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16 Sep 2021 - 5:30 a. m.

El gozo de la siembra conseguida

Cuando se juntaban parecían el ensayo de los vientos de una orquesta de gran formato. La de Manuel era una voz metálica de trompeta o saxofón alto y la de Héctor, un vozarrón cavernario como un saxofón barítono o un trombón de vara. También había una comparsa de dientes y mandíbulas batientes en esos encuentros. No sería diferente cuando se vieron en Bogotá —la “Señora de las brumas”— en mayo de 1952. Manuel Zapata Olivella venía en una de sus acostumbradas correrías artísticas con músicos de todos los rincones del Caribe colombiano, tratando de que soltaran toda esa cerrería creativa en los escenarios y no solamente en los patios y potreros de la provincia. Héctor Rojas Herazo aprovechó para hacerle una nota que publicó la revista Cromos en la edición del 7 de junio de ese año.

Allí aparecen los dos en una fotografía trajeados para el frío capitalino, pero cada uno lleva un sombrero elaborado con caña flecha por algún campesino o campesina de las ruralías del valle del río Sinú. El título es una fórmula de editor: “Manuel Zapata Olivella ha traído música del litoral colombiano”, pero el resto de la nota, como era natural en Rojas Herazo, es una muestra del uso preciso de las palabras para anunciar el compromiso y el goce. Escribió que Manuel era un hombre joven que sabía poner en práctica sus sueños, y remató con un párrafo de antología: “Ahora podemos escuchar —sin todos los contratiempos que se opusieron a su espíritu batallador— lo mismo que escuchó Manuel cuando la madrugada lo sorprendía ganándole una batalla al paludismo, restañando una herida o ayudando a una anónima parturienta a entregar el primer vaguido de sus nueve meses al mundo. O lo mismo que escuchó Manuel, en horas de reposo y de gracia, cuando los pilones levantaban al cielo, con su dulce tun tun, el gozo de la siembra conseguida”.

Quizá pocos se han fijado —porque se regodean en los pregones de la exclusión, en el mejor de los casos, o porque se quedan en la conmiseración complaciente del exotismo tribal, en el peor de estos— en que en cada uno de esos encuentros se estaban definiendo los discursos y las prácticas de la identidad cultural de la nación. El año pasado fuimos conscientes de eso en la conmemoración del centenario de Manuel Zapata Olivella y, por fortuna, en un esfuerzo de varias instituciones —Universidad del Valle, Instituto Caro y Cuervo, Ministerio de Cultura, Biblioteca Nacional de Colombia, Universidad de Cartagena, Universidad de Córdoba y Universidad Tecnológica de Pereira—, se puso al alcance de todos la prolífica obra de Manuel. Y para continuar con la celebración de esos encuentros, hace unos días el Centro Virtual Isaacs de la Universidad del Valle, gracias a la iniciativa de Darío Henao Restrepo, publicó en formato digital los 42 de números de la revista Letras Nacionales (1962-1985), que fundó Manuel y en la que Héctor Rojas Herazo —que, no sobra decirlo, estamos en el año de su centenario— fue un entusiasta colaborador.

El año pasado el Instituto Caro y Cuervo, en cuya idílica biblioteca en la sede de la hacienda Yerbabuena se encuentra la colección completa en físico, había sacado un índice para la orientación en la búsqueda de la comunidad de investigadores. Con lo que acaba de pasar y con toda la reflexión que sin duda generará poner este material a disposición de todos, creemos, como Héctor Rojas Herazo, que empezaremos a gozar de la siembra conseguida.

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