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Gabo: un columnista en tiempos de censura

Javier Ortiz Cassiani

12 de marzo de 2026 - 12:05 a. m.
"A García Márquez le interesaba esa medida relacionada con el orden público, pero desde los efectos cotidianos de su aplicación": Javier Ortiz Cassiani
Foto: Nathalia Gómez Raigosa
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Gabriel García Márquez nació como columnista huyéndole al Bogotazo y a la censura que este acontecimiento generó en la prensa. El 21 de mayo de 1948, su primera columna debutó en El Universal, de Cartagena de Indias, un periódico fundado apenas dos meses atrás, cerrado durante algunos días por prevención, cuyas instalaciones se salvaron de ser incendias el 9 de abril, como las de su colega El Fígaro –adepto al Partido Conservador–, por su filiación al liberalismo.

El espacio de Gabo se llamaría Punto y aparte, y la primera columna se trataba de un texto sobre el “toque de queda” al que estaban expuestos todos los rincones de la geografía nacional debido a los convulsionados tiempos. A García Márquez le interesaba esa medida relacionada con el orden público, pero desde los efectos cotidianos de su aplicación a una ciudad caribeña de pasado colonial y desde la mirada del recién llegado. “Mi propósito –escribiría muchos años después en sus memorias– era contar mi aventura de la primera noche en Cartagena y así lo hice, de mi puño y letra, porque no supe entenderme con las máquinas prehistóricas de la redacción”.

Pero Clemente Manuel Zabala, un hombre inteligente y sabueso de la edición en épocas aciagas, supo que aquel texto no resistía una mirada a vuelo de pájaro del censor oficial. “No está mal, pero es imposible publicarlo”, le dijo. Gabo había visto y vivido la experiencia del Bogotazo; había sido afectada por ella, y su nota estaba cargada de su visión política e ideológica del estado de cosas. Lo otro, por supuesto, eran los errores de un joven de 21 años, que había publicado un par de cuentos y algunos poemas, pero que tenía poca experiencia en el mundo del periodismo editorial. El maestro Zabala se la devolvió con una cantidad de anotaciones con lápiz rojo entre líneas, y Gabo tuvo la sensación –como en efecto así fue– de que la nota se había convertido en otra cosa.

Lo cierto es que en cada corrección –que muy pronto fueron menos–, García Márquez sentía que acudía a un taller fundamental para su futuro en el campo del periodismo y de su brillante carrera como escritor. Alguna vez afirmó: “Hombe, el maestro Zabala tenía un lápiz rojo, gracias al cual las notas malas que yo empezaba a escribir se volvían buenas y poco a poco fui yo aprendiendo que nunca debía cometer los errores que el maestro Zabala me señalara”.

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Lo que quedó de su texto inaugural fue una hermosa nota, una especie de queja por el toque de queda, considerado un símbolo mecánico de la decadencia de los tiempos actuales, que había desterrado la poética de las madrugadas de los mayores. Por culpa de este artificio de guerra, ya no se podía sentir el “vaho caliente de los geranios” floreciendo en los en los balcones, ni el “rumor que dejaba el azúcar cuando subía a las naranjas”, ni el “sereno colonial”. Aquella nota iniciática fue la inauguración de esa condición tan garciamarquiana, de preparar, desde el arranque, un lazo preciso para atrapar al lector.

El final mostraba cómo una vez suspendido el toque de queda en la ciudad virreinal –por esa condición de “animales contradictorios”–, quizá se extrañaría la medida a la que ya la gente se había acostumbrado. En plena libertad de trasnochar todo lo que antes no se podía, la gente terminaría por recogerse temprano y recuperaría la “agradable disciplina para esperar la madrugada”.

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La semana pasada, el 6 de marzo, fue el aniversario 99 de Gabriel García Márquez. A un año de su centenario, muchos lo siguen leyendo con disciplina.

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