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Me colgué con la pasada columna. Presenté excusas y le anuncié una posible hora de entrega al editor, pero no alcancé. Al principio sentía angustia cada vez que miraba de reojo el reloj de mi portátil con su digital parpadeo acusador, pero cuando vi que no lo iba a lograr, tuve una especie de resignación irresponsable y me eché a la bartola. Alcancé a teclear algunas líneas en limpio. La nota arrancaba así: “A Juvenal Urbino ‘el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados’, a su creador literario la luz malva de los atardeceres le recordaba el comienzo de una vida incierta después de huirle al conflicto en algún lugar. Pese a que la profundidad de los bolsillos vacíos era su compañía indiscutible, Gabriel García Márquez teñía las esperanzas con aquel tono que parecía más un estado de ánimo que un color”. “Llegamos a Ciudad de México en un atardecer malva, con los últimos 20 dólares y sin nada en el porvenir”, recordó de su arribo en tren a esa ciudad —el 26 de junio de 1961— en una nota para El Espectador publicada el 23 de junio de 1983. “Me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las 6 de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer”, escribió en sus memorias a propósito de su llegada a Cartagena de Indias en abril de 1948, después de abandonar una Bogotá encendida.
Pensaba rematar el texto mencionando el viajero que “se protegía de la tormenta en una saliente del techo”, acompañado de una mula emparamada y “una vaga claridad malva en su rostro”, como aparece en el corto pasaje de una de sus “Jirafas” —la del 8 de noviembre de 1950—, cuando tenía la costumbre de hacer de ese espacio un taller para sus futuras novelas; su lástima porque en el mundo no sucedían “ciertas cosas”, como que los payasos se aburrieran de los circos y se fueran a los parques para arrebatarles los biberones de los niños a las niñeras que empujaban sus cochecitos, “en las tardes malvas de junio […] con la diligencia honrada, estéril y pasiva de la maternidad falsificada”, como lo imaginó en una de esas mismas “Jirafas” dos años después; los regresos de los paseos por las plantaciones de banano con “la claridad malva del crepúsculo” que suceden en La hojarasca, o el recuerdo de otro crepúsculo malva que tuvo el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento en el cuento Un día después del sábado, para los tiempos en que a su feligresía la visitaba el judío errante. Pero, como ya les dije, abandoné el texto.
Ahora que lo pienso quizá fue la conciencia dictando la irresponsabilidad. Había algo en el ambiente que ni los más calculadores podían ponderar. No lo sabía, pero ahora estoy seguro de que aquello no era más que el desasosiego en la víspera de un paro nacional por una reforma tributaria desacertada que, en pleno tercer pico de una pandemia infame, obligaba a la gente a salir a la calle. Era martes, pero había un zumbido apagado de domingo a las 5:45 de la tarde. Decía que las cosas no estaban para hablar de la obsesión de un nobel de Literatura por un color de la gama de violetas que causó furor en la Europa de mediados del siglo XIX. Lo que vino después teñiría de rojo las calles. La insensatez del Gobierno, con sus cancerberos del terror, ha venido construyendo a pulso su ilegitimidad a través de una represión brutal a los manifestantes.
Todos los días veo desde mi ventana la luz del atardecer sobre la bahía de Cartagena, pero en estos tiempos, ni la luz malva de las 6 de la tarde.
