El esqueleto de una embarcación está encallado en las playas de la ciudad de Crotona, en la región de Calabria, al sur de Italia. Parece el costillar de un animal grande de mar comido por otros animales que ahora yace en la orilla movido por las olas y lamido por la espuma salada. Hace poco no fue grande. No sería lo suficientemente grande para soportar el peso de aproximadamente 200 migrantes de origen afgano, pakistaní, somalí e iraní que hacían la travesía desde Turquía por el Mediterráneo buscando las costas italianas. Fue sacudida por una tormenta hasta chocarse con las rocas. Naufragó. En realidad, era una embarcación pequeña para la cantidad de gente a bordo que además llevaba el sobrepeso de la ilusión. Un montón de trozos de madera de varios tamaños se apilan a su alrededor y a lo largo de la playa: los restos de la esperanza.
En el momento en que escribo estas líneas se han encontrado 63 cadáveres y alrededor de 80 personas han sido rescatadas con vida. Ante la tragedia, Giorgina Meloni, la primera ministra italiana –que entre otras cosas fue elegida porque hizo del freno a la migración una de las principales banderas de su campaña–, mostró su pesar combinado con tecnicismo naviero y capacidad para encontrar la culpa en la epidermis del problema: Declaró que era “inhumano cambiar la vida de hombres, mujeres y niños por el precio del ‘boleto’ que pagaron con la falsa perspectiva de un viaje seguro”; expresó su “profundo dolor por las vidas humanas desgarradas por traficantes de seres humanos”, capaces de subir a 200 personas en una embarcación de escasos 20 metros de eslora, “en condiciones meteorológicas adversas”.
Buscar la responsabilidad de la migración en los traficantes es quedarse en la espuma del Mediterráneo. La cosa es más estructural. Existe toda una tecnología migración y plena conciencia de los peligros a los que se enfrentan en esas travesías. Se acude a la familia, a los amigos y se reúne hasta el último centavo para pagarle el viaje a esas especies de Carontes postmodernos cuyas balsas pueden llevarlos, al igual que lo hacía el Caronte de la antigüedad, a la certeza del más allá. Lo que hay que analizar es por qué a pesar de la incertidumbre de esta travesía se toma el riesgo. Por supuesto que existe el tráfico de personas engañadas que luego son sometidas a condiciones de esclavitud y degradación humanas, pero en este caso se trata de gente que la pasa tan mal donde residen, que con plena conciencia usan todos los recursos que están a la mano –incluyendo a los que tienen por negocio el transporte de personas en precarias condiciones–, para cambiar sus vidas. Pero por supuesto, siempre es más fácil repartir culpas en la inmediatez y no hablar de la desigualdad estructural.
En lo que va corrido del año 2014 hasta la actualidad, más de 20.000 personas han muertos en las aguas del Mediterráneo. En 1985, Fernando Braudel, el gran estudioso de la historia del ahora mar de las desgracias, dijo que como una piel de zapa el famoso Mare Nostrum de los romanos se encogía cada día: “El avión lo atraviesa, de norte a sur, en menos de una hora. De Túnez a Palermo, en 30 minutos”, escribió. Braudel advertía a los historiadores que no se fueran con esa finta, que el mar de la antigüedad no era el mar al que la velocidad de los medios de transporte de ahora había convertido en un lago. Devolverle su “vestimenta colosal”, de universo, de planeta, pedía. Lo que nunca intuyó Braudel, y quizá por eso su preocupación en estos momentos carece de fundamento, es que para los que se aventuran en una travesía precaria, la distancia del mar sigue sin domesticar, los mata el coloso de espumas, mientras salen a la búsqueda de lo que aparentemente está tan cerca.