Para dimensionar los efectos de la pandemia en Colombia, un amigo de mi mujer dice que es como si todos los días se cayera un avión Boeing. Es una excelente comparación. Y lo es no por las cifras de muertos que en promedio serían similares en uno y otro caso, sino, paradójicamente, por el contraste en la manera en que se asumiría el accidente diario del avión y la forma en que se toman las muertes por coronavirus. Si se viniera a tierra un Boeing diario repleto de pasajeros, el impacto sin duda sería otro: sabríamos en detalle la historia de la mujer que en la víspera del viaje se despertó sobresaltada (lo de sobresaltada lo agregaría el futuro narrador, porque en la construcción de la memoria de cualquier suceso o hecho histórico todo se convierte en presagio o indicio), después de haber soñado con aves voladoras a las que se les quebraban las alas como si fueran de porcelana. Sabríamos que se lo contó a su marido como una de esas conversaciones matutinas entre lagañas y pijamas, antes de escupir la espuma de la crema dental en el lavamanos. Sabríamos del ejecutivo que se salvó porque perdió el vuelo debido a un tráfico de mierda en la capital, que maldijo hasta más no poder. Sabríamos… créanme, nos enteraríamos de muchas cosas y viviríamos con las manos en la cabeza implorando misericordia como un personaje del Antiguo Testamento.
El impacto que genera en el país esa misma cifra de muertos, producto de la realidad y no de un rebuscado ejercicio literario, no es tanto. Salvo por algunas escenas que se captaron al principio de gente muriendo en las calles, no es una peste exhibicionista como las de vieja data. No reclama al voyeur. Y por eso no recibe tratamiento de Boeing estrellado. No son muertes espectaculares. La gente se muere aquí, allá… Se muere en la quejumbre silenciosa de las atiborradas salas de los hospitales y clínicas, sin familiares que los acompañen, boca abajo y con el cuerpo atragantado de tubos. Nadie hará la crónica de sus vidas ni de sus muertes, porque mueren en el anonimato de una enfermedad estigmatizada. Son solo cifras diarias que algunos esperan como el resultado de una lotería: si es “favorable”, se pueden abrir negocios, promocionar el turismo —como se ha visto a algunos mandatarios en estos días— y dar permisos para fiestas de Navidad y fin de año.
Algunas ciudades —Cartagena sobre todo— ya están llenas de turistas que no disimulan su vocinglería porque ni siquiera usan tapabocas. El alcalde celebra la reactivación económica en un inglés tan arrevesado como su español. No es un invento solo de él, ya sabemos que para ciertos temas son otros los que dictan la agenda en esta ciudad —a veces se cocinan a temperaturas muy por encima del nivel del mar—. Tenemos la boca rajada de hablar de nueva normalidad, pero lo que se ensaya es la vieja normalidad con todo y sus vicios. A pesar de que crecimos citando frases y acorazados con la herencia heroica de aquellos que vivieron en campos de concentración, admirando a los que se pasaron años administrando hogazas de pan para sobrevivir en los sótanos, con el oído aguzado para escuchar el silbido cortante de las bombas en descenso, nos cuesta aguantar las benditas ganas de ir al restaurante o al bar al que siempre íbamos para hacernos una selfie y colgarla en las redes sociales. Algunos —como tesistas bisoños afanados por citar a Foucault y a sus discípulos— comparan la única cosa que parece protegerlos de esta enfermedad terrible con el bozal —ese sí infame— que les ponían a los esclavizados para que no accedieran a los frutos de las haciendas.
Aguántense por un momento las ganas de citar a Foucault y Deleuze, piensen por un instante en que todos los días en este país se estrella un Boeing.