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El hacendado y el capellán

Javier Ortiz Cassiani

19 de agosto de 2021 - 12:30 a. m.

Hace un par de meses, cuando se anunció la posibilidad de la entrevista entre Francisco de Roux, presidente de la Comisión de la Verdad, y el expresidente Álvaro Uribe Vélez, dije por ahí, en algún comentario en red social, que dado que el padre había querido reunirse con Uribe debía cuidarse de no “entrar en el escenario y las funciones de un capellán de hacienda”. A veces uno quisiera no tener razón. El presidente de la Comisión terminó prestándole una especie de servicio espiritual a Uribe —en los términos de las capellanías de las haciendas coloniales— y no a la necesidad del esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición para la nación, como dice el mandato de la institución que preside. Y no porque pensáramos que de esa reunión iban a salir confesiones importantes o mea culpa de parte del exsenador —no somos tan ingenuos—, pero tampoco que el evento fuera una plataforma de comunicación hecha a la medida de los intereses del político.

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El dirigente tuvo control desde el principio: preparó una mesa con mantel en la que quedaba más arriba que sus interlocutores, puso a Francisco de Roux a su derecha —¿a la diestra de dios padre?—, en una silla en la que el religioso pasó la mayor parte del tiempo usando sus piernas como escritorio para tomar apuntes; Leyner Palacios, uno de los comisionados que asistieron, estaba a la izquierda y no apareció en las tomas que conocemos de la reunión, tampoco Lucía González, la comisionada, que estaba a la derecha de De Roux. Uribe estaba en su elemento: al fondo se escuchaban sonidos producidos por animales domésticos, aves que cantaban, relincho de caballos. Solo le faltó llegar en uno de sus potros preferidos, apearse, darle la rienda a un peón para que lo llevara a las pesebreras y sentarse a pontificar. Se pavoneó como los pavos reales que por un tiempo se vieron atrás dando vueltas en el corredor de la finca. Los papeles se invirtieron, no fue el cura el que dio un sermón, fue él. Desde su lugar dirigió todo. Sus hijos, como vástagos altaneros del patrón, estuvieron allí para hacer apuntes envalentonados; de Lina —la esposa— supimos que estaba en casa porque en algún momento la llamó para que encerrara a los perros. Después, con la misma actitud, siguió diciendo que él también se sorprendió de los falsos positivos y que había sido engañado por las manzanas podridas, esas a las que suelen hacer alusión los miembros de su partido cada vez que se comprueba la participación sistemática de militares en actos de violencia.

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La reunión fue incómoda y penosa. No aportó absolutamente nada al proceso —como ya lo presentíamos— y en cambio se convirtió en otro espacio más para que Uribe ejerciera su patriarcal megalomanía como si ya no tuviera los suficientes medios a su servicio. Pero lo peor de todo es que fue un golpe moral muy fuerte para las víctimas, una falta de respeto con su dolor. La Comisión de la Verdad tiene que evaluar seriamente el hecho de haberse metido en un evento de estos, en el que era claro que jugaba con las condiciones del ubérrimo. Se le abona la voluntad y la buena fe al padre Francisco de Roux en la búsqueda de mecanismos que permitan el ejercicio del derecho a la verdad que tienen las víctimas y la nación, pero debió ser más consciente de que entraba en un terreno complejo. No fue su intención, pero el lunes festivo, por un momento, la Comisión fue una capellanía al servicio de un hacendado.

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