacre de las Bananeras y el Bogotazo expresadas en el tratamiento literario de dos autores como Gabriel García Márquez y Manuel Zapata Olivella, la hipérbole como característica de sus referencias narrativas y la condición esquiva de sus muertos cuando la historia documentada –no la memoria– trata de asirlos. Hace un poco más de dos meses, cuando estuve visitando el Museo Nacional de Colombia, fui consciente de otra conexión entre estos dos hechos tan referenciados en la historia nacional. En la sala dedicada al conflicto del país que hace parte de la renovación curatorial del Museo en los últimos años, se encuentra la pintura “Masacre”, que Alejandro Obregón dijo que había pintado el 10 de abril de 1948, es decir, justo un día después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, del que se acaban de conmemorar 75 años de ocurrido. El cuadro –evidentemente influenciado por el Guernica, de Picasso–, muestra cuerpos desmembrados, manos, brazos, torsos, piernas, cabezas y hasta un bebé a gatas tratando de buscar alimento en unas tetas escurridas, en un guiño a lo que es un tópico de la pintura de tragedias, pestes y hambrunas desde los tiempos antiguos. La explicación que Obregón hace de la pintura aparece en la ficha técnica y es tomada de la entrevista que le hizo Fausto Panesso, publicada en 1975 –junto a otras realizadas a los artistas plásticos Botero, Grau, Negret y Ramírez Villamizar–, con el título de Los intocables. Obregón dice: “Fui al cementerio y me puse a dibujar cadáveres. Recuerdo un hermoso rostro de mujer con los sesos volados, la boca entreabierta y un gran diente de oro en la mitad de la boca, intacto el rostro y la tapa del cráneo en el carajo... yo estaba muy cerca, dibujándola, detalle por detalle, y de pronto una mano que me toca y me dice: “Ud. está profanando a mi hija”, era la madre… yo me fui”.

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Este tono de la descripción de los muertos del Bogotazo, apilados en las galerías del Cementerio Central de Bogotá, también se encuentra en las investigaciones pioneras del acontecimiento y sabemos que las fotografías de esos mismos cuerpos hechas por Sady González, ocasionalmente son usadas por publicaciones virtuales para ilustrar textos conmemorativos en los aniversarios de la Masacre de las Bananeras como representación de los cadáveres de aquel momento histórico. Lo curioso es que el día que visité el Museo Nacional, la persona que estaba guiando el recorrido –quizá por todo este material sobre la violencia que termina cruzando información y testimonios y construyendo unas jerarquías de la memoria–, en el momento que estábamos frente a la pintura de Obregón, hizo alusión a cadáveres que llegaban arracimados en los vagones de los ferrocarriles desde el departamento del Magdalena hasta Bogotá, en una clara relación con la Masacre de las Bananeras pese a las distancias temporales de uno y otro hecho.

Sin duda, se necesita escarbar más fuentes para tener visiones mucho más integrales de estos sucesos –quizá un material importante para eso, en el caso específico del Bogotazo, sea el archivo de Arturo Alape que sus hijos acaban de donar a la Biblioteca Nacional de Colombia–. Sin embargo, a mí me resulta sumamente atractivo e interesante poner el foco en estos juegos coyunturales de la memoria que suelen estar por encima del archivo, la documentación y los esfuerzos por la precisión factual.

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