Todos los años para estas fechas se conmemora el Día de la Armada Nacional y, por supuesto, sale a flote la figura de José Padilla, el máximo héroe de la Batalla de Maracaibo, sobre cuya epopeya se funda la creación de la institución. Este año la cosa tuvo otra dimensión porque hace un poco más de una semana, el pasado 24 de julio, se cumplió el bicentenario de la famosa batalla. Pero, salvo por algunos matices, el discurso de la Armada suele ser el mismo: el valiente amante del mar que desde infante se dejó seducir por las olas y por lo oficios marinos, la narración exhaustiva de la cantidad de hombres y barcos de uno y otro bando en cada uno de los combates en los que participó, la idea romántica de su arrojo y bravura, uno que otro dato sobre el tamaño de sus patillas y sobre las supuestas palabras pronunciadas en momentos decisivos, y un regodeo infinito en tecnicismos y movimientos navales entendible solo para expertos.
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Sin embargo, el tema racial que, en últimas, es lo que nos sigue tocando como sociedad –por encima, por ejemplo, de la importancia de saber el nombre exacto de la embarcación desde la que Padilla capitaneó la batalla–, sigue siendo tratado de soslayo. Y bueno, quizá precisamente por eso mismo es que poco se acude al tema, porque es incómodo, trasciende el tiempo y no resiste el tratamiento edulcorado de los relatos que suelen acompañar las conmemoraciones o ese estilo de exquisitos y ociosos en los jardines del saber –criticado por Nietzsche–, como algunos historiadores les gusta tratar al pasado. Conmemorar a Padilla implica preguntarse, por ejemplo, por qué en la institución que lo venera como héroe fundador hay tan poca presencia de gente de su color de piel en condición de oficiales. Se podría argumentar que eso es un tema de clase y no racial, pero entonces es necesario explorar con todo el rigor y sin odios ni temores –parafraseando un poema de Jorge Artel– el problema estructural entre “raza” y clase propio de los territorios con pasado esclavista.
Si existe alguna duda de lo determinante que fue para el fusilamiento y el ahorcamiento de Padilla su condición racial, y lo central que siguió siendo el tema en la conformación de la sociedad colombiana, voy a dejar la parte sustancial de la carta de Simón Bolívar al general Pedro Briceño Méndez, escrita apenas un mes después de que se ejecutara la orden (16 de noviembre de 1828):
“La gaceta de hoy que le incluyo, le impondrá del resultado y condena de los conspiradores y asesinos. Mi existencia ha quedado en el aire con este indulto, y la de Colombia se ha perdido para siempre. Yo no he podido desoír el dictamen del consejo con respecto a un enemigo público, cuyo castigo se habría reputado por venganza cruel. Ya estoy arrepentido de la muerte de Piar, de Padilla y de los demás que han perecido por la misma causa: en adelante no habrá más justicia para castigar el más feroz asesino, porque la vida de Santander es el pendón de las impunidades más escandalosas. Lo peor es que mañana le darán un indulto y volverá a hacer la guerra a todos mis amigos y a favorecer a todos mis enemigos. Su crimen se purificará en el crisol de la anarquía, pero lo que más me atormenta todavía es el justo clamor con que se quejarán los de la clase de Piar y de Padilla. Dirán, con sobrada justicia, que yo no he sido débil sino en favor de ese infame blanco que no tenía los servicios de aquellos famosos servidores de la patria. Esto me desespera, de modo que no sé qué hacerme”.