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26 May 2022 - 5:30 a. m.

El sátiro y el señor feudal

Hace unos días circularon imágenes en las que el cantante de vallenatos Poncho Zuleta acosa sexualmente en una tarima a su colega Karen Lizarazo. Grotesco, es lo menos que se puede decir del evento. El cantante, ebrio de licor —la droga de la que podemos dar fe—, se aferra al cuerpo de la mujer que trata de escurrirse. Aprieta. Aprieta y abre la boca como un polluelo hambriento, esperando un beso entre violento y mendicante. Indignante, lo resume. Pero no es nada nuevo. Su historial de fauno incontrolable, de sátiro insaciable, es de público y notorio (¿celebrado?) conocimiento. Por ahí debe haber una grabación de audio —de los tiempos anteriores a la popularización de los videos de teléfonos móviles y las redes sociales— en la que pregona su virilidad comprándola con la de los “chivatos que se mean su propia barba”.

La situación de todas formas va más allá de este acontecimiento puntual. Algo hay de aquellos tiempos de la ruralía en la que gamonales poderosos practicaban con jovencitas campesinas el famoso “derecho a pernada” como la cosa más natural. Para muchos de los hombres de esta región que se criaron dentro de las lógicas del poder, las mujeres en ciertos escenarios públicos son aceptadas, pero deben asumir una especie de condición de “materia dispuesta”. Estar ahí para ser accedidas. Para satisfacer los caprichos de los hombres en permanente celo que dicta la misma tradición social. En esos escenarios todas las mujeres son putas, excepto la madre. Por eso no es nada extraño que a lo primero que acudiera Zuleta en sus disculpas a la cantante fuera nombrar la honra y el buen nombre de su difunta madre, Carmen Díaz.

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