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La vi abrazar y caminar tomada de la mano con presidentas, vicepresidentas, ministras, primeras damas, ambientalistas de reconocimiento mundial y funcionarias de alto nivel. La vi hacer comunión y conexión genuina con miradas, gestos y maneras de estar con sus interlocutores antes de que su excelente traductor acudiera a ponerle voz a lo que ya se había definido desde la corporalidad. La escuché decirme de pasada una noche en el vestíbulo de un hotel en Addis Abeba que estaba cansada, luego de una larga jornada de protocolo, visitas, saludos, firmas, vestidos y tacones, pero a los pocos segundos la vi empezar una reunión de agradecimiento a su delegación y repasar la agenda de las últimas horas del día siguiente antes de partir, con las dos manos entrelazadas encima de la cabeza, de pie, arrecostada en una gruesa columna cilíndrica, con la confianza de una prima querida.
La vicepresidenta Francia Márquez acaba de inaugurar no solo unas prometedoras relaciones con los países del continente africano, en la lógica de las relaciones sur-sur, sino también unas maneras de hacer diplomacia en Colombia. Detrás, por supuesto, hay una estructura oficial redomada desde hace siglos que permiten encontrar unas condiciones para que una mujer como ella improvise con la marca de su natural carisma y también desde esas formas de la diplomacia que no podrían ser producto sino de la política hecha con el sello de las mujeres. Márquez es sincera. No finge. No imposta la voz. Es natural. Con ella el protocolo solo es una herramienta a su servicio que potencia su inteligencia porque a diferencia de otros y otras ella existe por encima de este. La vicepresidenta es una mujer negra humana, muy humana, y eso –que algunos critican– es precisamente una prenda de confianza y quizá la mejor garantía para el cumplimiento de los acuerdos con los que se compromete a nombre de la nación.
Las relaciones diplomáticas con África comenzaron con la altura que merecen. Se firmaron 17 acuerdos, que exigen, por supuesto, la voluntad política y el control ciudadano para que puedan ser llevados a buen término. En cada uno de los países que estuvo –algo que no suele ser usual según cuentan los expertos en diplomacia– fue recibida por la primera autoridad, y cuando llegó a Etiopía, su último destino, la Unión Africana, que funciona allí y que reúne a los 55 países del continente, ya había tomado nota del impacto de la misión. Lo que debería ocurrir de ahora en adelante es el mantenimiento del nivel de las relaciones y la construcción de una tradición diplomática que destierre la hilaridad con la que algunos medios y sectores políticos asumieron esta incursión al continente africano. En resumen, la naturalización de las relaciones de Colombia con los países africanos.
Este es el mejor momento para el establecimiento oficial de esas relaciones. Y Francia Márquez, sin duda, es la mejor opción para este propósito. Los acuerdos tienen la seriedad del protocolo, la rigidez del pergamino, la estilográfica y la tinta, pero Francia Márquez con su estilo, en el que cabe la ternura del poder y el aprendizaje como estadista, acaba de poner una rúbrica, también indeleble, en las relaciones diplomáticas de Colombia. Se habrá cumplido con el objetivo propuesto si a futuro, más allá del color y el origen de quienes vengan, se mantiene el nivel que ella acaba de inaugurar.
